Trece mil kilómetros de viaje para salvar a Guzmán

VIAJE.JPEG

Alberto Fernández corrió al ministro de Economía del fuego de Cristina Kirchner. El modelo portugués y el abrigo del Papa Francisco.


Fernando Gonzalez
Dicen que viajando se fortalece el corazón, cuenta una de las canciones preferidas de Alberto Fernández. Y algo de Litto Nebbia hay en la gira europea del Presidente. Porque estaba en duda hasta unos pocos días. Porque después la idea era hacer sólo las escalas de París y Roma. Pero la guerra de las tarifas eléctricas que se desató entre Alberto y Cristina terminó transformando el viaje en una oportunidad inmejorable para apagar el fuego de la interna peronista y sacar del incendio a Martín Guzmán. El ministro de Economía ha pasado de ser el pibe de oro que encandilaba a la Vicepresidenta al funcionario que tiene fecha de vencimiento para el kirchnerismo. “Si hace buena letra, se queda hasta las elecciones”, es la frase que repiten ahora.

Después de la batalla de gritos y reproches entre Alberto y Cristina, que contó Nicolás Wiñazki en Clarín el domingo pasado, el Presidente necesitaba revitalizar como fuera al ministro vapuleado. Por eso, Fernández resucitó la escala en Lisboa y apeló a aquellas comparaciones entre las situaciones de Argentina y Portugal con el FMI que había utilizado con buen rédito en la campaña electoral. Pero los mismos conceptos presidenciales, dichos casi dos años más tarde, suenan desactualizados, poco creíbles y muestran el desgaste de una gestión que todavía no ha llegado a la mitad de su mandato.

Al kirchnerismo le gusta legitimarse comparándose con modelos del mundo desarrollado. Cristina asemeja el estatismo anquilosado de su último gobierno y el de la gestión pandémica de Alberto a los refuerzos keynesianos que Joe Biden le agrega a su cruzada post Trump. El Presidente y Axel Kicillof esconden su intención de suspender las clases presenciales en la Ciudad debajo de una ley con superpoderes a la que buscan asociar con alguna de las iniciativas de Angela Merkel. Y ahora vuelven a intentar reflejarse en el acuerdo portugués con el Fondo Monetario sin aclarar que, para salirse del programa, el país europeo redujo su déficit fiscal del 4,4% al 0,1% durante la gestión del socialista Antonio Costa. Con reducción del empleo público, de las jubilaciones y, sobre todo, de los salarios.

Pero todo vale en tiempos de guerra. Además del espejo portugués, Fernández recurre para arropar a Guzmán una vez más al abrigo del Papa Francisco. Allí triangulan con la buena relación que monseñor Bergoglio tiene con el ministro de Economía y con la directora del FMI, la búlgara Kristalina Georgieva. El problema es que, a pesar de sus simpatías con el peronismo, el Papa guarda un pésimo recuerdo del impulso que Alberto le dio a la legalización del aborto en el Congreso. “Sabíamos que eso no iba a ser gratis”, reconoce un colaborador del Presidente. No resulta extraño entonces que forme parte de la comitiva oficial el secretario de Culto, Guillermo Olivieri, y que esté viajando directamente a Roma el asesor presidencial Gustavo Beliz. Los dos mantienen vínculos aceitados en El Vaticano y sus esfuerzos van a resultar imprescindibles para remontar la pendiente en la que hoy se encuentra Guzmán.

La ofensiva del kirchnerismo contra Guzmán alertó a los empresarios, a los operadores financieros con base en Wall Street y, como era de esperar, a la conducción del FMI en Washington. Los costos de una debacle del ministro y la posibilidad de una crisis económica con terminal en el dólar y suba del riesgo país en plena campaña electoral es su mejor defensa. Uno de los candidatos que agitan desde el Instituto Patria para un eventual reemplazo, es el del economista y ministro de la Producción bonaerense, Augusto Costa, muy cercano a Kicillof. Quizás por eso salió a curarse en salud. “Me parece que intentan debilitar a un ministro que está haciendo un gran laburo”, le dijo Costa a la periodista María Laura Santillán en CNN Radio.

Hay que decir algo del ministro. En medio de la balacera, el viernes pasado hizo pública una frase que erizó la piel de los kirchneristas. Sentado junto al Presidente en el Museo del Bicentenario, y haciendo uso de ese tono de monje budista con el que explica las complejidades de la economía argentina, Guzmán le pegó una trompada a los subsidios que son política de estado K. “Nosotros también tenemos que ser autocríticos, hoy tenemos un sistema de subsidios energéticos que es pro rico”, atacó. Recordó que la pobreza infantil es del 57% y concluyó diciendo que “a veces, el conflicto es inevitable y lo que importa es manejarlos con respeto y responsabilidad”. En el cancionero de Litto Nebbia, sería “quién quiera oír que oiga”.

Si Guzmán llegara a resistir en el gabinete con ese discurso crítico de los subsidios, sería el primer caso de un funcionario que sobrevive a la confrontación con el kirchnerismo sin renegar de sus ideas. Sería una rareza en el universo albertista, donde vuelan por los aires los ministros (y también las ministras) que no entonan afinadamente la canción oficial.

Sin ser un economista liberal ni nada que se le parezca, Guzmán sostiene que la inflación es producto del desequilibrio macroeconómico, que el país no tiene destino sino deja atrás el déficit fiscal y que sería conveniente alcanzar el mejor acuerdo posible con el FMI. El problema para él, y para Alberto claro, es que Cristina tiene una concepción muy diferente. Está convencida de que el gasto social con inflación y la postergación sin fecha de cualquier acuerdo con el Fondo son los caminos inevitables para ganar las próximas elecciones.
CLARIN

 

0
0
0
s2sdefault
powered by social2s
© 2017 - 2021 Todos los Derechos Reservados - Diseño: IN-CO-NE