Esta burocracia está agotada: solo desde la sociedad pueden y deben surgir ideas y proyectos que marquen un rumbo colectivo viable y nos devuelvan la esperanza

Por Julio Bárbaro

Nuestra debilidad de identidad nos vuelve vulnerables a todas las modas. Tan inseguros estamos de lo que somos que cualquier viento con brisas de modernidad nos seduce y deforma en exceso. Hubo un tiempo donde fuimos el reflejo de Europa, con sus virtudes y defectos, cuando muchos descendientes de aquellos barcos se encontraban identificados con aquel rumbo. Esto duró hasta la última dictadura, momento en que se inició el desmembramiento de nuestro sistema productivo y el proceso de endeudamiento sin contrapartida de inversión. Claro que la misma dictadura fue asesina en vidas mientras no se animó a destruir el Estado, proceso que concreta el gobierno de Menem regalando lo construido entre todos y disfrazando dicha entrega del patrimonio colectivo como una supuesta y bienvenida inversión, mayoritariamente extranjera. En la teoría de Menem, Cavallo y Dromi, todo robo sería travestido en inversión. Brasil, Chile y Uruguay son sociedades orgullosas y seguras de sí mismas, sus dictaduras fueron nacionalistas, las nuestras tan solo fueron vende patrias, razón que, agregada a su represión, las convierte en despreciables. Importa asumir que, si bien nadie reivindica su represión, son demasiados los que heredan su visión económica. Nosotros nunca dejamos de ser dos o más proyectos, la mayoría de las veces antagónicos. Normalmente de esa confrontación surge la sensación de fracaso y el fracaso como resultado.

La crisis debería obligarnos a entender el lugar de cada quien en este rompecabezas que desnuda nuestra realidad. No somos enemigos, solo adversarios, necesitamos aceptar al otro y definir juntos un modelo de sociedad, políticas de Estado que se diferencien en acentos, no más en rumbos y destinos. Hay patria cuando lo común compartido es anterior y más fuerte que aquello que nos separa. Ser primero argentino, luego peronista, radical, liberal o conservador. Somos democráticos y capitalistas, luego, debemos definir la estructura, sus regulaciones y limitaciones. El capitalismo no puede ser enemigo del Estado, tampoco que su concentración termine destruyendo a la clase media y al mismo trabajador.

La absurda idea de que el Estado es mal administrador y los privados son el bien terminó regalando empresas a supuestos inversores extranjeros que la mayoría de las veces solo necesitaron invertir en la corrupción del privatizador. El dogma era que el privado, el receptor del obsequio, nos iba a convertir en sociedad capitalista eficiente y exitosa. El empresario que en Roma me dijo “ahora se acabaron los bolsos para que voten y nace el país productivo” se equivocaba de persona: yo no voté privatizaciones y de resultado, nada sería más nefasto para la sociedad que pagar por lo que ya le pertenecía. Aquellos bolsos con dólares privados para privatizar, regalar las empresas, mancharon demasiadas conciencias, y hasta algunos, ayer militantes, terminaron enfermando en esa mutación de soñadores a corruptos. No son muchos los que soportan arriesgar la vida por un mundo mejor y terminar enriquecidos por la destrucción de lo heredado.

Imaginar que es lo mismo la concentración económica de supermercados, farmacias, bares y hasta quioscos, que es lo mismo pagar royalties por todo antes que sostener la propia identidad, creer que ese conflicto lo resuelven las leyes naturales del mercado, implica corrupción moral e ideológica y destruir lo poco de sociedad que nos queda. Si están enamorados de los Estados Unidos, podrían entender a Trump cuando les para el carro a los chinos o como cuando le explicó a Mauricio Macri que los que construían allá eran ellos. Cuando el mercado incita a la productividad, les sirve a todos; si solo expresa a intermediarios y lobistas y es más lo que sale que lo que ingresa, como en nuestra realidad, debemos rediseñar otro modelo económico, modelo que hace mucho que no funciona, al menos para los ciudadanos.

El Gobierno y la oposición parecieran surfear la crisis de la sociedad, este oscuro imperio de la desesperanza, sin rebeldías ni cuestionamientos. Es triste porque muestra que la burocracia vive en una realidad adonde no llegan los problemas cotidianos, los que lastiman a diario al pueblo mismo. Esta burocracia está agotada, solo desde la sociedad pueden y deben surgir ideas y proyectos que marquen un rumbo colectivo viable y nos devuelvan la esperanza. Un fracaso sin rebeldía desnuda una política sin futuro. Lo que hoy vivimos no tiene partido, y la angustia colectiva no tiene nombre. Lo que no supimos prever como visionarios lo vamos a tener que entender con una lamentable cuota de fracaso. Quizá ese sea el lugar en el cual se haya agotado la soberbia, y desde ya, sería un buen principio.
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