Alberto y Cristina corren la carrera de la vacuna rusa

IDENTIDAD CORRENTINA

La Vice la impulsó por vía diplomática. Y el Presidente habló con Putin para comprar las dosis.


Fernando Gonzalez
Todo se llama Sputnik en Rusia. Sputnik (algo así como "compañero de viaje" en ruso) se llamaron los tres satélites que la Unión Soviética lanzó al espacio en 1957 para no quedarse atrás en la carrera espacial con los Estados Unidos. Todo valía en esa batalla tecnológica que el comunismo le daba al capitalismo. Hasta enviar al cosmos a Laika, la primera perra que tripuló una nave espacial y que no pudo resistir el calor del regreso al atravesar la atmósfera. Pequeñas bajas de la guerra fría que el tiempo transformaría en postales del desatino.

La Rusia de Vladimir Putin arrastra, de todos modos, algunos reflejos incómodos del imperialismo zarista y del ilusionismo soviético. El personalismo en el poder; la necesidad de mantener el protagonismo en algunos conflictos bélicos de estos tiempos y de participar en los nuevos torneos de la aldea global. A nadie le sorprende entonces la presencia rusa en la competencia alocada por conseguir antes que nadie la ansiada vacuna contra el coronavirus.

La vacuna rusa no podía llamarse de otro modo que Sputnik V. Como para que no quedara ninguna duda del carácter geopolítico de la iniciativa. Compite con los proyectos de la Universidad de Oxford, que lleva adelante el laboratorio británico sueco AstraZeneca, con el del laboratorio estadounidense Pfizer junto a la compañía alemana BioNTech y con otros ocho intentos de vacuna contra el Covid. Cuatro de ellos son chinos. Hasta Donald Trump quería tenerla antes de las elecciones. Pero no lo logró y, visto el margen tan estrecho con el que le ganó Joe Biden, es posible que le hubiera servido como un argumento electoral decisivo para ser reelecto.

Toda una paradoja del destino para Trump que Pfizer haya anunciado el avance significativo de su vacuna justo un par de días de después de consumada la victoria de Biden en las elecciones. Las dos noticias, potenciadas, hicieron volar las acciones en Wall Street y en el resto de las bolsas mundiales. Como bien lo resumió el analista financiero Claudio Zuchovicki en su cuenta de Twitter. “Zoom baja 13%; American Airlines sube un 16%”. Una señal de confianza en medio de tantos contagios, tantas muertes y tanto pesimismo.

La Argentina, sin embargo, prefirió meterse de modo sigiloso en la órbita de la vacuna rusa. Alberto Fernández había anunciado con bombos y platillos el acuerdo con el proyecto de AstraZeneca, con la participación del laboratorio del empresario Hugo Sigman, pero algo sucedió para que la alternativa rusa pasara a ocupar el primer plano. El viaje secreto a Moscú de la viceministra de Salud, Carla Vizzotti, junto a la esposa del ministro bonaerense, Daniel Gollán, y a Mariana de Dios, una lobbysta de extrema confianza de Cristina Kirchner, cambió abruptamente la agenda del Gobierno. Todo por el impacto de un nuevo fetiche de la Vicepresidenta.

“No gobierna pero…, vacuna”, escribió Alicia Castro, siempre activa en las redes sociales. La frase estaba acompañada con la fotografía de un antiguo brindis entre Cristina y Putin. Y de otra imagen, pero de hace unos pocos días en el Senado, entre la Vicepresidenta y el embajador ruso en Buenos Aires, Dmitry Feoktistov. La azafata que resignó ser embajadora argentina en Moscú no renuncia a golpear en donde más duele. Y se ha convertido en una pesadilla pública para el canciller Felipe Solá.

La vacuna rusa es impulsada por el poderoso Fondo de Inversión Directa de Rusia (RDIF) y por el Centro de Investigación en Epidemiología y Microbiología N.F. Gamaleya, una entidad con antecedentes relevantes en el mundo científico. Pero no sucede lo mismo con el laboratorio argentino asociado al proyecto. Los ejecutivos de HLB Pharma, clausurado en 2018 en su sede de San Isidro por cuestiones de seguridad, confluyeron oportunamente en Moscú con las funcionarias argentinas. Y se atribuyen el rol de intermediarios entre el medicamento ruso y las compras que debe hacer el Estado argentino.

No extrañó entonces que, en esta misma semana, desde el fondo de inversión ruso se haya informado que irá a la provincia de Buenos Aires el primer millón de vacunas cuando se complete la fase 3 de las investigaciones. En esa operación HLB Pharma será el intermediario pero en las cuatro siguientes el acuerdo se concretaría sólo entre el estado ruso y el argentino. “Es que la interna de los laboratorios está mucho más áspera que la interna del peronismo bonaerense”, ilustra un dirigente que lo ha visto todo en cuestión de internas peligrosas.

Alberto Fernández habló el viernes pasado con Putin para saber más detalles de la vacuna que genera tantas intrigas. El premier ruso ya le había dicho a la agencia Reuters que esperaban tener a fin de años un millón y medio de vacunas, una cifra lejana a los 25 millones que ya anunció el Gobierno argentino. Fueron 33 minutos por videoconferencia y allí participaron también Axel Kicillof y el atento ministro Gollán. El Presidente ya ha dicho que no le importa “la ideología” de la vacuna pero se apuró a difundir que también comprará miles de dosis de AstraZeneca y las de Pfizer para alejar sospechas.

Fernández sorprendió al revelar que posee dos dosis que le obsequiaron los rusos aunque no se las aplicará hasta que lo hagan primero los trabajadores esenciales. Hombre precavido, el Presidente prefiere esperar hasta ver qué sucede con el experimento. Además de la disputa global por la vacuna, también se ha lanzado una carrera más pedestre en la Argentina entre los simpatizantes del kirchnerismo para ver quienes se animan a liderar las pruebas. Postales de un país que insiste en entregarse sonriente en los brazos de la improvisación.
CLARIN

0
0
0
s2sdefault
powered by social2s

Pinturería Todo Color

© 2017 - 2021 Todos los Derechos Reservados - Diseño: IN-CO-NE