El pifie de Alberto Fernández: una zoncera, dos hipocresías y una enseñanza

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El entuerto de las expresiones del Presidente argentino ante Pedro Sánchez. No puede regir nuestra voz en el concierto internacional la confiada insensatez de la improvisación.

En el trabajo de la orfebrería se aprecian de manera especial las virtudes de la piedra de toque. La (vapuleada) Real Academia Española de la Lengua Castellana define la expresión con especial precisión, y en un sentido amplio dirá: “Aquello que permite calibrar el valor preciso de una cosa”. Y a veces son encrucijada de la vida las que ofician de esa forma: probar las diversas valías en el imprevisto.

La Zoncera, hija confiada de un falible sentido común. A todas luces en esto devienen las expresiones del señor presidente Alberto Fernández ante su colega español Don Pedro Sánchez. Ya sabemos que el origen de la frase, con un dejo de sarcasmo vernáculo, podría ser de Octavio Paz o de Carlos Fuentes, y en un destino circular (borgeano y circular) también de Martín Caparros en la ocurrencia y hasta de Litto Nebbia, en el concepto. Tiene el punto de lo conciso y epigramático, pues quien la lanzó a rodar atravesó nuestra identidad de transterrados de la Modernidad, mezclados en las cubiertas pobres de las navieras, y después en las barriadas humildes, sin mucho antepasado que reivindicar. Todo empezaba ahí, con los pies en el Nuevo Mundo, en esa planchada que tocaba tierra en los puertos sudamericanos. Pero además nos “caló” en nuestra relación con los demás “hermanos latinoamericanos”. Será por ello que sobreactuamos nuestra condición nativista hasta límites ridículos. Alguna mala conciencia nos acecha en cualquier rincón. Y los pasaportes con sus dobles nacionalidades no nos son ajenos a ese enmarañado tejido identitario. Se nos nota el percal, y más se nos asoma lo mal que disimulamos.

A Fernández no se le puede envidiar la suerte, el momento y las compañías hasta de la vereda de enfrente. Es un piloto de tormenta en medio de maremotos sin fin que sacuden a la Nación. Quizás ansió realizar un guiño cómplice a su “gran amigo” peninsular y evidentemente le salió mal. Y es disculpable, como esos chistes intrincados que no se entienden ni explicándolos. Mala suerte, y no es lo más grave. “Gajes del oficio”, diría precisamente el rey español Alfonso XIII -destronado ahora hace 90 años- ante los intentos “retributivos” de sus enemigos anarquistas. Si se es cabeza del Estado la exposición es hasta el extremo cruel. Pero mejor hablemos de otra faceta estrechamente ligada al suceso de marras.

Y lo denominamos hipocresía, como podíamos haberlo llamado deslealtad intelectual, pero eso es presuponer entendimiento, y me temo que escasea justo ahora donde más se lo necesita. Quedemos en llamarlo mínimo de coherencia, que también es por esos andariveles que viene nuestra observación.

Ante el hecho consumado del traspié “discursivo”, ese apuro por hablar, que una vez emitido no tiene retorno, ni disculpándose con un condicional que devalúa el arrepentimiento; repelen las dos actitudes vernáculas que por negativas saltan la grieta en su mediocridad y se abrazan mezquinas.

Amicus Plato sed magis amicas veritas (Amigo de Platón pero más amigo de la verdad). Están los silencios de los propios que no ejercen un talante crítico, que los ha caracterizado, los caracteriza y hasta enorgullece. De ser censor (y honesto), la piedra de toque será ejercer tal conducta ante los yerros propios, arrancar la viga en su ojo, antes de escudriñar la paja ajena. Sobradas son las muestras que debieran aflorar ahora de esa habilidad en muchos casos tachonada de credenciales académicas. Su silencio es atronador y desnuda cruda una parcialidad de capillita tan poco ilustrada. Aunque trascendió en latín (Amicus Plato sed magis amicas veritas) se lo atribuyen a Aristóteles lo de “Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”.

Y no menos lesivo a la inteligencia del auditorio es que ciertos medios y sus desafinados altavoces, ahora enarbolen desgarrados la afrenta que tantas veces profirieron y les caracterizan. “Arrepentidos quiere Dios” dice el adagio español. Pero exige discreción y no escándalo como arma arrojadiza. Que además es un boomerang a tornarse más temprano que tarde. Casi los mismos que desprecian identidades y vecinos continentales son en esta fecha los que dan lecciones de sensibilidad dudosa. Tal para cual, uno calla y el otro otorga, se calla por docilidad y sumisión. Se proclama por oportunismo ante la falta del oponente. Nada constructivo puede salir de este duelo, ¿o si? Tal vez, si. Y debemos considerarlo en la perspectiva de un futuro inmediato por encima de ruindades de banderías facciónales y alicortas.

Una enseñanza con aroma a moraleja. Los falsos amigos de las traducciones. El deterioro producido por las expresiones infortunadas de Alberto Fernández, y peor digeridas por adherentes y opuestos puede (y debe) controlarse. No puede regir nuestra voz en el concierto internacional la confiada insensatez de la improvisación. Existen disponibles instituciones que bien podrían aportar a la adecuada afinación que un dialogo España-Argentina se merecen. En la Universidad pública, y sostenida con fondos públicos, y ante un desafío publico, pueden convocarse para asesorar a entendidos y especialistas en la cultura española con una perspectiva argentina y latinoamericana que ofrezcan un tono profesional e insustituible a nuestra primera magistratura, si tiene que opinar ante esas visitas destacadas y los connacionales que representan. Eso de la angustia de los congresales de 1816 ya lo oímos.

Lo más probable es que seducidos por la confianza cultural, idiomática, política, y un largo etcétera; por esa proximidad que nos hace juzgar tan iguales se haya incurrido en lo que los traductores conocen y advierten: la trampa de los falsos amigos. Esas palabras que de tan parecidas embaucan al lego en comodidades aparentes. A la vista está que no se podía confiar exclusivamente en la excelente sintonía de los participantes. Menos aun en la destreza improvisadora a la hora de patear (o atajar) tiros penales. De lo contrario la insensatez de una zoncera expone una formación atrasada, caduca y garrula. Una vergüenza que avergüenza.

En esto, como en otras cosas, vale igualmente deconstruirse. Pero vale más reconstruirse. Los medios existen, soslayarlos es ingrato, pero además dañino para nuestra comunidad. Hay también especialistas aunque no sean siempre epidemiólogos. Pues la gripe, hace cien años, paso a la Historia como “española” y eso tampoco fue justo ni real.

 

 

*Por Mariano Eloy Rodríguez Otero, director del Instituto de Historia de España “Claudio Sánchez-Albornoz”, facultad de Filosofía y Letras, UBA (en su 200 aniversario)
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Mariano Hormaechea

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