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Hoy se cumplen 35 años desde que se anunció al mundo el descubrimiento del VIH. Verónica fue de las primeras en recibir el diagnóstico. Le dieron 5 años de vida pero tuvo tres hijos, se recibió de Socióloga y hoy ya tiene una nieta


Por Gisele Sousa Dias
Verónica estaba embarazada de 7 meses cuando se encontró, por casualidad, con una amiga que hacía tiempo no veía. Las dos habían sido usuarias de drogas inyectables y, aunque ya no lo eran, habían compartido jeringas más de una vez. Era 1987 y esa "peste" llamada SIDA ya no era sólo un fantasma: su amiga, que también estaba embarazada, le contó que estaba infectada. Su marido también había dado positivo.

Verónica fue con su mamá a hacerse el test al Hospital de Clínicas. El 8 de agosto de 1987 le dictaron lo que, en aquel entonces, era una sentencia de muerte: tenía VIH. Había cumplido 22 años cuando estimaron el pronóstico: como mucho, podía vivir 5 años más, nadie podía predecir en qué condiciones.

Verónica y su amiga terminaron pariendo con un día de diferencia en una sala aislada del mismo hospital. Era todo nuevo, todo daba pánico: hasta que ellas llegaron había nacido allí sólo un bebé de una mujer con VIH. La sala -recuerda ahora, mientras recupera calor con café en un bar de Avenida de mayo- tenía un cartel en la puerta: "Prohibido pasar, material contaminado". Lía, la hija de Verónica, nació sin el virus. Fermín, el hijo de su amiga, nació con el virus y murió a los 2 años de vida. El marido también murió, un año después.

"Cuando supe que mi hija estaba sana sentí una felicidad muy grande pero igual yo sabía que me iba a morir y que ella se iba a quedar sin mamá. Así que le escribí tres cartas: una para que se la leyeran cuando estuviera en jardín, otra para que se la dieran cuando cumpliera los 15 y la tercera para cuando tuviera a su primer hijo", cuenta Verónica Russo a Infobae.

Hoy se cumplen 35 años desde que se anunció al mundo el descubrimiento del VIH. Es probable que Verónica haya estado entre las primeras personas diagnosticadas en Argentina: en agosto se cumplirán 31 años del día en que se enteró. Tiene 53 años, eso significa que lleva más tiempo de vida con el virus que sin él. Nadie, en aquel momento, esperaba que algunos sobrevivieran por eso hoy le emociona tanto haber llegado a ser abuela.

Su historia
"Nosotros nos movíamos al borde del abismo, no teníamos información. Mi mamá trabajaba en una farmacia así que yo tenía acceso a jeringas. Ya desde los 70 'picarse' era un práctica de consumo, no sólo cocaína sino sal de anfetas, que en esa época había y mucha. Tampoco había una construcción del uso del preservativo, a mí en el colegio me habían dado una charla sobre toallitas femeninas, nada más", arranca.

Tenía 21 años cuando decidió dejar de inyectarse para estudiar y tener hijos. Volvió a la casa de su madre con un brazo infectado y le pidió que no la dejara salir para no tentarse. Enseguida conoció al padre de su hija, que no había consumido nunca, se casó y quedó embarazada de Lía Belén.

"Ya en el 86 empecé a saber de algunas personas que se habían contagiado de SIDA y se morían en las salas de lo sidosos. Digo SIDA y contagiar, que eran las palabras que se usaban en aquel momento", aclara. Hoy se sabe que el VIH no se contagia sino que se transmite por el contacto con fluidos o por mucosas o heridas abiertas. VIH y SIDA no son lo mismo: se llama SIDA a una etapa avanzada de la infección que aparece por la deficiencia del sistema inmune.

La mirada del afuera era de horror: "Éramos los sidosos, los peligrosos. Si eras mujer, o eras falopera o eras puta. Siempre así. El 'algo habrán hecho' estaba más vigente que nunca, estabas recibiendo tu castigo". Hoy nos siguen viendo así. Cuando develo mi diagnóstico puedo leer el impacto en las caras de los demás", se lamenta.

Pasaron 35 años pero el estigma quedó, confirma Mar Lucas, Directora de Programas de Fundación Huésped. "No hemos logrado romper con ese prejuicio. El VIH sigue generando rechazo y asco, no hay ninguna otra condición de salud que provoque un prejuicio así. Las personas que hoy reciben el diagnóstico siguen sintiendo ese peso: '¿Qué van a imaginar que soy? ¿qué van a creer que he hecho?'".

La historia de Verónica sirve de ejemplo: en aquel momento, además de VIH le diagnosticaron hepatitis C, que también se transmite por contacto con la sangre, y en menor medida por vía sexual. Sin embargo, una cargaba con el estigma, la otra no.

En la sala de aquel hospital, además del cartel, dibujaron un punto rojo en la cuna de su hija y en cada receta que le hicieron. También la cama de Verónica estaba marcada con un sticker redondo, el famoso "botón rojo". "Nadie tomaba un mate con vos, nadie iba a tu casa, los amigos empezaban a desaparecer". Aunque Verónica llevaba una buena calidad de vida, le dijo a su entonces marido que "lo liberaba". El hombre dijo no.

En 1990, cuando tuvo a su segundo hijo, la situación no había cambiado: "Como estaba aislada todos se enteraron que tenía VIH, ni las enfermeras me venían a ver. Fue muy traumático". Con el tiempo se separó y empezó a estudiar. Primero se recibió de técnica en prevención de adicciones y luego de Socióloga en la Universidad Nacional de Lomas.

En el 98 nació su tercer hijo. "En los hospitales de niños empecé a ver que se morían los chicos o se morían las madres, y los chicos quedaban huérfanos. Después llegó la crisis de 2001, faltaban los medicamentos y yo empecé a preocuparme por ellos. En 2003 viajé a África, vi lo que estaba pasando y dije 'yo no quiero esto para nosotros'". Hoy Verónica coordina el "área de VIH sin Discriminación" del INADI y, pese a los años de militancia, cuenta tres escenas que la hacen llorar.

Una vez en la que unas compañeras del colegio de su hija fueron a hacer un trabajo práctico a su casa. "Una de ellas la agarró después en una esquina: 'Tu mamá tiene SIDA, nos pusiste en riesgo a todas al traernos a tu casa". La otra fue cuando uno de sus hijos estaba por empezar una relación. Alguien le advirtió a la chica: "Ojo con él porque la mamá tiene SIDA". La tercera fue hace poco, cuando entró a la menopausia y fue a hacerse estudios.

"Éramos un montón de mujeres en la sala de espera y yo había llegado cuarta: pasaron 13 y a mí no me llamaban. Cuando pregunté me dijeron que por mi situación especial me iban a atender última. Me enojé mucho: ¿qué situación especial, si tienen que usar material descartable para todas? ¿para qué te lo dije? Después me volví a sentar y me puse a llorar. Es así como obligan a las personas a creer que tienen que ocultarlo: yo me quedé pero tal vez una chica más joven se va y queda sin tratamiento".

No son los más jóvenes, sin embargo, la población que más preocupa a los expertos. "Está aumentando la prevalencia de VIH en mayores de 60 años", explica Lucas. "Es una generación que no tiene el uso del preservativo incorporado, mucho menos al no tener miedo un embarazo. Es muy difícil que una mujer de 60 lleve preservativos en la cartera y la dificultad para mantener una erección es una excusa mayor para los hombres. Además, en los espacios de salud hay una mirada asexuada de ellos: como creen que ya no tienen sexo, no les preguntan cómo se cuidan. No hay medidas de prevención enfocadas a adultos mayores, no son target de ninguna campaña".

Según un estudio que hicieron Fundación Huésped y la secretaría de Tercera Edad del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat del gobierno de la Ciudad, sólo 2 de cada 10 adultos mayores usaron preservativo en su última relación sexual. Sin embargo, el 70% nunca se hizo un test de VIH. El desconocimiento de las personas de entre 50 y 90 años es enorme: 6 de cada 10 contestaron que no compartirían un vaso con una persona con VIH.

Fueron los avances biomédicos, sumados al consenso mundial para invertir en investigación sobre la epidemia y el trabajo de los activistas lo que permitieron quemar aquellas sentencias de muerte.

Hace un año, cuando Emma nació, Verónica y su hija leyeron juntas la última de las tres cartas que le había escrito hace 30 años, cuando creyó que no iba a verla ni arrancar la primaria. La carta, pensada para el día en que su hija se convirtiera en madre, decía: "Sé que vas a ser una gran mamá, y aunque yo no esté, siempre voy a estar hablándote al oído". Hace frío pero Verónica, emocionada, se arremanga. Lleva el nombre de su nieta tatuado en el antebrazo. "Emma, linda infinita", lee, y lo recorre con el dedo.
INFOBAE






Sábado, Junio 23, 2018
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