Murió Maradona: cómo se gestó la primicia que conmovió al mundo

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El primer dato llegó con una enfermera desesperada, que repetía: “No puede ser... no... no...”.


Héctor Gambini
Murió. Así, a secas. Ni una palabra más, ni una menos. El mensaje del redactor Mariano Verrina llega al celular del jefe de Deportes del diario, Martín Voogd, a las 13.06. Cincuenta y ocho segundos después, la noticia está en la home de Clarín: Murió Diego Maradona. Enseguida: Conmoción mundial. Un rato después: Ya es leyenda.

Del huevo que rompe el cascarón -el primer dato acerca de que algo estaba mal con Maradona había llegado al jefe de Deportes 17 minutos antes- al ave que despliega sus alas y vuela al mundo transcurre un suspiro fugaz.

El viaje al corazón de una primicia tiene a veces un componente de azar y mucho de trabajo obsesivo, de previsión, de armado por si las moscas.

Los periodistas se preparan toda la vida para una primicia que puede no llegar nunca, o llegar a los cuatro años, a los dos meses o a los 17 minutos. La máquina debe mantenerse aceitada porque es lo único que se puede prever.

Lo demás es del destino.

Primero llegan dos ambulancias a la casa de Maradona en el barrio San Andrés de Tigre. Después sale una enfermera a la calle, mueve la cabeza de un lado a otro y repite, ensimismada: “No, no puede ser... no...no...”.

En simultáneo llega una ambulancia más, pero esta vez tocando la sirena.

Esos hechos son el primer dato. En el entorno de Maradona dicen que el jugador se descompensó y están tratando de reanimarlo. La situación es dramática. El editor Julio Chiappetta consigue otra fuente que confirma. El jefe de Último Momento, Juan Pablo Elverdin, escribe, el editor Pablo Blanco revisa y el portadista Facundo Chaves busca la foto y titula. Clarín publica que Maradona está grave. Son las 13.04.

Pero enseguida la primera fuente afirma que no hay caso, que murió. La segunda confirma que murió. El redactor escribe esa palabra así, a secas, el jefe de Deportes convalida las fuentes, Clarín publica y la noticia vuela. España, Italia, Estados Unidos, Brasil, Inglaterra, Israel, México.

Todo el vértigo se frena en seco: Maradona ha muerto.

Su nombre es un aleph borgeano de la argentinidad. El punto donde se concentran todos los puntos. La caja Maradona contiene y repele, cobija y expulsa, pero siempre les recuerda, a los argentinos que se asoman a ver, quiénes son. El odio y el amor, en la argentinidad más plena, son primos hermanos que a veces se hacen guiños. Como la política y el fútbol.

Es curioso, o no tanto. Cuando murió Perón -el mayor ícono de la política argentina en la era moderna- el diario Crónica hizo su tapa con la única palabra que ahora usó el redactor de Clarín para comunicarle a su jefe lo que había pasado con Maradona.

Murió, y todo lo demás sobra. Alguien lo dijo en Nápoles, en medio del terremoto atronador de repercusiones simultáneas, ya bandadas de aves voladoras en todos los sentidos planetarios posibles: “Nápoles llora, y punto”.

A la vida de leyenda le quedarán siempre retazos para seguir recortando. Rincones de celuloide inexplorado. ¿Es esto posible? ¿Cuántas veces vimos el segundo gol a los ingleses? Y sin embargo apareció algo distinto.

Lo dijo hace pocos meses el magnífico goleador inglés Gary Lineker, que estuvo en la cancha del Estadio Azteca aquella vez: “Lo increíble es que Maradona haya marcado ese gol en ese campo de juego. El terreno estaba reseco y duro por el calor. La pelota saltaba y era imposible controlarla bien”.

Ahora veamos de nuevo el gol más grande del mundo. Efectivamente, la pelota va dando saltitos. El empeine de Maradona la va acomodando con caricias fugaces. Mañana van a parecernos besos. Besos del empeine zurdo pero a la carrera y esquivando ingleses como si fueran pozos de Fiorito.

Es tan torpe decir que aquel triunfo del capitán de los rulos sueltos y el pecho inflado era la revancha de las Malvinas como inútil negar que miles de quienes lo vieron mientras estaba sucediendo, en tiempo real, contrajeron con Maradona una deuda emocional que venció al tiempo.

Su rostro de ícono usado en política -incluida su perseverante contradicción de apoyar dictaduras como si fueran gobiernos progresistas- lo metió en la grieta con la fuerza de un remolino y ahora acaso sea el que lleve su ataúd a la capilla ardiente en la Casa Rosada.

Su homenaje final en el templo del gobierno en lugar de un templo del fútbol no estará exento de la especulación política, pero tampoco será eterna.

Perdurarán la belleza de su arte universal y cierto halo heroico del hombre que se construye a sí mismo, como un David que se levanta cada mañana para embocar de nuevo la piedra salvadora en el ojo del gigante.
CLARIN

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