La Cámpora se come al peronismo

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La organización K, sin competir con los intendentes, penetró todas las listas en Buenos Aires. La supuesta unidad del FdT dejó muchos heridos.


Eduardo van der Kooy
El Frente de Todos y Juntos por el Cambio, las coaliciones que estructuran el sistema político argentino, han dejado listo el menú que más les agrada: el de la competencia electoral. Esa destreza suele evaporarse cuando les toca gobernar. Figura el recuerdo de los cuatro años de Mauricio Macri. Está el actual medio mandato de Alberto y Cristina Fernández.

Las fotografías contrapuestas que dejaron ambos conglomerados al presentar sus candidatos para las elecciones legislativas fueron engañosas. El Presidente se jactó del valor de la unidad que evita las PASO en medio de la trágica pandemia. No existe tal cosa. Al punto que las diferencias por algunas postulaciones deriva en un sacudón del Gabinete.

Juntos por el Cambio alardeó acerca del valor democrático de las internas civilizadas de cara a una sociedad lacerada por las crisis y la desesperanza. Demasiado temprano afloraron tensiones entre el PRO y el radicalismo. Ocurre que a la formación de Macri aquella pelea le provoca vahídos. Parece sentirse más cómodo con la organización vertical. La UCR podría confundir la contienda de las PASO, un sendero para la batalla de noviembre, con el objetivo final.

Alberto supuso que el cierre de las listas significaría tiempo de tregua para el Gabinete, acosado por la ambición kirchnerista. Tuvo esa sensación cuando logró retener a Santiago Cafiero como jefe de Gabinete. Pero su inesperada conducta de no querer funcionarios-candidatos le abrió varios frentes en el Ministerio de Defensa, en Desarrollo Social y, de rebote, en Seguridad.

El primer problema radicó en la rebeldía de Agustín Rossi. Kirchnerista inconfundible. Pese a las presiones de Alberto y de Cristina resolvió mantener su precandidatura a senador por Santa Fe en alianza con la vicegobernadora Alejandra Rodenas. Del otro lado quedaron el periodista Marcelo Lewandowski y María de los Angeles Sacnun, la pupila de Cristina. Con un añadido sorprendente: Omar Perotti, el gobernador, se anotó como candidato a senador suplente. Regreso a las testimoniales (postularse para no asumir) que en su época inventó Néstor Kirchner.

En la morfología santafecina hay varias rarezas. Perotti emergió como aliado de Alberto y distante del kirchnerismo. Tenía ilusión de pertenecer a la liga de gobernadores del PJ que el Presidente, en campaña, había prometido como puntal de su gobierno. Esa intención cayó de muerte súbita. El gobernador se cobijó ahora con la dupla presidencial. Para preservar a futuro, tal vez, una gestión provincial que exhibe dificultades de todo tipo.

Rossi se alineó con Rodenas, desde el comienzo una piedra en el zapato del gobernador. Sobre todo a partir de un escándalo que sigue su curso. La imputación al senador del PJ Armando Traferri de proteger en Santa Fe una red de juego ilegal y corrupción. En agosto debe comparecer ante el juez. El legislador es cercano a la vicegobernadora. ¿Cómo se explicaría aquel cruce? Simple: a la vicepresidenta le interesa más contar con Sacnun que con Rossi.

Cafiero había dicho que se iba a considerar si los ministros que se postulaban debían dejar sus cargos. Alberto lo desdijo luego de una movida kirchnerista en Buenos Aires: Nicolás Kreplak asumió esta semana como ministro de Salud de Axel Kicillof porque Daniel Gollan, su titular, será candidato a diputado en Buenos Aires detrás de Victoria Tolosa Paz.

Alberto se quedó sin margen para especular con las variantes en el Gabinete. La despedida de Rossi en Defensa detonó una mini interna. ¿Por qué el ex ministro desea cambiar un cargo ejecutivo por una banca? Concluyó que en esa cartera enterraría su destino político. Hace décadas que la Argentina carece de una política de defensa. Las Fuerzas Armadas son casi un decorado. Vale el último antecedente: a Oscar Aguad, ex ministro del macrismo, le quedó como única herencia de su paso un juicio por el hundimiento del submarino ARA San Juan.

El dilema para el Presidente no sería conseguir un reemplazante de Rossi. Ocurre que el kirchnerismo habría comenzado a presionar para que Sabina Frederic sea desplazada a esa cartera. La edulcoran con su experiencia anterior cuando en Defensa la titular fue Nilda Garré. La verdadera intención sería otra: dejar vacante el Ministerio de Seguridad y ocuparlo con un funcionario de su confianza. De sintonía con Sergio Berni. El hombre fuerte en esa materia en Buenos Aires descalifica a Frederic.

Tal presión indujo a Alberto a resolver con premura el vacío en Desarrollo Social. De allí partió Daniel Arroyo, hastiado con la gestión de una estructura inmanejable. A duras penas logró que lo ubicaran en el duodécimo lugar en la lista de candidatos en Buenos Aires. Síntoma de la nula consideración que le dispensa el kirchnerismo. Enseguida asomó Andrés Larroque, ministro en Buenos Aires, para ocupar el vacío.

El nuevo ministro será Juan Zabaleta, intendente de Hurlingham. Hombre que mantiene en alto el imaginario albertista. Fue uno de los dos que amagó con plantear internas en su distrito a La Cámpora. Desistió ante el nuevo ofrecimiento que con llamativa generosidad respaldaron los camporistas. ¿Por qué? Su lugar de alcalde será cubierto por el jefe del Concejo Deliberante. Se trata de Damián Selci. Politólogo y escritor. De los duros K.

Admirador de Ernesto Laclau, defensor del populismo, promotor de la militancia organizada como única herramienta para frenar la amenaza del neoliberalismo. Resume todo en dos palabras: el ejercicio de la Libertad Popular.

El caso de Selci es un botón de muestra sobre cómo la paciencia de La Cámpora va penetrando al peronismo bonaerense y tratando de convertir en historia la preminencia de los viejos barones. La organización piensa cada caso. Veamos otro. Mariano Cascallares, intendente de Almirante Brown, pujó por liderar la lista de diputados provinciales en Buenos Aires. Es cercano a Alberto y amigo de Daniel Scioli. Logró su objetivo a favor de un beneficio para La Cámpora. El ministro del Interior, Eduardo De Pedro, colocó a su mano derecha como primer concejal en ese distrito. Se trata de José Lepere, que se desempeñó hasta ahora como secretario de Interior. Desde allí se maneja la relación con los gobernadores y los intendentes.

De los 35 distritos que el Frente de Todos administra en el Conurbano sólo uno no pudo ser permeado por La Cámpora en las nóminas para diputados, senadores y concejales provinciales. En Esteban Echeverría, el intendente Fernando Gray colocó nombres suyos. El camporismo desistió de competir. Gray es el presidente del PJ en Buenos Aires y combatió la asunción anticipada de Máximo Kirchner en el partido.

La estrategia de penetración de La Cámpora resulta sofisticada. Arregla con la mayoría de los alcaldes a condición de colocar en cada renovación de concejales dos hombres propios en el tercer y sexto lugar. Habitualmente renuevan siete por elección en el oficialismo. Con el tiempo aspiran a dominar la mayoría en los Concejos, al margen de quien sea jefe comunal. En el interior bonaerense esa maniobra se hace compleja por la impopularidad que rodea al camporismo. Así y todo logran colocaciones mediante un ardid seductor: ofrecen como postulantes a delegados del PAMI (que dirige Luana Volnovich) y de la ANSeS (Fernanda Raverta). Es decir, posibilidad de acceder a fondos que por la enorme crisis general escasean en todos los municipios.

La Cámpora, pese a esa expansión territorial, posee todavía una gran limitación. La ausencia de dirigentes taquilleros, con proyección nacional. La figura indiscutida es Máximo, que desde su oficina del Congreso se ocupó del diseño minucioso de las listas en Buenos Aires. Alrededor de su figura se pretende construir la idea de un dirigente sensato. Pero su mayor caudal (y límite, a la vez) parece ser la portación de apellido. El gran enigma radica en saber qué sucederá cuando deba exponerse al escrutinio público que exige cualquier competencia por un poder mayor.

Mauricio Macri llamó alarmado desde el exterior ante los primeros fogonazos en Juntos por el Cambio que tuvieron como actores a Facundo Manes, Diego Santilli, Cristian Ritondo, Elisa Carrió y Gerardo Morales. Ese temor había expresado a Horacio Rodríguez Larreta, cuando el jefe de la Ciudad inició el armado de su herencia en la Ciudad, con la llegada de María Eugenia Vidal, y el desembarco en Buenos Aires, con Santilli. El ingeniero buscó información y tranquilidad fuera de su tropa: habló con el radical Ernesto Sanz, uno de los fundadores, junto a él y Carrió, de la coalición opositora que en 2015 destronó al kirchnerismo.

Al ex presidente le hubiera agradado un acuerdo, al menos, en los distritos principales. A Rodríguez Larreta también. Pero en Juntos por el Cambio, a diferencia del Frente de Todos, ocurren dos cosas: no tiene un liderazgo excluyente como el de Cristina; está además en la oposición. El Estado y el poder suelen ser ordenadores de la política. Así y todo el FdT también tendrá PASO en seis provincias.

La experiencia demuestra que Rodríguez Larreta está lejos aún de convertirse en heredero de Macri. Por ende, de ser candidato puesto para 2023. De todos modos, no pareciera haber un camino más idóneo para alcanzar aquella meta que someterse a las PASO. El desafío consiste en administrarlas sin convertir a la política en un conventillo.

Por esa vía el sistema ha moldeado una oposición. El PJ y el kirchnerismo tienen otros recursos para permanecer. Ambas coaliciones, a decir del radical Sanz, otorgaron equilibrio y alternancia a la democracia.

Virtudes necesarias pero muy insuficientes. Lo demuestran los problemas irresueltos en décadas, que empeoraron hasta el drama la vida de la sociedad.
CLARIN

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