¿Qué hacer para que el futuro deje de verse peor que el pasado?

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En Argentina, nadie se atreve a planificar porque no sabe qué puede pasar mañana.


Rubén Torres
Así, desaparece una escala de valores, se desmorona la arquitectura de la movilidad social, se pierde la idea de que los proyectos implican tiempo, sacrificio, compromiso, y se impone la cultura de la dádiva, del subsidio y la prebenda, y se estimula cierto hedonismo que expresa algo más profundo: falta de confianza.

No hay un solo país en el mundo que haya pasado del bienestar y la solvencia productiva, que disfrutamos en épocas anteriores, al país decadente económica y socialmente que hoy somos, en el que lo único que creció en 45 años, es la pobreza, la desigualdad y la marginalidad.

Pasamos de 22 a 45 millones de habitantes; y más de 20 son pobres. Ninguna cifra ofrece diagnóstico más elocuente. Las pujantes comunidades que daban pluralismo, heterogeneidad y debate, se perdieron hace más de veinte años cuando un sector de la política se metió hasta en las cooperadoras escolares y el sindicalismo combativo transformó las aulas en campos de batalla, los maestros renunciaron al liderazgo en un sistema que estigmatizó su autoridad y convirtió en malas palabras, evaluación, calidad y exigencia.

Se quebraron consensos y se deterioró la confianza entre familias y colegios. Se convirtió la escuela en un entramado de intereses sectoriales que terminó provocando la retirada de los padres, que preocupados ante paros indefinidos, deterioro de la enseñanza y ausentismo crónico, optaron, en gran numero, con dolor, abandonar la escuela pública y llevar a sus hijos a las privadas.

Una casta privilegiada escudada en un discurso pseudoprogresista, milita cierre de aulas, hace una bandera de la defensa de la universidad publica, pero no la considera esencial, y la acepta encapsulada en el zoom, sin reclamo por la recuperación de la vida universitaria, que es mucho mas que avanzar casilleros en la carrera por un titulo de validez incierta.

Sabíamos hace tiempo que vendría la segunda ola pandémica, hace un par de semanas se aceleraban contagios, empezaban a desbordarse hospitales y clínicas.

¿Qué hicimos? La respuesta está en la conciencia de cada uno, pero en una sociedad que se precie esperamos que quienes la conduzcan, prevean y planifiquen lo que viene. Pero es difícil cuando la dirigencia que tiene, una que conducir y otra que controlar, se dedica a profundizar diferencias, culpar, ver en el otro todos los males, y la sociedad privilegia las creencias de su propio grupo antes que la búsqueda de la verdad.

En casi todos los asuntos públicos la mayor parte de las personas se alinean en función de su identidad política y no de una reflexión autónoma sobre problemas concretos.

No estamos actuando como ciudadanos responsables de una democracia pluralista sino como bandos antagónicos que no tienen como objetivo contribuir a encontrar las mejores soluciones a problemas comunes sino reducir a la insignificancia al contrario, mientras medios y periodistas, a modo de barrabravas desde el paravalancha nos arengan a cada lado de la grieta.

La pandemia es para cada persona algo diferente. Cada vez hay más gente cercana enferma, quienes tenemos cerca personal de salud sabemos el stress que están pasando.

¿Hasta donde nos involucramos? Da la sensación que pandemia y pobreza son un problema del Gobierno, y cada uno de nosotros no tiene ningún compromiso o responsabilidad. Pero hay miles que saben que no y cada día, sin preguntarse quién gobierna, hacen su aporte concreto a la comunidad.

Llevan salud, comida, educación, trabajo, arte y diversión, y a veces sólo sus sueños, y van al encuentro de quien más necesita. Los motiva la convicción de que somos una comunidad, de que lo que le pasa al otro me pasa a mí, que no hay felicidad individual si a los que viven en mi patria no les va bien.

Esos hombres y mujeres, en hospitales, empresas, la política, las organizaciones sociales, no se refugian en la culpa que tiene el Gobierno. Sienten que tienen un rol y salen a jugarlo. Ni pandemia ni pobreza se resuelven con un Gobierno eficaz. Si lo tuviéramos, sería más fácil, pero si no está, la sociedad tiene mucho que decir y hacer.

Los desaciertos de la política disparan la grieta, pero el problema no hay que buscarlo solo en la inveterada impericia de la clase política, sino en los comportamientos de una sociedad cada vez más tribal y menos política.

Más que nunca necesitamos a todos los actores, recuperar los valores del pluralismo y la calidad asociados a la salud y la educación, asumir un compromiso para salir del aislamiento, crear comunidades, mirar al país desde la familia y poner en el centro el bien común, no buscando la salvación individual, sino un compromiso con la cosa pública, ponernos encima de la queja para promover cambios, asumirnos como actores políticos, aún sin la bandera de un partido.

No pedir que se vayan todos, sino discutir y construir entre todos ejerciendo el espíritu critico sin aceptar la “obediencia de rebaño”. Hay un lugar vacante en la política: el de los ciudadanos que deben hacer escuchar su voz en la escena publica, salir de la zona de confort; no apartarse cuestionar, protestar, y en el fondo desentenderse hasta del propio problema de supervivencia hasta que llegue el Mesías que nos redimirá.

La democracia requiere cuidados, a veces intensivos, cuando los discursos de la política vacíos de contenido, dejan de interpretar el sentir ciudadano, y esta expuesta a los riesgos del hartazgo ante la falta de sentido común, y la sensación de que la agenda del poder es ajena a los padecimientos cotidianos.

Si nos movilizamos todos, ponemos toda nuestra energía y creemos que es posible vamos a cambiar esta Argentina, e inevitablemente cambiará nuestra dirigencia. El silencio nos dejará en el país del futuro mejor que nunca llega, instalado en el desencanto, con una aristocracia política sin proyectos, con idas y vueltas que exhiben la desconexión con sus gobernados y esconde el fracaso de un país en el que por primera vez el futuro parece peor que el pasado.

Rubén Torres es rector de la Universidad ISALUD
CLARIN

 

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