Escucha en vivo

Ha sido portada de Vogue e imagen de Sigrún Lilja Guðjónsdóttir, pero antes superó un intento de suicidio a causa del abuso que sufrió en la infancia y otros episodios en los que también sintió morirse.

Cuando María Jiménez Pacífico tenía unos 11 años, una compañera del colegio la invitó a su casa, obligada, dice, porque la mamá de la niña era amiga de la suya. Para poder jugar con ella tuvo que sumergirse en una alberca de agua estancada abandonada en el jardín de la vivienda de Plato, un caliente pueblo alejado en el departamento del Magdalena. Ese día, decidió suicidarse. Aunque no sería la única, ni última vez que sentiría morirse.

Esa tarde, al llegar a su casa, el rostro de su mamá se descompuso al verla toda sucia y maloliente. Luego de bañarse tomó un frasco, quién sabe de qué, y se tomó de rapidez todas las pastillas que contenía. No recuerda en qué momento su madre entra en la habitación, la toma en brazos y la lleva a urgencias. Las mamás siempre saben, y "ella sabía que me hacían bullying en el colegio, que sufría mucho por eso".

La voz de María no suena a lástima. Todo lo contrario, se maneja con una seguridad mayor a la de quien jamás ha pasado por un mínimo tormento. Tiempo después sabría que las curvas que la afligieron al punto de intentar quitarse la vida la llevarían a pasarelas internacionales, poniendo su rostro frente a los lentes de los fotógrafos más reconocidos y su cuerpo voluptuoso como imagen de diseñadoras famosas y marcas importantes de moda.

El matoneo

Desde muy pequeña sintió las miradas de reojo que la señalaban sin apuntarla con el dedo. Era una niña más grande que las de su edad, y también más rellenita. "Me ponían pruebas constantes para burlarse de mí, yo creía que haciéndolas me iban a aceptar. Llegaba a la casa llorando casi todos los días porque pensaba que tenía nariz de cerdo", cuenta ya sin amarguras.
Así pasaron 10 largos años. "Fue una etapa muy fuerte y solitaria". Pasó más tiempo en el consultorio del psicólogo que en el salón de clases. Aunque nunca perdió un solo examen. El estudio era su escape, su manera de soñar otra vida.

Como todas las que nacieron en los 90 -o casi llegando a ellos, como María, que es del 89-, padeció el estereotipo del 90-60-90, las supuestas medidas perfectas. Se quería ver esbelta a toda costa. Entonces, sin darse cuenta, se volvió bulímica. Vomitaba todo lo que consumía, hasta que llegó a ser una poco saludable -para su edad y contextura- talla 8.

"La gente cree que un niño no puede pensar en suicidarse, y sí que puede. Yo lo pensé porque me sentía sola, por eso el apoyo de mis padres fue primordial en mi recuperación. Quienes te acosan quieren destruirte para reflejar en ti sus propias inseguridades. Cuando entendí que mi cuerpo también es bello, me dije a mí misma que los únicos límites me los pondría yo", expresa tajante. Y no deja de recalcar que no guarda rencor, que para salir adelante perdonó.

Pero eso no lo logró sino hasta que dejó Colombia para atravesar medio mundo hasta asentarse en la subpolar Reykjavík, capital de Islandia, a 7 horas de calendario más que en su país, 7.805 kilómetros aproximados en línea aérea. "Muy lejos, y muy distinto". Allá la llevó su mamá, donde vivía el esposo y su actual padrastro.

Islandia.

Llegó a los 15 años a tratamiento con el psicólogo y a aprender islandés. A adaptarse al clima de -1°, después de pasar por los 37° de Plato. Fue después de unos pocos meses que ingresó a la escuela. Y creyó conocer el terror cuando le avisaron que después de las clases de natación todas las niñas se bañaban juntas en duchas abiertas.

"Imagínate", se ríe, y continúa, "yo que sufría con mi cuerpo, pasar de ser juzgada a bañarme desnuda frente a unas 20 niñas era impensable. Hasta le dije a la profesora que tenía una enfermedad en la piel que no me permitía meterme en la piscina", recuerda ahora con picardía.

La cosa no fue tan traumática como pensó. Mientras ella se bañaba nadie la miraba, era como si no existiera. Y esas extrañezas que sintió cuando pasaba por el pasillo hacia su locker sin escuchar insultos o cuando acertaba en la pizarra y le aplaudían, se convirtieron en su cotidianidad.

"Como estábamos en plena época de preadolescencia, los niños ya se empezaban a gustar entre sí. Yo nunca quise pensar en eso porque me consideraba fea. Por eso me sorprendía con todos los muchachos que atraía", cuenta. Los 1,74 metros de estatura, la piel bronceada y el cabello de ondas castañas eran toda una novedad en un país nórdico de mujeres pálidas, rubias y ojos claros.

Ahora tenía amigas de verdad, que no la rechazaron nunca. "Allá no existe esa estética violenta que se manejaba en Colombia. Veía a niñas más gorditas que yo caminar con una seguridad y orgullo que no conocía, eso fue un gran choque. Decía "si ellas pueden, yo también". Y así lo hizo.

Pronto se vio tan bella, que los halagos que recibía en las fotos que subía a redes sociales la motivaron a ingresar a una academia de modelaje. "El día que amé mis curvas encontré la libertad. Antes ni sabía qué era eso. Estaba atrapada en mi propio cuerpo, mi cuerpo era mi prisión, como lo es para muchas mujeres hoy en día".

El modelaje.

Para ese momento ya publicaba sus fotos sin tapujos. Pero el salto de la agencia a las pasarelas pasó luego de que Arnold Bjornsson, el fotógrafo de las reinas de belleza de Islandia, posara su lente frente a ella. "Me vio en redes y me contactó, quería hacerme un portafolio profesional. Lo envió a la mejor agencia de modelos de Islandia, a los tres días firmaba contrato con Nude Magazine".

En menos de dos meses ya tenía la agenda llena. Zara Islandia, que incursionaba en la moda plus size, la convirtió en su imagen de campaña. Apareció en las vallas publicitarias del país entero y en los afiches de todas las tiendas. Así le pasó con otras marcas importantes de la industria como Dorothy Perkins, Lindex, Topshop y Vero Moda, que le confiaron lucir sus prendas.

Pronto su rostro se volvía tan reconocido que desafiaba todos los estándares de belleza europeos. Fue tan cotizada que llegó a ser la imagen de diseñadoras mundialmente famosas como la inglesa Karen Millen y la islandesa Sigrún Lilja Guðjónsdóttir, cuyos diseños han vestido a artistas de Hollywood como Eva Longoria y Anne Hathaway.

María Jiménez Pacífico ha sido portada de las principales revistas de moda más importante de Islandia y Escandinavia, como Vikan. Desfiló en el Copenhagen Fashion Week, apareció en las páginas de Plus Model Magazine y posó desnuda para la revista Vogue Italia.

"Celebro todos los días la decisión que tomé de quererme y aceptarme como soy. Luché incansablemente por tantos años en contra de esas llamadas imperfecciones y cánones de belleza establecidos por nuestra sociedad. Hoy miro hacia ese pasado turbulento y agradezco las experiencias que me convirtieron en una mujer indestructible", expresa.

Antes de llegar a ese punto de satisfacción y convertirse en la modelo colombiana de talla grande con mayor reconocimiento internacional tendría que enfrentar otros males luego del bullying, que también la pondrían al límite de la muerte, porque "una violación es casi como morir".

Las violaciones

En 2008, María estaba apenas encontrando la identidad que el bullying le arrebató sin siquiera conocerla. Comenzaban sus primeras poses en las pasarelas de ensayo y error de la escuela de modelaje. Y también su mayoría de edad.

Una noche asistió a una fiesta en casa de unos amigos de confianza. Con algunos tragos por delante, sin estar embriagada, el anfitrión le ofreció llevarla de regreso. "Supuestamente para cuidarme. Íbamos caminando cuando, de repente, me tiró hacia un jardín y abusó de mí. Nunca me preguntó nada. Y todo sucedió tan rápido que me quedé estupefacta".

Era unos cinco años mayor que ella, y su amigo. No fueron esas las razones, pero en ese momento no lo entendía como una violación, o prefería no hacerlo. Se sentía rara, llegó a llorar a su cama aquella noche, y la recuerda con algo de repulsión. "No fue normal, pero preferí no decir nada, quizás por miedo. Y es la peor decisión que una mujer puede tomar, hay que hablar, pero esa vez no lo vi tan claro", admite.

Unos años más tarde la historia se repitió. Era día de fiesta en Reikiavik y su rostro ya lo tenían fichado algunas marcas importantes de moda. Así que decidió ir con su mejor amiga al club más popular de la ciudad, al que iban todos los famosos. Dentro, un hombre le ofreció un trago, lo aceptó porque su cara era familiar, salía en las noticias opinando sobre temas jurídicos.

"Cuando hablaba con el abogado mi amiga me dice que tiene un cumpleaños, yo le dije que me quedaba. No recuerdo mucho más después de tomarme una copa de champán a la que le pusieron una droga sin darme cuenta. Despierto y encima mío está un hombre que en mi vida había visto, en una habitación completamente desconocida", narra.

El hombre la estaba violando, mientras ella se desmayaba y recuperaba la conciencia de a ratos. No podía mover su cuerpo por los efectos del narcótico.

"Cuando me desperté y pude moverme, él estaba dormido. Aproveché que tenía el computador encendido y su cuenta de Facebook abierta, me agregué para saber quién era. Luego le rogué que me llevara a mi casa, porque todavía me sentía dopada, confundida. Me esperaba en la puerta mi padrastro, cuando él lo vio me soltó en el piso y salió corriendo al carro, manejando como un demonio", narra.

En esta ocasión, el silencio no fue una opción. Sus padres la llevaron a las autoridades, donde le realizaron exámenes médicos que todavía la perturban, que prefiere ni mencionar. Así confirmó la violación y la narcotizada. La Policía encontró en el apartamento del agresor las pruebas de lo que María les había contado.

Comenzó un proceso judicial "agotador". En el que los abogados del violador alegaron pérdida de memoria para zafarlo de su responsabilidad. "En Islandia está uno los índices más altos de consumo de alcohol del mundo. Dijeron que tuvo un accidente borracho donde quedó incapacitado, que no se acordaba de nada. Y quedó en libertad".

Fue una derrota, pero de una batalla, porque en la guerra sigue en lucha. "Si me derrumbo ellos ganan, y yo no soy de las que pierde. La vida me enseñó, a los golpes, que soy una mujer indestructible, como todas, solo que algunas aun no se dan cuenta", sentencia.

A María Jiménez Pacífico, que vive ahora entre Islandia, Italia y Holanda por los negocios que tiene con su novio Raffaele Manna, la vida, al final, siempre le ha sonreído. Eso piensa ella con la mayor certeza de saberse en la cima a la que siempre se ha propuesto llegar.

"Si de algo sirve contar mi historia, que sea para generar cambio social. Porque ese es mi misión con el modelaje, más allá de las vanidades. Me interesa que las mujeres dejen de callar, que se celebren ante el mundo y vivan libres de prejuicios. Que ningún niño se suicide por matoneo, que encuentren la luz que siempre está al final del túnel. Y que toda la sociedad se dé cuenta que el mundo es interesante por su diversidad, que la belleza viene en todas las tallas". Ese fue su mensaje final.

Fuente: Infobae
Viernes, Septiembre 21, 2018
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