En el peor momento de la pandemia, el Presidente sólo provoca desconcierto

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Alberto Fernández pasa de un discurso conciliador a uno agresivo en sólo 24 horas.


Eduardo van der Kooy
De Moscú y Beijing llegan malas noticias para la campaña de vacunación. El peso de Kicillof y La Cámpora y la inexistencia de una estrategia.

“Son estos momentos muy difíciles. Que no se resuelven haciendo política. Tratemos de estar juntos. Olvidemos por un rato las diferencias”, dijo el lunes Alberto Fernández. Remató la frase de apariencia convocante con otra de las que le agradan, de vuelo poético módico. “Que cada uno toque su instrumento, pero hagamos el esfuerzo de tocar una sinfonía”. A su lado estaba, en un acto compartido, el intendente de Tres de Febrero, Diego Valenzuela, que pertenece a Juntos por el Cambio.

Esas palabras coincidieron con las gestiones para bajar la tensión entre el Gobierno y el jefe de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta. En un momento hipercrítico de la segunda ola del coronavirus. Cuando deben decidirse nuevas restricciones en el Ámbito Metropolitano con una constancia: la campaña de vacunación está definitivamente amenazada porque Moscú sigue sin dar respuestas y Beijing informó que luego del próximo envío de un millón de dosis abrirá un paréntesis. No se sabe con certeza hasta cuándo. La administración china dispuso un plan de vacunación masiva para celebrar el centenario del Partido Comunista.

Aquella línea política directriz del Presidente duró, con exactitud, veinticuatro horas. Este martes, en Avellaneda, en el acto de entrega de viviendas del barrio La Saladita, apuntó contra María Eugenia Vidal y Juntos por el Cambio. Sostuvo que esas casas habían quedado a medio terminar “por el odio” de los opositores. Dijo además que en los cuatro años de macrismo en Buenos Aires, “no se abrieron escuelas. Se cerraron”. Esta vez estuvo ladeado por el gobernador, Axel Kicillof y el ministro de Desarrollo Social y Hábitat (además ex intendente del distrito), Jorge Ferraresi.

Semejante contraste entre los dos mensajes plantea múltiples interrogantes. Ayuda nada a apaciguar un clima político y social enrarecido por la tormenta del COVID en ciernes. ¿Alberto acaso ajusta sus palabras al escenario ocasional? Cuando no asomó sujeto a la fiscalización del gobernador bonaerense pareció ataviarse de conciliador. Cuando lo tuvo delante se endureció hasta un polo, olvidando el diagnóstico del ex presidente de Uruguay, José Mujica, que habló del odio político en la Argentina como la peor enfermedad. Ese diagnóstico había sido avalado por Alberto en un instante de introspección que tuvo luego de la trágica muerte del ex ministro de Transporte, Mario Meoni.

Una conclusión preocupante es que el Presidente no parece ya condicionado sólo por el liderazgo natural que, aún desde el silencio y la virtual clandestinidad, ejerce Cristina Fernández. También emerge Kicillof y el poder territorial bonaerense de La Cámpora. Algo más: se ensancharía la distancia del mandatario con los intendentes peronistas que suelen tener dificultades de relacionamiento cotidiano con el gobernador.

Kicillof no está solo. La presión sobre el gobierno nacional es también detonada por su equipo de salud, el ministro Daniel Gollan y su segundo, Nicolás Kreplak. También por Sergio Berni. El ministro de Seguridad hizo en las últimas horas una revelación. Contó que las gestiones con Moscú, por la Sputnik V, fueron patrimonio del gobernador. No de la vicepresidenta. Incluso relató un presunto gesto solidario del gobernador que develó el grado de indefensión del Gobierno: “El acuerdo era para Buenos Aires. Pero frente a la grave situación, Kicillof decidió abrir la oferta a la Casa Rosada”, describió. De verdad, sorprendente.

El constante serpenteo presidencial esconde la duda acerca de si se trata de una estrategia para provocar desconcierto en Juntos por el Cambio. O si desnuda, en realidad, la inexistencia de estrategia. Estaríamos frente a una improvisación que no tendría que ver únicamente con la palabra pública. También con la acción y la gestión.

La Argentina cumple trece meses sobrellevando la pandemia y, salvo desde el campo de la medicina y la ciencia, parece haber aprendido muy poco. Se advierte en el andar de la política y la toma de decisiones del poder. El mundo atraviesa, en tiempos desacoplados, idéntica realidad. Pero naciones que la pasaron verdaderamente mal -las principales de Europa- supieron elaborar parámetros que permiten combinar los encierros para proteger la salud con aperturas que, amén del mismo sentido, apuntan a no dañar en exceso la economía. Incluso con sistemas de toma de decisiones más complejos que en nuestro país.

Algún día habría que indagar en el inconsciente del kirchnerismo para descubrir por qué razón Alemania constituye un espejo en el cual pretende insistentemente reflejarse. En especial, en las malas situaciones. Cuando se planteó la discusión sobre la presencialidad de las clases o el cierre de escuelas, varios funcionarios aludieron a resoluciones de Merkel. El gobierno alemán lleva un cómputo de la cantidad de contagios en relación a la población de cada región. Actúa en consecuencia. Para adoptar medidas drásticas Merkel debe recurrir a la autorización del Parlamento. No posee el recurso de los DNU que se expiden con abundancia desde las oficinas del Presidente.

 

El espejo de la región

Las campañas de vacunación también exhiben diferencias siderales. Europa ha tenido dificultades para el abastecimiento. Incluso limitó la aplicación de la de AstraZeneca, laboratorio británico-sueco. Mientras subsana el déficit planifica a futuro. La Unión Europea está cerrando la mayor compra mundial de vacunas a Pfizer: 1.800 millones de dosis contempladas, básicamente, para el 2022.

El Gobierno argentino, ante su precariedad, dejó trascender en las últimas horas su voluntad de negociar con el laboratorio estadounidense. Carla Vizzotti, la ministro de Salud, dio un primer paso. Con Pfizer hubo el año pasado un desencuentro nunca explicado. Pese a que nuestro país fue el centro de prueba del producto más importante de la región. A la par, el embajador en Washington, Jorge Argüello, hace gestiones ante la Casa Blanca para captar algún sobrante –presumiblemente de la vacuna de Oxford-dentro de la acumulación que hizo EE.UU. Que pasó de un caos epidemiológico durante la era de Donald Trump a ser el país, bajo la tutela del demócrata Joe Biden, con mayor volumen de inmunización en el mundo después de Israel y los Emiratos Arabes.

La Argentina ha quedado en la región rezagada respecto de Chile y Uruguay. Los vecinos no abandonaron la planificación ni siquiera en los momentos críticos de la pandemia, que persiste. Brasil también fue un desastre con la conducción negacionista de Jair Bolsonaro. Pero vacuna ahora cerca de un millón de personas diarias. Tiene tres laboratorios con participación del Estado dedicados a la producción de vacunas. Un detalle que podría desatar la vergüenza del progresismo kirchnerista.
CLARIN

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