Cuando Alberto pierde un soldado, lo reemplaza Cristina

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La regla es inexorable. Sale Kreckler de Beijing y entra Sabino Vaca Narvaja, a las órdenes de la Vicepresidenta.


Fernando Gonzalez
Se ha ido transformando en una regla inexorable. Sucedió cuando hubo que buscar un nuevo director para la Anses porque un millón y medio de jubilados debieron hacer colas para cobrar en las puertas de los bancos en los días más bravos de la pandemia. Pasó cuando las tomas de tierras, casas y hasta bosques en la Patagonia dejaron en coma la política habitacional del Gobierno. Siempre que se busca un cambio para un funcionario de Alberto en crisis, Cristina tiene listo un candidato para reemplazarlo.

Un ministro lo cuenta en la Casa Rosada con una sonrisa, como si fuera una anécdota divertida. “A veces pienso que es mejor no cambiar nunca a nadie en el gabinete porque cuando se cae un soldado nuestro, ellos tienen tres para ofrecer en cada puesto”, explica con una resignación digna de Epicuro. Ellos, en el curioso dialecto albertista, siempre son Cristina, Máximo Kirchner o La Cámpora.

Aquel escándalo de la Anses eyectó del poder a Alejandro Vanoli, un funcionario de la confianza del Presidente. En su reemplazo, apareció sin demora el nombre de Fernanda Raverta, hija de Montoneros y con madre desaparecida, fundadora de la agrupación Hijos en Mar del Plata y quien ya había sido diputada provincial y nacional de la mano de La Cámpora. Alberto intentó construir una historia sobre cómo la había elegido él después de conocerla en la Anses marplatense pero nadie le abrió crédito. La sombra de Cristina empezaba a volverse más visible detrás de cada decisión.

Las cosas se desarrollaron con mucha más velocidad cuando renunció María Eugenia Bielsa al ministerio de Hábitat. Incluirla en el gabinete había sido una jugada fuerte del Presidente. Un guiño al peronismo santafesino y la apuesta a una dirigente que solía castigar duro a la corrupción. Un video de tiempos lejanos terminó de excomulgarla. La hermana del director técnico del Leeds United al que llaman “Loco” y del ex canciller de Néstor Kirchner, saltó a la riesgosa celebridad de la viralización con 24 palabras.

“Robamos, muchachos, robamos… Perdonenmé que lo diga así; robamos y no hay que robar en la política. La plata del pueblo no se toca…”. Bielsa dijo también en aquel video consagratorio que a Cristina la quería. Pero no fue suficiente. No le perdonaron que lo dijera así y fue expulsada del gabinete sin que nadie la defendiera. En su lugar, apareció el intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi, quizás el aliado más incondicional de Cristina en territorio bonaerense y pieza clave del proyecto político futuro de su hijo.

Y ahora, a pocos días del fin de año, es al embajador en China, Luis María Kreckler, a quien le suenan los tambores de salida. Venía confrontando a su jefe, el canciller Felipe Solá, quien aprovechó un pedido de licencia navideña del diplomático en medio de la negociación empantanada para obtener la vacuna china, para cobrarse los desplantes repetidos y anunciar su salida de la estratégica sede de Beijing. Kreckler es un viejo lobo de la diplomacia y mantenía buenas relaciones tanto con Alberto como con Cristina.

Pero el problema para el Presidente es el mismo de siempre. Quien va a reemplazar a Kreckler como hombre clave en la embajada china no es ningún funcionario con pasado albertista. El elegido es Sabino Vaca Narvaja, un politólogo que se desempeñaba como representante comercial para Beijing y con apellido de sonoridad setentista. Es el hijo del ex jefe montonero Fernando Vaca Narvaja y hermano de Camilo Vaca Narvaja, ex marido de Florencia Kirchner y padre de Helena, la nieta de Cristina. Además, fue director en el Senado, trabajando a las órdenes de la Vicepresidenta.

Tal vez, el Presidente diga que el futuro embajador en Beijing es uno de los suyos. Quizás no diga nada y se dedique a sobrellevar como pueda el desembarco de Cristina en las playas diplomáticas que tienen que ver con Rusia, con Venezuela, y ahora con China. La regla inexorable de la ocupación de espacios está bien lejos de detenerse.
CLARIN

 

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