Diez horas en el despacho de Alberto Fernández: ira, coartadas y Cristina Kirchner en el chat

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El minuto a minuto de la crisis en la Casa Rosada.

Los mensajes del Presidente y la vice en el día de su cumpleaños. Llamados, desplantes y enojos con Ginés.

Santiago Fioriti

"Espero que tengas una buena explicación para todo esto", le dijo Alberto Fernández a Ginés González García, el jueves, ya cerca de la medianoche, en la primera y única conversación telefónica que iban a mantener hasta que el escándalo se volvió público. "Te voy a explicar todo", contestó González García. Alberto estaba en la residencia de Olivos. Ginés, en su departamento de Puerto Madero. Al ministro le quedaban 24 horas en el cargo. No lo sabía ni lo intuía. Hasta se sorprendió por el llamado.

Desde hacía un buen rato, el Presidente se había enterado por sus asesores de que Clarín estaba trabajando en una nota sobre el armado de una especie de Vacunatorio VIP para amigos del poder. La primera reacción de Ginés ante el llamado presidencial fue decir que se había vacunado solo a quienes iban a viajar con él a México este domingo para acompañarlo en la celebración de los 200 años de independencia de ese país. Fue una explicación que desde el vamos generó dudas por una sencilla razón: la inoculación no es inmediata. ¿De qué servía vacunarlos si la idea era proteger al jefe de Estado?

Aun así, un funcionario albertista se contactó entonces con Ginés y le pidió que a primera hora del viernes desde el Ministerio de Salud se difundiera un comunicado para explicar quiénes se habían vacunado con motivo del viaje. Creyeron que podía utilizarse el viaje como excusa. Ginés se negó. Y, con el pasar de las horas, se enojó mucho.

A las 13.45 del viernes, ya con la idea de echarlo merodeando en su cabeza, Alberto volvió caminando a la Casa Rosada desde el Centro Cultural Kirchner. Venía del lanzamiento del Consejo Económico y Social, una de las grandes apuestas del Gobierno para este año. Se demoró unos minutos hablando con una mujer que lo paró por la calle. Sus hombres de confianza habían sido convocados a su despacho. Eran los mismos que habían estado con él en esa misma oficina, cerca del mediodía, explorando una salida a la crisis antes de ir al acto. Pero ahora era momento de tomar una decisión final. El clima se había enrarecido luego de que el periodista Horacio Verbitsky declaró que él había sido vacunado gracias, dijo, a su viejo amigo Ginés.

Santiago Cafiero, Gustavo Beliz, Julio Vitobello y Juan Pablo Biondi repasaban las declaraciones del periodista en sus celulares. Uno de ellos comentó que Verbitsky no había dejado código sin romper. Pero no era ese el centro de los dilemas. Se preguntaban hasta dónde llegaban los nombres de vacunados VIP. "Quiero esa lista", pediría varias veces a lo largo del día el Presidente. Ginés, pese a los insistentes llamados desde la Casa Rosada, se negaba a mandarla. Se sabría luego que abarcaba también a un empresario y a su familia, a legisladores y a médicos "amigos". Esto, en verdad, es la punta del ovillo. La lista sería muy extensa.

Fernández estaba impaciente. El televisor de su oficina permanecía apagado. Había elegido enterarse de cada novedad por su vocero, que iba y venía con las noticias. En un momento, en medio de las deliberaciones, a Alberto lo sometieron a un hisopado. El Presidente maldecía lo que le estaba pasando y la conducta de Ginés lo alteraba más.

Desde Río Gallegos, en el día de su cumpleaños número 68, Cristina pedía precisiones por chat. Alberto, desde luego, se las daba. Los que estaban al tanto de esa comunicación no emitían comentario. La vicepresidenta había tenido una mañana con decenas de muestras de afecto, públicos y privados. El humor le cambió a medida que fueron trascendiendo los acontecimientos.

"Decile a Ginés que ahora su descargo lo quiero por escrito", le ordenó Alberto a Cafiero. El jefe de Gabinete habló al menos cuatro veces con el ministro. No fue una situación fácil para él. Sabía lo que se venía. A González García lo conoce desde chico porque fue ministro de Antonio Cafiero entre 1988 y 1991 y solía verlo en los cumpleaños que su abuelo hacía en la casona de San Isidro. Cafiero no derramó ninguna lágrima solo porque hizo esfuerzos para contenerlas.

Los mozos llegaron con platos de milanesas para un almuerzo tardío, excepto para Vitobello, el secretario general de la presidencia, que siempre elige pescado. Beliz estaba desahuciado porque veía desvanecerse en los medios el lanzamiento en el CCK, y prefirió irse a almorzar a otro lado. Lo mismo hizo Biondi, que descendió a la planta baja para comer empanadas con su equipo de colaboradores. Alberto, Cafiero y Vitobello se quedaron debatiendo qué hacer. La conversación giraba siempre sobre lo mismo: ¿por qué no llegaba la explicación de Ginés?

No la había. "Estamos cada vez peor. Esto no se puede parar", reconocía un funcionario que se mantenía comunicado por WhatsApp desde un despacho cercano. "Si esta vez no vuela un ministro por el aire estamos fritos", decía. Hasta los periodistas más consustanciados con el proyecto kirchnerista exigían renuncias por Twitter. De eso también se hablaba. Alberto ya había decidido echar a su ministro. Le pidió a Cafiero que fuera él quien se lo comunicara. Antes, Fernández se comunicó de nuevo con Cristina para contarle la determinación. También le anticipó que Carla Vizzotti iba a ser la reemplazante.

Desde Juntos por el Cambio llovían críticas. Las diputadas Carmen Polledo, del PRO, y la radical Jimena Latorre anticipaban que se bajaban del viaje a México como representantes de la oposición. Alberto le pidió a Vitobello que se comunicara con el diputado Eduardo Valdés y el senador Jorge Taiana, del Frente de Todos, para avisarles que, como integraban la lista de vacunados VIP, quedaban marginados del periplo. Taiana lo entendió. Valdés no. No solo no lo entendió. Se molestó. Convendría seguir de cerca esa relación de tantos años entre Alberto y Valdés. Algo pareció quebrarse.

Antes de difundir su texto de renuncia, Ginés no tuvo más remedio que enviarle la explicación por escrito a Fernández. En su descargo decía lo mismo que después hizo público: que él se hacía responsable del affaire pero acusaba a su secretaría privada. Y sostenía que él estaba en Entre Ríos el día de los vacunados. El descargo desató la ira de la plana mayor del Gobierno.

Pasadas las 21.30, Alberto se retiró a la Quinta presidencial. No habló con Ginés pero le hizo saber que estaba muy dolido por la decisión que tuvo que tomar y le transmitió que sigue creyendo que hizo un gran trabajo en este año y dos meses de gestión. "De excelencia", decían en su entorno.

Ginés no tiene consuelo. Cree que no fue tan grave lo que hizo. Y que pagará más costos sociales estando en el llano. Lo comprendió el viernes, a las 22.15, cuando su chofer lo dejó por última vez en la puerta del edificio donde vive. Los vecinos de Puerto Madero que lo vieron llegar salieron a los balcones con cacerolas y las hicieron sonar.

El ministro no hizo ni un movimiento de cabeza. Entró al edificio caminando de modo cansino. A la madrugada cambió el perfil de Twitter. Ya no se lee ministro de Salud de la Nación. Ahora se presenta como "sanitarista, peronista, racinguista de corazón, padre y abuelo". El celular no dejó de sonarle, en especial con mensajes de periodistas que querían consultarlo. Todos pretenden saber, de verdad, qué tiene para decir. Por ahora, nada.
CLARIN

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