La pandemia, un caldo de cultivo para el “partido apocalíptico”

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Surge el viejo dilema: ¿se impondrá la sociedad cerrada o la sociedad abierta?

Loris Zanatta

La pandemia no es una guerra, pero como las guerras impone preguntas. ¿Qué la causó? ¿Cómo salir de ella? ¿Cómo evitar que se repita? Diagnóstico y respuestas están vinculados.

Surge así el viejo dilema: ¿se impondrá la sociedad cerrada o la sociedad abierta? ¿La tribu cohesionada y tranquilizadora o el desafío del mar abierto, fascinante pero arriesgado? Tal es el trauma, que el instinto de cierre prevalece.

Cuando la historia se convierte en un lugar inhóspito y la vida en un ejercicio peligroso, crece la ilusión de esterilizar a la primera y proteger la segunda encerrándose en un lugar familiar.

Desde la República de Platón en adelante, utopías similares han acompañado a la humanidad: Estado ideal o Ciudad de Dios, es el eterno sueño de embridar el mundo, de ponerle los calzones. El afán colectivista del populismo es eso: la nostalgia de un pueblo homogéneo, una comunidad cerrada, un puerto seguro.

Al final de la Primera Guerra Mundial, triunfó la sociedad cerrada. No en todas partes, pero casi. Aunque el nacionalismo fuera una de sus principales causas, muchos pensaron que encontrarían refugio en sus cálidos brazos: uniformidad cultural, autarquía económica, autocracia política, sentido de pertenencia y orgullo identitario parecían excelentes paraguas contra las travesías de la historia.

Quienes apostaron por más cooperación, democracia y libre comercio fueron derrotados: la sociedad abierta, expuesta a los vientos e impredecible, inestable y conflictiva, prácticamente sobrevivió solo donde había nacido, en los países anglosajones.

Sin embargo, la convivencia dentro de las sociedades cerradas y entre ellas no funcionó. En el plano interno, el reclamo de unanimidad sofocó las libertades y generó el deseo de recuperarlas. En el internacional desembocó en una nueva guerra: los nacionalismos no se aman.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, prevaleció la sociedad abierta, al menos en el mundo occidental. Sus fronteras se extendieron, derrumbando los muros de las sociedades cerradas.

Siguió una era de extraordinario despegue económico, movilidad social, participación política, cooperación internacional. Pero también de conflictos ideológicos, choques sociales, descolonizaciones, revoluciones sexuales, etc.

Gusten o no, las sociedades abiertas son así: el conflicto es vida, el cambio la norma, la cadena de errores y ajustes inevitable. Si este lado oscuro siguió alimentando en su interior una vaga nostalgia por las sociedades cerradas, en Europa del Este y América Latina la opresión de aquellas abrió las puertas a la transición hacias la sociedad abierta. Contra la cual resurge hoy la típica nostalgia populista. Son ciclos.

Es obvio que ninguno de los modelos de sociedad existe en estado puro, que cada una tiene algunos ingredientes de las abiertas y otros de las cerradas. Es una cuestión de dosis, la clave de todo buen plato.

Entonces, ¿qué tipo de sociedad saldrá de la pandemia? ¿Cuál es la más deseable? ¿Es mejor inspirarse en la salida de la primera o de la segunda guerra mundial?

Hoy, se decía, el drama social y la sensación de vulnerabilidad son tales que el canto de sirena de la sociedad cerrada parece destinado a triunfar. Es comprensible. En todas partes el partido apocalíptico tiene el viento en popa.

Nada será como fue, repite con escaso sentido histórico, hay que derribarlo todo y rehacerlo desde cero. El apocalipsis pide redención. Impermeable a la evidencia de que en la historia existe el mal, en perpetua búsqueda de chivos expiatorios a quienes achacarlo, centrifugan todo: pandemia y calentamiento global, desigualdades sociales y guerras locales, causas y efectos de relaciones inciertas.

No tiene dudas sobre los culpables: la globalización liberal, la conspiración de los poderes fuertes, la codicia de las finanzas, la corrupción de los políticos. Sobre la solución menos aún: el regreso a la naturaleza, el renacimiento nativista, el culto al pueblo y su pureza. La sociedad cerrada, en fin.

El relato no se sostiene, pero olvídalo. La cuestión es si se trata de una solución sabia, viable y conveniente. Creo, con Karl Popper, que tal terapia es peor que el mal que pretende combatir. Pensar de eliminar el mal cerrando la historia fuera de la puerta, de restaurar la supuesta pureza perdida, es una ilusión poderosa y peligrosa.

Y tanto más peligrosa cuanto más poderosa: tan elevado es su fin, que justifica todos los medios. ¿Qué no será lícito para “protegernos”?

Así fue después de la Primera Guerra Mundial. Desencantada y pragmática, la sociedad abierta no calienta tanto los corazones, no promete cosas que no son de su competencia: identidad, comunidad, pertenencia. Se basa en nuestra responsabilidad, respeta nuestra libertad, mide nuestro civismo.

Todo esto podrá parecer abstracto, pero es muy concreto. Nada mejor que las actuales campañas de vacunación ilustran las diferencias entre sociedades abiertas y cerradas, la universalidad de las primeras y el tribalismo de las segundas. Cuanto más abierta es una sociedad, más universal el criterio con el que se vacuna, cuanto más tribal, más castal. En el primer caso, sin perjuicio de los más expuestos, se va de los de mayor riesgo a los de menor. En el otro, las corporaciones asaltan a la diligencia: abogados, profesores, profesionales, sindicatos. Y amigos políticos. Valdrá la pena atarse al mástil del barco como Ulises y no sucumbir a la tentación de la sociedad cerrada. Seduce pero mata.
CLARIN

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