En 1974, cuatro años después de su asesinato, la organización armada robó su cuerpo del cementerio de la Recoleta. Querían usarlo para negociar: la idea era repatriar el de Evita.


Juan Luis González

El martes 15 de octubre de 1974, poco antes de las 5.30 de la tarde, el guerrillero y poeta Francisco “Paco” Urondo, acompañado por otros cinco montoneros, entraron de incógnito al cementerio de la Recoleta. Al único policía que trabajaba de guardia lo habían hecho caer en una elaborada trampa, que consistía en un largo cortejo por parte de una montonera encubierta que había acordado una cita romántica para aquél día. Así tomaba forma el operativo por el cual se dio el secuestro del cadáver de Pedro Eugenio Aramburu, el militar que había participado del golpe de Estado a Perón y que cuatro años antes había sido asesinado por Montoneros, en lo que fue su debut como organización armada.

El relato surge del recién estrenado libro de María O’Donnell, “Aramburu”, de Editorial Planeta. En el segundo capítulo del libro la periodista reconstruye el segundo secuestro de Aramburu, con el que los montoneros planeaban presionar al gobierno de Perón para repatriar el cuerpo de Evita.

El guardia que había sido cortejado por una montonera de encubierto se encontró con una sorpresa aquel día, cuando estaba esperando terminar su horario para tener una cita: su pretendiente había llegado acompañada por un grupo de hombres armados que lo redujo. Uno de ellos le gritó: “¿Así que te querías garchar a nuestra compañera, pelotudo? Ahora te vas a hacer bien la puñeta”.

Dirigía el grupo encargado de la vigilancia Roberto Ahumada, famoso entre sus compañeros por haber inventado explosivos ingeniosos como las pelotas de ping-pong rellenas de clorhidrato de potasio y ácido sulfúrico, que se rompían al impactar y liberaban una bola de fuego. Como refuerzo de Beto, una pareja —del equipo de contención— recorría el perímetro: caminaba con un cochecito que en el asiento del bebé escondía una ametralladora, vigilada a su vez por otra pareja que paseaba un perro. Cada grupo tenía walkie talkies y reportaba al equipo de comunicación, que para coordinar el operativo había montado una oficina en un departamento a cinco cuadras. El de logística, le brindaba apoyo: había interceptado en banda modulada la radio de la policía.

Adentro estaba el comando escondido que lideraba Urundo, que esperaba la señal para avanzar, que escuchó que la pareja que recorría la vereda del cementerio gritó “¡Atención! Se acercan patrulleros”. Dos autos de la policía y una ambulancia avanzaban por la calle Junín. El equipo de logística escuchó que se había denunciado un suicidio en la zona y el de comunicación ordenó a todos permanecer quietos hasta nuevo aviso. En otro departamento, con vista al cementerio, Rodolfo Walsh observaba la escena desde un balcón. Nadie había dañado la reputación de Aramburu tanto como Walsh. El periodista había sido el primero en revelar, en una serie de artículos que dieron origen a su libro “Operación masacre”, que en 1956 Aramburu no solo había ordenado ejecutar al general Juan José Valle, quien encabezó un levantamiento contra los militares golpistas, sino que además había consentido el fusilamiento clandestino de civiles, que causó cinco víctimas. Walsh y Urondo eran buenos amigos: tenían prestigio intelectual y se respetaban. Ninguno buscaba la aprobación de los jóvenes que dirigían Montoneros, aunque Walsh, que venía de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), la obtenía más que Urondo: lo veían menos bohemio, más respetuoso de las jerarquías, con una obsesión por los datos de gran utilidad para el Servicio de Información, la inteligencia de la organización. A pedido del poeta, Walsh había relevado el terreno para identificar los puntos fuertes y débiles en la seguridad del cementerio y se había ofrecido a cooperar desde un puesto de vigilancia en altura.

Al cabo de una hora, cuando la oscuridad ya era total, el equipo de comunicación avisó que los policías ya habían despejado la zona y los atacantes escondidos, con linternas para alumbrar el camino, se dirigieron por fin a la bóveda de la familia Aramburu. En la calle principal del cementerio, Urondo se detuvo delante de un cubo de piedra tallada. Con una pinza forzó la cerradura, corrió un pestillo, levantó una y después otra de las tapas metálicas, decoradas con una cruz, para abrir una suerte de ventana en el techo de la bóveda. Corrió una pequeña puerta y con una linterna bajó las escalinatas que conducían a un subsuelo. El féretro de madera de cedro pulido a mano no había perdido el brillo. Tenía puntas redondeadas, herrajes de bronce, una chapa tallada «Pedro Eugenio Aramburu», una cerradura, la imagen de Cristo y ocho manijas, cuatro a cada lado: características distintivas del modelo presidencial, el más costoso entre los que ofrecían las funerarias. Tanto lujo afectaba el peso: entre noventa y cien kilos. Un detalle en el que nadie había reparado durante la planificación. El equipo de ataque no contaba con las herramientas necesariias para sacarlo a la superficie: debían elevarlo en diagonal, sobre la inclinación de la escalera, y se les resbalaba. “¡La puta madre, pesa una barbaridad! Se nos va a caer”. Urondo violó su propia orden de moverse sin pronunciar palabra para respetar el silencio que a esa hora dominaba el espacio. Por más fuerza que hicieran, no lograban extraerlo del hueco que lo contenía. Encontraron por ahí una soga con un torno, herramientas que usaban los cuidadores, y tras un largo forcejeo, lograron sacarlo. Lo subieron a una carretilla y lo arrastraron hasta el depósito de flores, la vía de escape que habían encontrado con mucho esfuerzo. Nunca habían considerado la posibilidad de salir por la puerta principal: después de la seis de la tarde, cualquier movimiento inusual hubiese llamado la atención de ese calmo vecindario. Durante meses la falta de salida amenazó con ser un obstáculo insuperable. Hasta que descubrieron un hueco en el exterior del muro de ladrillo que rodeaba al cementerio, sobre la calle Vicente López, perpendicular a Junín, a dos metros del nivel del piso. Daba a un depósito donde los cuidadores apilaban las flores y las coronas marchitas. Un camión de basura las recogía dos veces por semana sin ingresar al cementerio: el chofer encajaba la culata contra el muro y los recolectores le tiraban la carga desde adentro. Ellos harían lo mismo.

En el depósito todavía los esperaba otro imprevisto: estaba vacío. Urondo y otros tomaron unas carretillas y salieron de apuro a recolectar coronas y ramos entre las bóvedas. Cerca de la medianoche, bastante más tarde de lo previsto, el equipo de contención recibió el mensaje de hacer la seña convenida al chofer que aguardaba en la vereda, al volante de un camión de basura que habían robado pocos días antes. Tres militantes vestidos como recolectores cubrieron el ataúd con las flores para que no quedara a la vista y el camión arrancó. Cuatro autos de apoyo, tres estacionados en Vicente López y uno en Azcuénaga, con una pareja cada uno, lo siguieron. Antes de salir caminando por la puerta principal, bajo la lluvia y con el policía y el empleado administrativo aún amordazados, uno de los últimos comandos en irse firmó con aerosol negro la autoría del robo: «Montoneros».
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