La infamia de las vacunas, la tumba de la ética y la confusión del Primer Magistrado

INFAMIA.JPEG

Ante la enfermedad y la muerte los miserables revelan su laya y exhiben su angurria más deplorable: salvarse solos.


Miguel Wiñazki
Protegerse en primer término, y alardear con la retórica del sobreviviente corrompido: yo me salvo, y sin vacuna que se quede el resto.

Pero eso sí, acariciando con palabras al prójimo al que condenan pero al que con altavoces manifiestan defender antes que a sí mismos.

Viven y sobreviven gracias a la farsa profesional que con mayúscula eficiencia saben teatralizar.

Y tienen público, votos y aplaudidores a cuerda.

Es la coronación del robo, del crimen perpetrado desde el búnker del Estado.

Todos sabemos a quién respondía Lázaro Baez.

Pareciera que hay un quiebre, una curva impensada que el gobierno no previó, esa fuga de información que se escurre por las manos cómplices y los brazos lenguaraces vacunados de apuro.

La opinión pública tomó nota.

Las vacunas para la camarilla de los camuflados con ropajes de fajina revolucionaria, se combinaron en la misma semana con la memoria rediviva de los bolsillos rebosantes de dinero robado por la elite sojuzgadora y moralista de la boca para afuera. Se resquebrajó, al menos en parte, el gran engaño.

La gran simulación, la patraña de discursos efectistas pero vacíos de contenido perdió fuerza. La alucinación masiva que percibía a un grupo de redentores manejando como santos los hilos del poder se agujereó como un telón que se rompe.

Éstos patrones de la Argentina inauténtica no configuran la liga de súper héroes que salvarán a Ciudad Gótica. Detrás del antifaz de Batman sonríe el Pingüino inerte pero vivo en el espíritu de su heredera mayestática, de sus legatarios biológicos y dinásticos junto con su desvariado y adinerado ejército de colaboracionistas.

Política y biopolítica feudal.

La historia universal de las infamias argentinas tiene tantos capítulos que no alcanza un catálogo ni mil para clasificarlas en un orden preciso de significación nefasta.

Pero sin dudas, el de las vacunas clandestinas disponibles para la oligarquía dominante y sibilinamente elitista ocupa un espacio que podría ponderarse entre las más malignas de las barbaridades.

Camuflados de bienhechores, pero malhechores y a la vez maleantes muchos de ellos, empinados, azuzados y protegidos por la guardia pretoriana que custodia la impunidad de los envilecidos.

Las vacunas faltan. Llegan propagandizadas pero por el momento escasas y -sobre todo- escasamente aplicadas.

El Primer Magistrado mientras tanto lanzó una críptica asociación entre su historia y la de San Martín y la de los hacedores primigenios: "Los hombres del 1800 no tenían que luchar contra la prédica malintencionada de los diarios...”. Los hombres de 1800 en rigor hacían los diarios, Belgrano y Mariano Moreno, entre los más relevantes, desplegaban sus plumas incisivas y luminosas contra los explotadores colonialistas que monopolizaban el poder estatal y paralizaban al comercio y a la libertad de aquellas nacientes Provincias Unidas.

Hoy ha sido el periodismo el espacio desde el que surgieron las imprescindibles denuncias contra los constructores de ese nefasto mausoleo de la moral: el tándem Baez-Kirchner que no ha logrado pese a sus enconados esfuerzos evitar olímpicamente a la justicia, tal como pretende la jefatura de la sociedad. Ella, empinada por el voto popular en la vicepresidencia con tantísimo poder y en simultáneo con tantos flancos vulnerables, visibles en los groseros rastros irrefutables de las "irregularidades" vinculadas al lavado.

Todo inducido y diseñado con impúdica precisión arquitectónica, con espíritu egipcio ciertamente, si asumimos que los egipcios expertos en mausoleos rectilíneos, podrían haber guiado desde su impronta histórica la monumentalidad que cobija y ornamenta a la momia de ese Faraón vocacional en el arremolinado cementerio de Río Gallegos.

Allí en la necrópolis austral es gigante el homenaje funerario al cerebro de todos los mecanismos, yaciendo como está debajo de la pétrea edificación construida por su socio y multimillonario subordinado Lázaro. Cabe recordar que las pirámides de Egipto fueron erigidas por los incontables parias que doblaron sus espaldas y morían a raudales para levantar piedra sobre piedra los monumentos funerarios ceremoniales de los nobles que creían en su derecho divino y en la consiguiente explotación de los súbditos destinados a la muerte temprana y sin pirámides para ellos.

“Mucho dinero sí, pero es un dinero maldito”, escribió el maravilloso narrador egipcio Naguib Mafouz.

Detrás de Lázaro y de todos los millones está Ella. La Dueña.
CLARIN

0
0
0
s2sdefault
powered by social2s

Mariano Hormaechea

© 2017 - 2021 Todos los Derechos Reservados - Diseño: IN-CO-NE