Opinión: representación, intereses y asimetrías en las cadenas de producción agrícola

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Las “cadenas” como entramado productivo existen naturalmente de hecho.

Pero el gran desafío fue lograr institucionalizarlas. Primero fue Asagir, luego Maizar, Acsoja y por último Argentrigo. Una construcción basada en la buena fe, con el foco puesto en “agrandar la torta” y generar diálogo entre los diferentes actores. Algunos ni siquiera se conocían, o se recelaban, o sencillamente no veían la importancia del conjunto.

“Las cadenas”, son un experimento criollo. En cambio, mucho más difundidos están en otros países las asociaciones de agricultores por producto. Con la palabra “Farmers” o “Growers” por delante del cultivo en cuestión, existen numerosos ejemplos en el mundo. Pueden ser productores de legumbres, trigo, maíz etc. Estas asociaciones existen tanto en Canadá, EE.UU. o Francia, y en contados casos admiten algunos sectores extra-producción como miembros. El foco de estas asociaciones lo centran en representar “la voz del productor”.

Lo construido en Argentina sería superador en teoría: todos los eslabones en la misma mesa. Todos escuchando y generando un plan de trabajo conjunto, aunando esfuerzos. Con el norte puesto en lograr un proyecto coherente de desarrollo que incluya: producción, industria, servicios, conocimiento e insumos.

Para materializar la institucionalidad de las cadenas, trabajaron en su momento numerosos sectores y asociaciones. Me tocó participar en parte de esta construcción como miembro de Aacrea y ser guiado por el inmenso dinamismo de la personalidad de Oscar Alvarado, quien mucho influyó junto con otros para cristalizar este ambicioso proyecto de las cadenas por producto.

Una vez institucionalizadas y puestas a trabajar, este nuevo concepto idílico de “cadena” se encontró con asimetrías reales que afectaron el funcionamiento.

Una de las asimetrías se generó al definir quienes financian los presupuestos de las cadenas. En general, la mayor parte del dinero de manera directa la aportan las industrias. Ya sea semilleros, exportadores etc. Y en menor medida lo hacen productores. Esta realidad puede llegar a condicionar las decisiones tomadas, que pueden ser influidas por esta circunstancia. De igual forma si el cargo del presidente de la asociación es rentado, y esa remuneración al final de cuentas no la pagan en iguales proporciones los distintos actores de la cadena, también puede generarse una situación incómoda.

Recuerdo en Maizar hacíamos congresos zonales, con la idea de recaudar fondos y depender menos del aporte directo de algunos asociados. Cuestión que resultó bastante exitosa en su momento. En otros países existe el “check off” sobre las ventas, con marco regulatorio legislado, pero las veces que se habló en la Argentina, no prosperó como solución para la financiación.

Otra de las asimetrías es la diferente naturaleza de los representantes de cada sector en la mesa. Lo cual enriquece la discusión, pero también corre el velo de quienes pueden enviar a las reuniones profesionales de relaciones institucionales, y quienes participan con un espíritu más amateur para tratar de sacar las cosas adelante.

También hay asimetrías en las visiones y particularmente en las perspectivas temporales. No es lo mismo el horizonte que puede tener un empresario familiar, que proyecta el futuro de la actividad no solo a la coyuntura, sino a muchas más décadas o generaciones por delante, que la que puede tener un gerente de una cámara que esta hoy en una actividad, y que mañana puede cambiar a otra industria totalmente distinta. No es mejor una visión que la otra, pero afecta a la hora de diseñar políticas con perspectivas temporales.

Todas estas asimetrías hasta ahora mencionadas son trabajables y salvables. Pero la gran crisis de las cadenas surge cuando desde un gobierno se designan ganadores y perdedores a dedo. Esa asimetría literalmente rompe la mesa. Quien se sabe designado como ganador, no tiene interés de tratar los temas de fondo con el resto. ¿Para qué hacerlo? Si hay otra “mesa chica” donde las cosas que en definitiva deciden el negocio se pueden arreglar sin tanta gente alrededor opinando. Caso cupos exportación, los ROEs, los “diferenciales” aceiteros, fideicomisos y demás prebendas que se pueden conseguir actuando sin tantos testigos, y en reuniones reservadas.

Acto seguido, y una vez creados estos dos canales paralelos, se busca entretener a “las cadenas” con otros temas también relevantes, pero más periféricos. Y para los asuntos principales, los que realmente deciden el negocio, quienes parten y reparten, se reúnen otro día, y en otro lugar.

El desgaste que producen estas situaciones, sumadas a las indecisiones y titubeos frente al planteo de las políticas que afectan al conjunto, han debilitado una muy buena idea inicial, que hoy pareciera no encontrar del todo un rumbo y lograr los aportes a la producción e industrialización para la cual fueron soñadas.

El autor es productor agropecuario
Santiago del Solar
LA NACION

 

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Mariano Hormaechea

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