Nuestra muerte absurda de cada día

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El asesino planeó una venganza a cuchillo en plena calle. Nada ni nadie se lo impidió.

Héctor Gambini

Blas tenía 20 años. Hace cuatro, cuando recién había cumplido los 16, estaba a cargo de sus hermanitos menores, solo en su casa de Monte Chingolo. Jugaba con ellos cuando entraron ladrones. Ya le había ocurrido antes. Tres veces por lo menos.

Esta vez fue a buscar un viejo revólver que había en un ropero. Le gritó a las sombras que se fueran, pero las sombras avanzaron. Miró hacia adelante, cerró los ojos y apretó el gatillo disparando hacia abajo. Las sombras desaparecieron.

Al otro día la Policía llegó para decir que un joven había sido baleado en esa casa y que luego había muerto en el hospital.

Blas nunca lo vio. La bala rebotó en el suelo y se incrustó en una pierna de uno de aquellos ladrones que huyeron tras el tiro.

La Justicia comprobó los dichos de Blas y el chico fue sobreseído por haber actuado en legítima defensa.

Pero no alcanzó. Ya estaba condenado en los márgenes de un tribunal sórdido.

Este sábado a la noche Blas acompañó a su novia hasta la parada del colectivo. Pocos minutos después aparecieron allí por lo menos tres jóvenes. Dos tenían cuchillos. Blas le gritó a su novia que corriera. La chica se quedó con él y se sacó la mochila. “Tomen, les damos todo”, les dijo a los ladrones.

Aunque al final se las llevaron igual, no querían las mochilas. Querían a Blas.

En la emboscada, uno de los atacantes se abalanzó y lo apuñaló en el pecho con toda su fuerza. Un tercero que se había acercado unos segundos después lo arengaba con entusiasmo ponzoñoso: “Dale, dale, matalo..., éste es el que mató a tu hermano”.

Blas cayó herido. Su novia gritaba por ayuda. Los atacantes -ya no sombras, sino rostros concretos en una esquina mal iluminada de Lanús Este- se fueron corriendo.

En el siguiente colectivo llegaba Roberto, el padre de Blas. Roberto anda a cuestas con una sonrisa gardeliana que contagia en su trabajo de 12 horas por día para criar a los tres varones “derechos”, como tiene que ser.

Un tipo común -que es nadie y es todos en el conurbano-, que cultiva afectos y se desloma para que a sus pibes no les falte nada.

Como siempre está trabajando, sus momentos de diversión son ahí, en el laburo: tiene un humor agudo, y a veces juega con sus compañeros gastronómicos a ver quién pela más rápido una bolsa entera de papas. Ahí pone a la destreza de los años del oficio, que es sustento y orgullo, contra el cronómetro.

Roberto baja del colectivo y ve el tumulto. Alguien lo reconoce. Lo llaman. “Vení que es Blas”. Roberto se abre paso y se abalanza sobre su hijo herido. Lo llama a gritos. “Soy yo, papá”, prueba, para que el chico abra los ojos. Le presiona el pecho para que vuelva. Trata de traerlo empujando hacia abajo con las palmas, con los dedos. El mundo se detiene. Ya no hay caso. Blas se va.

Alguien grita que uno de sus asesinos está allí nomás, a la vuelta. Lo conocen porque es del barrio. Un grupo corre. La Policía, ahora sí, llega primero y se lo lleva. Ahora está preso.

Tiene 18 años y es hermano de aquella sombra que había baleado Blas en 2016. Recién había salido del Instituto donde estaba detenido, también por robos. Planeó su locura inverosímil de Martín Fierro -una venganza matando en la calle, a cuchillo- y sin embargo la hizo real. Nada ni nadie se lo impidió.

En el velorio de Blas había fotos suyas en las paredes y una fila interminable de amigos que trataban de remendar con abrazos a su padre roto.

Alguien recordó que el Presidente prometió 4.000 paradas de colectivos seguras por todo el conurbano. Pasaron 100 días. No pusieron ni una. Tampoco cambian la lámpara mortecina de esa esquina de Monte Chingolo que estira las sombras y los miedos.

El municipio es macrista, la provincia kirchnerista y la nación es un acto en Olivos de promesas incumplidas. Otra vez.

El domingo, mientras Roberto preguntaba en una comisaría cuándo iban a entregarle el cuerpo de su hijo, el gobernador Kicillof pedía justicia en TV porque está embargado por la causa del dólar futuro y no puede vender su auto. Pedía justicia para él.

A un país también lo define su incapacidad repetida para evitar las muertes absurdas. Y, peor aún, su ceguera para no registrar por qué siguen ocurriendo cada día.
CLARIN

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