El Gobierno echa mano al viejo relato de que la divisa norteamericana es una extraña manía argentina que menosprecia al peso local.


Silvio Santamarina

Desesperado por la falta de un plan contra la inflación y el caos cambiario, Alberto Fernández invita a los argentinos a acostumbrarse a los pesos. Su jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, salió a reforzar la cruzada contra el billete estadounidense, pero su novela familiar peronista lo traicionó y se mandó un fallido televisivo a favor del ahorro dolarizado de los políticos, justo en el día del aniversario de la muerte de Sigmund Freud. Por su parte, la ministra de Desarrollo Territorial y Hábitat, María Eugenia Bielsa, en plena crisis por las tomas de terrenos, también se sumo al pensamiento mágico oficial sobre el hechizo de los billetes verde grisáceo: “No hay ninguna explicación para que el metro cuadrado de las viviendas esté cotizado en dólares”, afirmó Bielsa. Pero sí hay explicaciones. Y tanto si el Gobierno las conoce pero elige ocultarlas y tergiversarlas, como si realmente las desconoce y trata de huir de su desorientación con frases patrióticas recortadas de viejas colecciones de Billiken y Anteojito, el timón de la economía argentina parece apuntar hacia el iceberg de siempre.

Vayamos por parte, para desandar el camino de la confusión. En primer lugar, Bielsa da en el clavo cuando se refiere al precio del metro cuadrado dolarizado. Además de la divisa norteamericana, la otra unidad de medida preferida por los argentinos para invertir y ahorrar sus excedentes es el ladrillo. El problema es que, a pesar del efecto multiplicador de empleo, comercio y producción local que supone la construcción, cuando el negocio de real estate es una de las pocas inversiones viables en un país para canalizar el dinero sobrante, entonces se arma una burbuja que pronto termina explotando o desinflándose, lo cual revierte los beneficios que pudo haber generado en la economía. Dólar y ladrillo son dos caras de una misma moneda, que tiene algo de especulación y algo de refugio de valor, en un país sin reglas de juego. Y aunque la ministra señale que los insumos de esta industria son nacionales, lo cierto es que muchos no lo son, y varios productos made in Argentina está atados igualmente al dólar por una cuestión de estabilidad ante los vaivenes inflacionarios.

En cuanto a los terrenos, sucede algo similar, ya que están atados a una turbulenta economía que, cuando se empieza hablar de grandes números y de mediano y largo plazo, solo da certezas si se la traduce en moneda extranjera y fuerte. Incluso pensando en las tomas de terrenos y la problemática habitacional que hay detrás, aquí tampoco la dolarización es una manía caprichosa de los argentinos, sino un vicio de la política. En general, las tomas se realizan sobre tierras que ya están valorizadas (por lo tanto, dolarizadas), por integrar áreas metropolitanas o aledañas a grandes centros urbanos. Cuando se habla de una política de asignación de tierras, nunca se dice que muchos casos de éxito en otras latitudes tienen que ver con la entrega estatal de posesiones en zonas deshabitadas, casi vírgenes, donde el ocupante subsidiado ofrece como contraprestación su rol de colono, cuyo esfuerzo de largo plazo terminará contribuyendo a valorizar territorios que, al momento de su ocupación, casi no cotizaban. Pero esa clase de contraprestación queda muy lejos del clientelismo político exprés y del negocio de los punteros aprendices de broker inmobiliario. No hace falta ser economista para entender esto que dice no entender la ministra Bielsa, porque en realidad no se trata tanto de economía sino de política social pura y dura.

La dolarmanía argentina es un invento de la dictadura y del neoliberalismo, pero también del peronismo. De hecho, la gran escalada de las preferencias del argentino de a pie por la divisa estadounidense arranca con la gran implosión de la moneda nacional durante el peronismo de Isabel al frente del Ejecutivo, tuvo su paroxismo con la convertibilidad menemista, enloqueció con las promesas cambiarias incumplibles del interinato duhaldista, y tuvo una fuerte sobredosis mientras duró el “viento de cola” en la década kirchnerista. Ahora, cuando Alberto y Cristina Fernández no saben cómo salir de la trampa de restricción externa de divisas, heredada del megaendeudamiento macrista, el Presidente vuelve a la vieja “sarasa” que ya había intentado la propaganda K cuando la Jefa era una Presidenta que se estaba quedando sin dólares para seguir gobernando. Esa sarasa (mucho más dañina que la del inocente ministro Guzmán) consiste en convertir al dólar en el nuevo enemigo que intoxica las mentes adictas de millones de argentinos. Nada se discute de las causas profundas de esa tendencia monetaria nacional, que casualmente alarma a los gobiernos solo cuando faltan dólares en el Banco Central: mientras sobran las reservas, no hay gobierno argentino que no se entregue a la fiesta irresponsable y fantasiosa de gozar de la aparente (y fugaz) fortaleza y poder de compra del peso nacional. Así se ganan elecciones mientras se derrocha el futuro.

A esta anomalía cambiaria se le suma, encima, la anormalidad pandémica, que parece justificar cualquier mala praxis de gestión económica con la excusa de “salvar vidas” y con la autocomplaciente verificación de que el caos monetario es de alcance planetario. Es cierto que en todo el mundo se está imprimiendo a lo pavote. Pero no es lo mismo inundar la plaza de dólares o euros que de pesos, como bien señalaba CFK en sus cadenas nacionales cuando se quejaba de la ventaja que tenía la Casa Blanca al poseer la maquinita de hacer verdes. A diferencia de los pesos, las monedas globales hacen un recorrido mucho más largo y productivo por el circuito internacional, antes de volver a sus casas matrices a devengar su valor prometido. En cambio, ¿quién quiere nuestros pesos? Ni nosotros mismos. Por eso, aunque haya teorías que demuestren lo contrario, es muy difícil que mucha emisión de pesos no genere más inflación.

Hay un ejemplo ilustrativo, aunque políticamente incorrecto, que el peronismo progresista escondería en el mismo lugar del inconsciente donde guarda los bolsos de López, los contadores de dólares de Báez y los millones de verdes en las cajas de seguridad de la familia Kirchner: los inmigrantes que trabajan en Estados Unidos y Europa para enviar remesas a sus familias en el exterior buscan dólares y euros, pero los trabajadores que vienen de países vecinos a la Argentina, ¿ahorran pesos argentinos para mandar a sus hogares de origen? Y en el otro extremo socioeconómico, ¿qué pasa en el verano uruguayo con los turistas argentinos? ¿Son preferidos los pesos argentinos, o se los penaliza con un descuento brutal de su cotización cuando no se paga en dólares o en uruguayos? O sea que los extranjeros también sufren esa extraña enfermedad de menospreciar los pesos argentinos de la que se queja el kirchnerismo, como si fuera un malestar en la cultura doméstica, y no un problema estructural de la economía argentina, percibida por todos como un sistema en decadencia crónica de solvencia y productividad.
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