El gobernador napoleónico detiene el tráfico y el coronel ya tiene quien le escriba

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El bonapartismo bonaerense encarnado por un porteño absoluto tiene la fortuna de ser destinatario de las dádivas oficiales.


Miguel Wiñazki
Ahora sí el coronel tiene quien le escriba. El Primer Magistrado recuperó el estigma cívico militar pregonando el espíritu del chavismo cuando en estos días disparatados, vociferó su fe peronista, más retórica que genuina, según los que lo conocen: “Somos un movimiento social que nació a la vida política reclamando la libertad de un coronel, del coronel del pueblo, que desde las Secretaría de Trabajo y Previsión empezó a darle derechos a los que trabajaban”.

Chavez era teniente coronel cuando intentó derrocar a Carlos Andrés Pérez, luego fue encarcelado y más tarde liberado. Perón era coronel cuando fue encarcelado en Martín García. Vidas paralelas.

El coronel del pueblo y Chávez, el comandante del pueblo, unidos en las vocinglerías vacías de la Patria Grande declamada.

El invocado coronel del pueblo está inspirado en la devoción de Cristina Fernández por Hugo Chávez. “Es Perón, este tipo es Perón”, le sentenciaba ella a su marido.

Chávez y Perón un solo corazón y Alberto Fernández dando otro signo de esa sujeción al petrificado ideario vicepresidencial.

Las palabras presidenciales no se imbrican con la altura de García Marquez que sí sabía expresarse: “El coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas”.

Hongos y lirios venenosos se incuban en las tripas de la alianza gubernamental, que es peronista y kirchnerista a la vez, es decir: un flujo de respiración pedregosa donde abundan las piedras más o menos soterradas que se arrojan los unos a los otros.

Para la foto se exhiben unidos pero cuando se apagan las cámaras llueven los reclamos y los agravios aviesos y verbales hacia Alberto Fernández. Se ahonda el asedio al ministro Guzman, y la vicepresidenta va asfixiando a todo el que no se rinde a sus órdenes dogmáticas.

La semana comenzó con un ingrato gesto de autoritarismo masivo decidido por Axel Kicillof; el capricho que abarrotó la Panamericana durante horas. Miríadas de automóviles fueron detenidos sin ninguna razón. Solo se trató de la decisión de atacar la libertad de tránsito porque sí, porque el gobernador decidió que nadie se mueva.

Había anunciado la misma inmovilidad para hoy.

Luego cambió de idea presionado por la insumisión previsible de casi todos.

Para la foto de unidad del conjunto de jefaturas de la alianza gobernante, Kicillof se encorsetó en un sobretodo napoleónico y azulado. Y así, vestidito para la ocasión distribuye ideología económica cuadriculada y vertical como si repartiera prosperidad por la sola magia de sus altisonancias.

El bonapartismo bonaerense encarnado por un porteño absoluto tiene la fortuna de ser destinatario de las dádivas oficiales.

Kicillof recibe montañas de dinero de los caudales nacionales, que lo resguardan como lo que es: el protegido de la madre superiora del convento senatorial arropándolo de dinero emitido al por mayor.

Aún así la pobreza permanece y avanza.

El creciente costo de vida agrede al pobre en la primera línea de las desesperaciones, y extrae de la clase media el combustible monetario por vía tributaria que también la empobrece.

Una foto argentina: el miércoles pasado, ante la vista de este cronista una jauría se debatía a mordiscones secos y calientes a la vera de la Autopista del Buen Ayre, por unos huesos secos que encontraron entre el barro. La escena, feroz, ornamentaba en aullidos amenazantes la periferia de una gran villa miseria, porque la miseria se vive, desvive a sus víctimas, vuelve peligrosa cada travesía, y es un diario de la guerra de los perros, del combate por la vida que se vuelve cada vez más arduo, sin contabilizar a la peste, que nos toma del cuello azuzada por el incierto plan vacunatorio, por la escasez de dosis y por la improvisación oficial a nivel nacional.

Pero eso sí, detienen el tráfico, paralizan a las personas porque el recurso del método autoritario hace de la parálisis obligada la vía regia para incautar la libertad.

La vicepresidenta consideró que el fallo de la Corte que lógicamente sostiene la autonomía constitucional de la Ciudad de Buenos Aires es un golpe.

¿Hace falta decirlo? Es al revés. Golpear las autonomías, la de la Corte entre ellas, es golpear la estructura interna de la democracia.

Es un neobonapartismo delirante del siglo XXI, con el gobernador napoleónico (pseudo napoleónico, digamos) y Cristina Fernández proponiendo darlo vuelta todo.

Como escribió Marx: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

Es válido para el aquelarre político actual en la Argentina, desde el coronel del pueblo redivivo una vez más, hasta el explícito chavismo esparcido en las mentalidades gobernantes, y el fantasma de Néstor evocado como faro, los muertos viven, pero no alumbran el presente ni el futuro.

Lo oscurecen con el tétrico vademecum ideológico del pasado, aplicado a una sociedad que permanece enamorada de lo que fue y que no termina de dimensionar la hondura de la tragedia de lo que es.

¿Qué es el kirchnerismo? Esa nostalgia de exequias, difuntos y feudos petrificados por una parte, y es también la parálisis impuesta a los que quieren moverse.

Es además corrupción a cielo abierto.

La foto actual del Kirchnerismo es la Panamericana detenida. Congelada. Parapetada detrás de la policía que simulaba tomar la fiebre como si supiera.

¿Para qué? ¿Cuál fue el sentido de aquella irracionalidad con la que comenzó la semana?

El sentido fue inyectar sinsentido. Es la clave más íntima del despotismo. En ese caos, en esa polimorfa y añeja doctrina oficial se diseña la figura de algún Napoleón presente y futuro, que busca y pretende obedecer a su dama, e imperar.

Pero no impera.

La emperatriz real es esa mujer construida con los cartílagos de poder yuxtapuestos por ella misma, década tras década sobre una espina dorsal intransigente.

La inflexibilidad como modelo requiere de la condensación de poder en una persona.

Y busca desesperadamente marionetas, que a la vez se mueven al ritmo de los difuntos que tienen una gran ventaja para quien monopoliza todo el poder: No compiten con ella. La ayudan desde las necrópolis que habitan, configurando ese panteón que le otorga superpoderes simbólicos.

El Primer Magistrado la asiste en esa tarea invocando por supuesto a “Néstor” y ahora al coronel del Pueblo. Cámpora está muy presente sosteniendo post mortem su sonriente obsecuencia.

Hugo Chávez acompaña y todos los féretros marchando no consiguen imponer ni siquiera la paz de los cementerios.

La vida continúa, aunque el gobierno quiera frenarla en la Panamericana sitiada por la baja política de la neo bizarría loca y napoleónica que así no va a ninguna parte.
CLARIN

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