Alberto Fernández, el presidente que amenaza

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El fin de semana arremetió contra los productores como antes contra los jueces y los empresarios.


Gonzalo Abascal
Repite un hábito discursivo de dudosa calidad. Señales de falta de gestión y de impotencia del Gobierno.

Seguro no fue la primera pero sirve para marcar un punto de inicio. Allá por agosto de 2019, meses antes de asumir la presidencia, el candidato Alberto Fernández disparaba: “Algún día Ercolini, Bonadio, Irurzun, Hornos y Geminiani van a tener que explicar las barrabasadas que escribieron para cumplir con el poder de turno”. Se refería a los jueces que habían procesado o intervenido en causas contra Cristina Kirchner y - además de sorprender con su cambio de opinión, poco tiempo antes él era crítico de la corrupción y la gestión de la ex presidenta- anticipaba lo que más tarde se consolidaría como un hábito de dudosa calidad y comprobable ineficacia para el discurso de un presidente: el de amenazar.

La lista es variopinta e ilustra que al momento de elegir el destinatario de su intimidación el presidente no es selectivo. Un veloz repaso incluye:

• Al surfer detenido en los primeros días de cuarentena: “Vemos a un idiota que se escapó de su casa y apareció en Ostende. Esas personas van a tener que explicar mucho”, aseguró entonces Fernández.

• También en marzo del año pasado apuntaba: “El sector alimenticio tiene que hacer una revisión de lo que pasa. No es posible que los precios suban. Voy a ser implacable”.

• Unas semanas después, y ante el aumento de la circulación de autos en la cuarentena, doblaba la apuesta: “Les aviso que a donde los encontremos, los detenemos y les vamos a sacar el auto. Porque si no entra con la razón, va a entrar por la fuerza”.

• El fallido caso Vicentín lo encontró en el mismo tono. “Si el juez dice que no a la propuesta del concurso, no tengo otro camino más que la expropiación”.

• Ante posibles despidos en plena pandemia, lanzó en Twitter: “Algunos miserables olvidan a quienes trabajan para ellos. A esos miserables les digo que no dejaré que lo hagan”.

• Tampoco se salvaron los supuestos especuladores con materiales de la construcción. En noviembre les advirtió que sería “inflexible” frente a la “nefasta actitud de acaparar bienes”, y que “caerá sobre ellos todo el peso de la ley de abastecimiento”.

• En el final de la cuarentena ni siquiera los gobernadores, muchos aliados, evitaron la advertencia severa: “Voy a estar controlando mucho más lo que pasa en cada provincia y voy a estar llamando la atención de los gobernadores…”.

• El anteúltimo capítulo llegó frente al posible rebrote de la pandemia: “Si el relajamiento sigue, las fuerzas de seguridad saldrán a la calle para disipar a la gente”.

• Finalmente, el último fin de semana reiteró la apelación, otra vez contra el campo y con la inflación como telón de fondo: “No estamos dispuestos a tolerarlo. Si no lo entienden, me obligan a resolver el problema”.

La repetición ilumina una singularidad. El riesgo de que el presidente caiga en un hábito discursivo que lejos de fortalecerlo, en su ineficacia lo debilite. La amenaza puede ser un recurso extremo, pero amenazar a uno por mes no aparece como lo más recomendable.

Pero lo más grave es que pone en la superficie a un Gobierno, y no sólo a un presidente, con síntomas graves de impotencia y de carencia de alternativas en la gestión. De hecho, la cuarentena se deshilachó en la imposibilidad de la gente de continuarla, Vicentín nunca fue expropiada y y la inflación ha sido sorda hasta ahora a las conminaciones presidenciales.
CLARIN

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