El país sórdido del que no logramos desprendernos

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Teníamos esa edad en la que es imposible comprender el verdadero significado de la muerte. Impetuosos, quizás arrogantes, suponíamos que la vida no tenía fin y que la revolución, a la que imaginábamos como un almíbar, nos estaba llamando.

1973 fue el año de los santos inocentes.

Yo estaba por cumplir los veinte y era uno de los pocos del núcleo militante al que pertenecía que ya había experimentado el silencio que produce la ausencia eterna. Mi padre, un hombre de una fortaleza y un optimismo asombrosos, absolutamente convencido de que existía un porvenir socialista, se había ahogado en un brazo del río Paraná apenas un año después de mi ingreso a la escuela secundaria. De modo que yo sí sabía, en 1973, que los muertos no regresan.

Sin embargo, lo que no estaba en los cálculos de ninguno –tampoco en los míos– era que la vida podía ser tan precaria y la muerte tan trivial. Y si se quiere, tan rutinaria. Mucho menos, que una sonrisa joven podía congelarse de repente. Casi sin darnos cuenta, nos fuimos metiendo en una danza macabra que duraría diez años.

Como suele ocurrir en todos los tiempos, lo primero que cambió fue nuestro lenguaje. El escaso vocabulario juvenil con el que nos entendíamos hasta muy poco tiempo antes empezó a poblarse de términos nuevos: venganza, paredón, ajusticiamiento. Poco después volvería a ampliarse con otros más truculentos aún, como encapuchado, amordazado, torturado y desaparecido.

Desde la asunción de Héctor J. Cámpora, el 11 de marzo de aquel 73, pasando por la muerte de Juan Domingo Perón, el 1° de julio del año siguiente, y la inmediata asunción de María Estela “Isabel” Martínez de Perón, nosotros los de entonces ya no fuimos los mismos. Porque a las palabras habíamos añadido imágenes. Hechos.

Recuerdo muy bien la fotografía publicada en el diario Clarín del cadáver maniatado de un muchacho del Nacional Buenos Aires, con quien muchas veces había discutido sobre el uso irracional de la violencia. Estaba junto a otros dos militantes dentro de una furgoneta Citroën abandonada en la localidad de Bernal. La crónica policial decía que su cuerpo tenía incrustadas decenas de proyectiles de grueso calibre. Por entonces, también nos fuimos acostumbrando a nuevas siglas y actores: AAA (Alianza Anticomunista Argentina), Montoneros, FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), CdO (Comando de Organización), ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). Eran parte de nuestro nomenclador juvenil.

Debimos transitar un larguísimo recorrido hasta entender el verdadero sentido de la vida. Morir era mucho más fácil de lo que habíamos imaginado. La cultura funeraria argentina marcó mi generación. Y por más esfuerzos que hagamos por enterrar ese pasado, la historia nos devuelve una y otra vez a esos puntos oscuros. A ese trauma que, con el paso de los años, se fue tamizando hasta volverse también frivolidad. De un inicial intento democrático de cerrar las compuertas de la violencia –lo que se llamó “El pacto del Nunca Más” de 1984– hasta la glorificación a libro cerrado del accionar de grupos ultras sin la necesaria y honesta reelaboración por parte de sus principales protagonistas, muchos de ellos sobrevivientes de la hecatombe.

Cada tanto recibo alguna queja de amigos que me reprochan por escribir –quizá obsesivamente– sobre esos traumas juveniles. ¿Por qué volver atrás? ¿Por qué no dar vuelta de una vez y para siempre la página de aquella odisea escrita con sangre? Ocurre –digo en mi defensa– que esas sombras siguen ahí, amenazantes, torpedeando nuestro porvenir. Y muchos de los actores de esos tiempos de plomo, incluso, ocupan hoy posiciones de poder. Sin contar con que, en los manuales escolares y en el relato oral que se transmite en colegios y universidades, aquel drama –nuestro drama– se ha reducido finalmente a un breve cuento de santos y bandidos.

Por eso sigo escribiendo. De atrás para adelante. “Durante mucho tiempo creí que la memoria servía para acordarse. Ahora sé que sirve, sobre todo, para olvidar”, rescata en un testimonio el psicoanalista francés Jean-Bertrand Pontalis en su bello libro Al margen de los días. Finalmente, debo admitir –con cierto hastío– que no se observan demasiadas novedades en la batalla de las ideas de nuestra supuesta posmodernidad. Salvo por ser más injusta, la Argentina del siglo XXI no ofrece alternativas muy creativas con relación a esos tiempos que, supuestamente, deberíamos terminar de sepultar. Y aunque la violencia –aquella violencia– no aparezca hoy en agenda, su banalización histórica nos persigue como una amenaza. La creciente subestimación de las palabras es un síntoma.

En esta oportunidad, el recuerdo se me activó al ver Una casa sin cortinas: el enigma de Isabel Perón, una muy interesante realización documental del director Julián Troksberg, que ahora –bendiciones de la pandemia– puede encontrarse en la televisión por cable.

Volver a ese personaje enigmático (y quizá más simple de lo que una buena teoría conspirativa merecería) me condujo a esos confines de la memoria que me siguen atrapando (¿a mí solo?). El film, que recorre la vida de la heredera forzosa que Perón nos legó tras su previsible muerte, en 1974, es una muy buena oportunidad para ver lo que muchos se niegan a ver: el país sórdido del que no logramos desprendernos. Los testimonios que recoge Troksberg, la mayoría de personajes aún vigentes –y en varios casos, protagonistas de la vida pública actual– van desfilando por esa trama siniestra como si carecieran de historia. Son la memoria de la desmemoria. No pueden explicar cómo y por qué esa misteriosa y hermética señora llegó a gobernar el país, más allá de su condición de consorte de un rey que no pensaba abdicar. Ni morir.

Los enigmas recorren la trama de la película como cadáveres insepultos. Incluso, quienes ocuparon posiciones de poder durante esos turbulentos años carecen de explicaciones convincentes. Balbucean los hechos de los que fueron actores, como si los registraran por primera vez. Como si recién despertaran de un pesado sueño.

Mientras esa mujer fantasmal, con 90 años a cuestas, se refugia en el mutismo de su exilio madrileño, millares de militantes vocean su apellido sin siquiera advertir que ella también existe. “Como nací en 1939 y mi conciencia se formó durante la Segunda Guerra Mundial –cuenta Margaret Atwood en la introducción de El cuento de la criada–, sabía que el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana. No se puede confiar en la frase: ‘Esto aquí no puede pasar’. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”.

Incluso repetir la historia. Como farsa. O como tragedia.

Ensayista. Miembro del Club Político Argentino
Jorge Sigal
LA NACION

 

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Mariano Hormaechea

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