Economía, corrupción y pase de facturas

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La aprobación presidencial es muy sensible a los casos de corrupción cuando hay alta inflación y desempleo.


Silvia Fesquet
Dice Javier Zapata Innocenzi que un día se cansó. Fue hace veinte años, cuando indignado por todas las denuncias que salían a la luz sobre el gobierno de entonces en su Perú natal, tuvo la idea. Con humor, negro, y mucha ironía, así nació “Presidente”, el juego de mesa que permite sumar votos y llegar rápidamente a la primera magistratura acumulando puntos con cartas marcadas por delitos de corrupción o astucias reñidas siempre con el Estado de Derecho. El juego se actualizó con los años y hoy atraviesa otra época de esplendor, mientras los peruanos se preparan para el duelo entre el izquierdista radicalizado Pedro Castillo y Keiko Fujimori, acusada de graves actos de corrupción.

Lo de Perú está lejos de ser una excepción, claro. Según el informe 2020 del Indice de Percepción de la Corrupción elaborado por Transparencia Internacional, “el paisaje es sombrío; el análisis indica que la corrupción no sólo socava la respuesta sanitaria global a la Covid-19 sino que también contribuye a mantener la democracia en un estado de crisis permanente”. En este ranking, en que Perú obtuvo 38 puntos sobre 100 (a menor puntaje, mayor corrupción), la Argentina de Alberto Fernández sacó 42, perdió tres respecto del año anterior y cayó doce puestos en el ranking global de 180 países, ubicándose en el lugar 78.

Según Pablo Secchi, director ejecutivo de Poder Ciudadano -capítulo argentino de Transparencia Internacional-, la falta de claridad en compras y contrataciones para paliar la pandemia, así como los intentos de generar modificaciones tanto en la Justicia como en el Ministerio Público Fiscal influyeron en el puntaje que alcanzó Argentina.

Aquel cansancio de Zapata y estos indicadores parecen replicarse en otros informes. Una encuesta de Management & Fit muestra cómo, en sucesivas mediciones de agosto de 2020 y enero, febrero y marzo de 2021, la corrupción figuró en primer lugar entre las preocupaciones de los argentinos. El índice, en marzo, marcó 30,6%, seguido por la inflación, con un 22,4%. El escándalo de corrupción con las vacunas hizo que ese mismo mes un 58,9% dijera tener poco o nada de confianza en que el Gobierno nacional pudiera implementar un plan de vacunación justo y equitativo.

Muy ocupados en embanderarse detrás de “Juan Domingo Biden”, ni Alberto Fernández ni Cristina Kirchner parecieron reparar en otras palabras, las de la compañera de fórmula del presidente estadounidense. Ante el descabezamiento de la Corte Suprema en El Salvador Kamala Harris dijo que “un Poder Judicial independiente es fundamental para una democracia saludable” y que “la corrupción hace que las instituciones colapsen desde adentro”.

El secretario de Estado Anthony Blinken ya había hecho su aporte cuando en el informe anual del Departamento criticó “la falta de implementación efectiva” de las leyes para prevenir y sancionar hechos de corrupción en Argentina y que “instituciones débiles y un sistema judicial a menudo ineficaz y politizado socavaron los intentos sistemáticos de frenar” el problema.

Que en distintos sondeos la corrupción figure entre las principales preocupaciones de los argentinos es, para algunos analistas un dato auspicioso, que indicaría una importante toma de conciencia social. Otros son algo más escépticos. En una nota publicada en mayo de 2016 en The Washington Post, los analistas Carlin, Love y Martínez Gallardo se preguntaban por qué, no siendo nueva la corrupción en Brasil, de pronto se había convertido en una amenaza para la entonces presidenta Dilma Rousseff, que sería destituida por el Senado en agosto. La conclusión de su estudio fue que, en América latina, el pedido de rendición de cuentas de la sociedad a los mandatarios está altamente relacionado con la marcha de la economía.

Analizando 84 regímenes presidenciales de la región, concluyeron que los índices de aprobación de los presidentes eran muy sensibles a los cargos de corrupción sólo si en el país había alta inflación, alto desempleo o ambas cosas. Cuando la inflación y el desempleo crecían, los escándalos cobraban mayor importancia y tenían mayor impacto negativo en los índices de aprobación presidencial.

Ojalá no haga falta un naufragio económico para entender que la corrupción es un flagelo.
CLARIN

 

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