Venimos de los barcos, escapando del hambre y la barbarie de Europa

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Los argentinos que llegaron del Viejo Continente vinieron por necesidad y con urgencia. De una Europa dura.

"Vengo de un país que empieza con P", decía un profesor mío hace un millón de años y con acento centroeuropeo. Era polaco, claro. Judío, claro. No quería ni decir el nombre de ese país del que había tenido que huir para salvar su vida.

De ese barco venía. Con muchos otros.

En los barcos de la persecución llegaron los que escaparon de los pogroms, los que sobrevivieron a las cámaras de gas del Holocausto, los que le sacaron el cuerpo a los fusilamientos del franquismo y a los campos de concentración para republicanos que montó Francia.

Los que corrieron, literalmente, para que no los reclutara el ejército del zar: si entraban, debían prestar servicio entre 20 años y la vida entera.

Muchos barcos, el mismo barco.

Antes y siempre llegó el barco del hambre. De Rusia, de Italia, de España. Por ejemplo, el historiador Carlos Barciela López habla, en el diario El País, del hambre que produjo la Guerra Civil Española, cuando se comió lentejas con lentejas.

"El nivel de consumo alimenticio de preguerra, en términos de calorías totales, solo se alcanzó a mediados de los años cincuenta y el consumo de algunos productos alimenticios de calidad se retrasó hasta entrados ya los sesenta", dice el historiador.

Hubo hambre en Inglaterra en la Primera Guerra Mundial -en 1916 se creó el Ministerio de Control de Alimentos- y Alemania implementó el primer sistema de racionamiento de comida: a fines de 1914, la carne, la manteca y los huevos eran un lujo en Berlín.

No era distinto en otros países de Europa: las colas de gente tratando de conseguir algo que llevarse a la boca son parte de las imágenes de la primera mitad del siglo XX en el Viejo Continente.

Ese barco atracaba en Buenos Aires y aquí -tal vez al calor del sainete y su colorida pintura de los conventillos- nos gusta ver a quienes bajaban en el puerto como gente feliz, llena de ilusiones y con las manos ansiosas de trabajo. ¿Cuánto habrán llorado?

En el viaje no habían bailado en cubierta y cenado con el capitán. Hace unos años, el Museo de la Inmigración -instalado en los fríos pasillos del Hotel de Inmigrantes- mostraba una maqueta de los barcos: arriba había amplios camarotes para los "viajeros" (los que se movían por placer) y abajo espacios sin división y cucheta junto a cucheta para los que habían arañado los bolsillos para alcanzar una vida mejor.

No olvido esa otra ola de inmigrantes que llegaron desde América latina, pero quiero hablar de los de los de los barcos: somos los nietos de los miserables, de los perseguidos, de los indeseables, de los hambreados, de los transportados en trenes de carga.

De esos barcos bajó la mayoría de los inmigrantes europeos: de los del hambre y la barbarie, no de la Europa próspera -y que gusta pensarse progresista- a la que tantos recordamos que pertenecíamos y a la que el Presidente intenta agradar.

PK
CLARIN

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