Vacunas VIP: tradición en acomodos y una bronca como pocas

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Habría sido propio de Escandinavia que el sistema para inocularse contra el Covid no incluyera uno o varios casos de avivadas como el escándalo de González García.


Pablo Vaca
Y Escandinavia siempre estuvo lejos.

La cultura del acomodo tiene una larga tradición en estas pampas. Tanta, que lo realmente sorprendente hubiera sido que no se armara un Vacunatorio VIP como el que terminó eyectando del Gobierno a Ginés González García. Habría sido propio de Escandinavia que el sistema para inocularse contra el Covid no incluyera uno o varios casos de “avivadas” como esta. Y Escandinavia siempre estuvo lejos del Río de la Plata.

Este es el país donde se buscaba desesperadamente “un acomodo” para que el servicio militar obligatorio tocara en un destino amable. Acá se preguntaba “¿tenés un acomodo?” para ver cómo acceder a un plan Megatel y así dejar de esperar un teléfono durante toda la eternidad. En la Policía, cuando esa institución emitía el pasaporte y la cédula de identidad, la cola de los que hacían el trámite acomodados podía ser perfectamente más larga que la de los que iban sin “recomendación” alguna. Ni hablar de la fila que se armaba para sacar el registro de conductor: ahí, si el acomodo era suficientemente grande, se zafaba no sólo de la espera sino también del examen.

Esto siempre funcionó así en la Argentina. Con militares, radicales o peronistas. En algunas de las empresas estatales de servicios, de hecho, los hijos de los empleados tenían derecho a un puesto, como si se tratara de una monarquía: más acomodo no se consigue. Aunque algunos de estos “privilegios” cayeron en desuso, en general porque la efectividad y agilidad que prestó la digitalización a la vida los hizo innecesarios, la mayor parte continúa. Sólo que ahora la palabra que se usa es “contacto”.

El acomodo conforma, en verdad, el primer escalón de la corrupción. Se empieza por conseguir una vacuna antes de lo que corresponde, se sigue con un trabajo estatal para un familiar, continúa con alguna concesión y así. En la cima de esa larga escalera podría figurar un contrato con sobreprecio para pavimentar una ruta santacruceña. No poca gente justifica esas “avivadas”. Como dijo este domingo Aníbal Fernández: para él, lo de Ginés fue “una macana”, nada más.

El esquema mental y moral que llevó al ahora exministro de Salud a no pensar dos veces antes de reservar una partida de Sputnik V para amigos y recomendados es primo hermano del que llevó a Victoria Donda a ofrecerle un plan social a su empleada doméstica. La creencia en tan grosera impunidad impera en algunos círculos. Abunda, y daña. Es la que permite a Hugo Moyano justificar su vacunación, sin ponerse colorado, con el absurdo argumento de que es “presidente de dos obras sociales”. Por supuesto, la extensión del mal no libera de culpas ni justifica a nadie. La tradición tampoco.

Lo que hace más grave al vacunagate, que explotó con Ginés, pero que venía cultivándose con fotos y más fotos de jóvenes militantes oficialistas inoculados, es que no estamos hablando de un atajo para un trámite cualquiera. Se trata de aprovecharse del poder, o la cercanía con el poder, para pasar sin derecho por encima de otros en una cuestión donde está en juego la vida. La vida de verdad, no figuradamente. La Argentina tiene 51.000 habitantes menos que lo prueban. De ahí la indignación profunda y furiosa que la “ventajita” de funcionarios y amigos de funcionarios causó en millones, incluso en personas ideológicamente afines al Gobierno. Todos tenemos alguien mayor cercano que lleva meses con terror por si se contagia, porque contagiarse a cierta edad en muchos casos mata. Las vacunas, que encima son pocas pese a tantas promesas, para ellos son sinónimo de que hay futuro, y sobre todo de que no se van a morir tan fácil.

Lamentablemente, pese a la bronca como pocas que generó esta nueva estafa moral, resulta difícil no ser escéptico. Cuesta creer que la dirigencia se sienta interpelada. No es la primera vez que la atrapan con las manos en la masa y seguramente no logre comprender que ahora se trata de un tema más sensible y universal que nunca. Los antecedentes invitan a pensar que la clase política dejará pasar esta oportunidad para encontrarle un fondo al barril por donde se le ha escurrido la ética. Llevan demasiado tiempo acomodados.
CLARIN

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Mariano Hormaechea

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