El Bitcoin es un negocio increíblemente contaminante

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El dinero es virtual pero la huella de carbono es real


Lionel Laurent

Los inversores institucionales que están incursionando en Bitcoin -más que nada fondos de cobertura- promueven con entusiasmo los movimientos impredecibles en su precio y aseguran que se trata de la concepción de una nueva clase de activo. El valor de la criptomoneda ha oscilado entre USD 5.000 y USD 40.000 durante el año pasado, y discutir sobre su valor real se asemeja a una pelea estudiantil sobre la cantidad de ángeles que pueden bailar sobre la cabeza de un alfiler. ¿Puede superar los USD 100.000? ¿El millón de dólares? ¿En realidad no vale nada? El misterio solo contribuye a su atractivo.

Esta fiebre especulativa del oro digital es entendible en este clima pandémico de dinero fácil, donde los inversores profesionales tienen miedo de quedarse fuera de las jugadas más lucrativas. Pero es notable que el aspecto no virtual de la compra de Bitcoin -es decir, el consumo de energía necesario para minar- reciba tan poca atención en comparación. En contraste, las criptomonedas suelen ser incluidas en la misma categoría que activos líder en la transición energética como Tesla, otra de las elecciones principales, pese a que comprar Bitcoin hace que una cartera sea “menos verde”, como lo definiera la semana pasada Gerald Moser, del banco Barclays.

El algoritmo de Bitcoin demanda una cantidad cada vez mayor de energía computacional para validar sus transacciones. Si fuera un país, su huella de carbono anual estimada sería comparable a la de Nueva Zelanda: 37 millones de toneladas de dióxido de carbono. Una transacción de Bitcoin generaría el equivalente en dióxido de carbono de 706.765 hechas con una tarjeta de crédito Visa, de acuerdo con el prestigioso índice de Digiconomist, aunque sin la conveniencia del plástico. Al agregársele que su uso principal es especulativo y las frecuentes advertencias regulatorias que ello acarrea, y es difícil imaginar que mejore en la escala ESG (Environmental, Social and Governance, por sus siglas en inglés), que mide el impacto ambiental, social y de gobernanza de un activo.

Los estimativos energéticos no son una ciencia exacta, pero la tendencia es clara. Se estima que el consumo anual de Bitcoin es de alrededor de 77,8 terawatts por hora, en contraste con los 9,6 de 2017, de acuerdo a Digiconomist. Otro índice, creado por el Centro para las Finanzas Alternativas de la Universidad de Cambridge, estima una cifra aún mayor: 108,4 terawatts por hora. El minado dejó de hacerse en computadoras particulares hace ya bastante tiempo, algo ilustrado por el hecho que la compañía Marathon Patent Group compró decenas de miles de chips especializados para sus granjas de minado.

Sería una cosa que esto pasara en, por ejemplo, Suecia, que tiene un impuesto al carbono de más de 100 euros por cada tonelada métrica de dióxido de carbono -con excepciones-, o dentro del sistema de comercio de emisiones de carbono de la Unión Europea, donde el precio por cada tonelada métrica es de alrededor de 34 euros. Sin embargo, un informe sugiere que casi la mitad de la capacidad de minado de Bitcoin está en el sudoeste de China, donde la energía es barata, paga menos impuestos y proviene de plantas de carbón y represas hidroeléctricas. El Centro para las Finanzas Alternativas de la Universidad de Cambridge estima que el 38 por ciento del poder de minado proviene del carbón.

La defensa de los partidarios del Bitcoin es que el balance continúa siendo “bueno”. Esta es energía que de otra manera se desperdiciaría, y el porcentaje proveniente de fuentes renovables va a crecer. La ciudad siberiana de Norilsk, por ejemplo, se convirtió en el hogar de la primera granja de criptomonedas del Ártico. Está hecha de metales desechados, se mantiene fría gracias a temperaturas bajo cero y su energía proviene de gas barato e hidroenergía de la compañía minera (la tradicional) MMC Norilsk Nickel PJSC.

Pero estos argumentos carecen de sustancia. La energía barata suele acarrear otros costos. Consideren apagones recientes en Irán que fueron atribuídos al Bitcoin. Hasta Ray Dillinger, parte del movimiento temprano de dinero digital que concibieron a las criptomonedas, dijo recientemente que el Bitcoin había desperdiciado “enormes recursos energéticos” provenientes de subsidios eléctricos financiados por los contribuyentes y con el apoyo del tipo de gobiernos autoritarios contra los que la criptomoneda dice que lucha. Un informe de 2020 realizado por académicos de la Trinity College, la universidad de la Ciudad de Dublin y la de Southampton concluyó que el comercio de criptomonedas parece influenciar el precio de la energía en grandes mercados de electricidad y de utilidades.

No todas las criptomonedas necesitan algoritmos que consuman grandes cantidades de energía, pero Bitcoin no va a ir contra sus reglas fundacionales sin luchar. Esa rigidez se destaca como una característica clave, no una falla. La defensa de la ineficiencia energética de Bitcoin esbozada por Fideility Digital Assets es que uno a cambio recibe Bitcoin.

Hacerlo también significaría archivar las falsas equivalencias que los partidarios del Bitcoin hacen con otros desperdicios de energía, como la existencia de gobiernos centrales. A diferencia de los gobiernos, lo más cerca que Bitcoin llega a estar de la redistribución de la riqueza son los regalos de las celebridades, que en el peor de los casos son mentiras predatorias y en el mejor trucos corporativos que ofrecen USD 11 en criptomonedas a gente que claramente quiere mucho más. Ayuda a minarlo con una computadora de última generación y obten la chance de calentar tu invernadero también.

Investigadores han sugerido que alternativas a un impuesto de carbono podrían incluir uno más directo al minado, aunque con el riesgo de espantar este tipo de actividades.

¿Cuánto valdría realmente el Bitcoin si, con el objetivo de cuidar al mundo que busca revolucionar, cambiara su algoritmo, o si los mineros dejaran de estar conectados a fuentes baratas de energía? Ese precio real es un misterio.
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