Mauricio era Macri y Fernández es Fernández

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Cristina eligió a Alberto para encabezar la fórmula, no para ejercer el poder: el Presidente se muestra siempre de acuerdo con su Vice y no al revés.


Pablo Vaca

El jugador avanza con pelota dominada. Elude al último defensor y encara solo hacia el arco. En eso, el volante central, que lo viene corriendo desde hace 30 metros, lo alcanza. Y de atrás le pega una patada, un hachazo criminal. El árbitro saca la roja sin dudarlo. La falta es más que grosera. Sin embargo, los compañeros del defensor rodean al referí. Le protestan el fallo, enojados. Arman un tumulto. Saben que no evitarán la expulsión (ni el Papa perdonaría esa patada) pero apuestan a otra cosa: condicionar al árbitro. A que el hombre, antes de sancionar otra falta, aunque sea igualmente grosera, piense si no estará siendo demasiado duro con ese equipo, si no estará inclinando la cancha.

Cualquiera que haya jugado un partido de fútbol con referí sabe que eso es lo que hay que hacer: protestarle siempre al árbitro. Sea un Boca-River o un encuentro de aficionados veteranos y panzones. Y eso es exactamente lo que hizo el kirchnerismo al salir a criticar la confirmación, por parte de la Corte, de que Amado Boudou es corrupto y que por ello debe estar en la cárcel. Boudou, lo saben todos, es indefendible. Pero hay que protestar para que la próxima vez la Corte lo piense dos veces. La próxima vez puede ser Cristina la que merezca la roja.

Por eso Parrilli, Larroque, Kicillof y tantos otros K hablan del exvice como si fuera un prohombre perseguido por los malvados del mundo entero (Boudou habló literalmente de “una cuestión global”). En medio del pelotón que alaba al ahora reo con condena firme, tan firme que 15 jueces coincidieron en condenarlo en diversas instancias, alguien destaca: Santiago Cafiero. Es decir, Alberto Fernández. Nuevamente, el Presidente da una muestra de lealtad a su vice, por más incómodo que le resulte el asunto.

Pese a algunos tímidos primeros intentos por mostrar diferencias, sobre todo al principio de la pandemia, cuando a él le iba muy bien en las encuestas y ella estaba en Cuba, todas y cada una de las acciones de estos 12 meses de gobierno refrendaron que, así como para Néstor Kirchner Mauricio era Macri, Fernández es Fernández: Alberto es Cristina. Y que, para parafrasear otra vez a Kirchner, con el Presidente no hay que fijarse en lo que dice sino en lo que hace. O en lo que dice después de que Cristina hace: pase lo que pase, al final Fernández estará de acuerdo con su vice.

Aunque en la Rosada se hable de “tensión” entre ellos como si fueran pares, los varios gestos de CFK para marcarle la cancha en público al Presidente (como desarmarle en una mañana la fórmula de aumento a los jubilados que al Gobierno le llevó varios meses parir) enseñan en verdad la molestia de la jefa con un subalterno. Cristina eligió a Alberto para encabezar la fórmula del Frente de Todos, no para ejercer el poder.

Desde aquel día de mayo de 2019, el hoy Presidente tiene una tarea primordial que cumplir en esa sociedad que se suele confundir con una coalición: cambiar lo que haya que cambiar en el Poder Judicial para que la Vice deje de tener problemas legales, varios de ellos muy serios. Hasta el momento, no ha cumplido. Al contrario, Cristina sumó adversidades, como la validación de la Ley del Arrepentido en la causa de los Cuadernos por parte de Casación. Allí, 31 testimonios invitan a creer, como lo creyó el juez Bonadio, que Cristina lideró una organización armada para quedarse sistemáticamente con generosas coimas.

Se entiende entonces su nerviosismo y su cada vez mayor falta de disimulo para dejar en claro quién manda. Aun cuando eso la lleve, como en el pasado, a una actitud por sobre todo confrontativa, lejos de la promesa de diálogo, justamente el gran aporte del Presidente al dúo.

Mientras, datos de horror se acumulan sin que se planifiquen soluciones duraderas para ninguno de ellos: 44% de pobres, jubilaciones de $19.000 por mes, chicos sin clases durante todo un año, 40.000 muertos por Covid y 50% de inflación esperada en 2021, entre otros. Un triste resultado para el primer cuarto del tercer período cristinista que padece, como los dos primeros, de una única abundancia: funcionarios que no funcionan.
CLARIN

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