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El consumo compulsivo de tuits, zapatos o trabajo tiene el mismo origen neurológico que el abuso de drogas o alcohol. El avance de la ciencia para curarlo.

Por Matías Loewy*
Celeste Cid (34) comparó su caída en el alcohol y las drogas con una “hecatombe”. Dijo que se desconectó de ella misma y de todo lo demás. Y que no fue joda y rock and roll, sino el período más triste de su vida. En el 2009, ingresó por primera vez en una comunidad terapéutica. Tuvo una recaída en el 2011 y fue internada en un neuropsiquiátrico. Luego la trataron con psicofármacos para prevenir otros episodios. También sufrió de trastornos de alimentación.

Sin embargo, el camino para la recuperación de Cid resultó ser otro: el mindfulness, una terapia o práctica de meditación de origen budista y credenciales científicas que apunta a prestar atención a nuestra experiencia de cada momento de una manera particular. “No tiene que ver tanto con la palabra ni con el recurrente viaje al pasado, sino con la conexión con el instante, con el día”, definió la actriz a la revista Gente.

Puede parecer un recurso extraño. Al fin de cuentas, las distintas formas de meditación se hicieron populares como estrategias para controlar el estrés, calmar la ansiedad o favorecer la concentración, y no para luchar contra las atracciones desbordadas que obnubilan la mente y monopolizan nuestras vidas.

Sin embargo, para Judson Brewer, profesor de Psiquiatría y Medicina en la Universidad de Massachusetts, Estados Unidos, el mindfulness resulta efectivo para desarticular el vínculo entre las ansias (de algo) y la conducta que resulta de ese deseo intenso. En otras palabras: interfiere de algún modo con el mecanismo de la mente que subyace a todas las adicciones. Desde la dependencia a las drogas ilícitas, el alcohol o el tabaquismo hasta las compras compulsivas, la imposibilidad de despegarse del celular, los atracones de chocolate, el sexo virtual o los amores ciegos. “Todos tienen elementos en común: querer siempre más y quedar atrapado en ese querer o desear algo de manera intensa”, dice Brewer a NOTICIAS. Casi un signo de la época.

Epidemia de adictos. Cada vez más expertos coinciden en que los anhelos insatisfechos trascienden el universo de las adicciones consideradas clásicas. “Vivimos en un tiempo de deseos incontrolados y consumismo impulsivo”, resumió el psicoterapeuta Carder Stout, de Los Ángeles. “Cada uno de nosotros tiene los mismos atributos que [en otras personas] producen las borracheras, los trastornos de alimentación o las infidelidades”.

Hay indicios de que esto puede ser así. En su libro “La mente ansiosa. Por qué nos hacemos adictos y cómo podemos terminar con los malos hábitos”, que Paidós acaba de publicar en Argentina, el psiquiatra Brewer describe lo que él llama el “circuito cerrado del hábito”. Para explicarlo, Brewer toma como ejemplo la comida. Nuestro cuerpo, tras saciar el hambre con un alimento apetecible, le envía una señal al cerebro: “Recuerda lo que estás comiendo y dónde lo encontraste”. Y el cerebro, obediente, registra el proceso y nos induce a repetirlo como método de supervivencia.

El problema es cuando, más adelante, el cerebro nos trae una idea tan creativa como insidiosa: “Podemos usar esto para algo más. La próxima vez que estemos aburridos, tristes, enojados o ansiosos…. ¿por qué no intentar compensarlo con algo rico?” La propuesta es genial. Probamos un helado o chocolate y nos damos cuenta de que, en efecto, nos sentimos mejor. La conducta repetitiva se consolida. Aumentamos de peso. Y así entramos en un ciclo vicioso del que no podemos salir.

Esta tríada disparador-conducta-recompensa explica, según Brewer, la mayoría de los hábitos y adicciones. Está mediada por la activación de ciertas regiones del cerebro y la liberación de neurotransmisores del placer, como la dopamina. Y tiene como factor común un sesgo subjetivo o “lente” que se refuerza con el hábito y que convierte en verdad absoluta aquello que es sólo una inclinación personal.

“El sistema de aprendizaje de hábitos es tan robusto y se repite de manera tan inexorable que cuesta sacarlo”, destaca Fernando Torrente, director del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de INECO.

Para Brewer, lo que logra el mindfulness es romper el hechizo. Comprender a un nivel profundo nuestros hábitos o adicciones, de modo tal de desencantarnos con nuestras conductas. Y sin necesidad de controlarnos o de forzarnos a resistir las tentaciones o deseos imperiosos.

Conciencia plena. En una primera impresión, el mindfulness puede ser visto como una especie de encuentro entre Claudio María Domínguez y un académico de Harvard: una combinación de práctica espiritual y de protocolo científico. Un mix de filosofía budista y de resonancias funcionales del cerebro.

Sólo en los últimos cinco años, se publicaron casi 4.000 estudios en la literatura médica que exploraron la utilidad del mindfulness para patologías tan diversas como la ansiedad, la psoriasis o el colon irritable. También se identificaron bases neurocientíficas de su funcionamiento. La revista TIME la presentó en nota de tapa como una revolución que hace foco en una cultura de estrés y “multitasking”. Una herramienta que apunta a aumentar los niveles de bienestar y de satisfacción en las vidas.

La técnica también crece en la Argentina. Alrededor de 1.000 personas completaron en menos de una década el programa de ocho clases grupales de INECO, que dirige Facundo Manes. El coordinador del área, el psicólogo cordobés Martín Reynoso, rescata una conocida definición de mindfulness: es la conciencia que surge de prestar atención con intención, en el momento presente y sin juzgar. “Estamos programados para creer que siempre hay que hacer cosas para lograr cambios. Pero a veces alcanza con detenerse, observar, profundizar en lo que pasa y estar atentos”, dice Reynoso, quien agotó la primera edición de su libro “Mindfulness. La meditación científica” (Paidós, 2017) y va por la segunda.

La consigna de “parar” parece disruptiva frente al vértigo adictivo de las propias exigencias, las urgencias contemporáneas y la ansiedad apremiante por completar lo que creemos que nos falta. Daniela Trapé, una arquitecta de Buenos Aires, cuenta que antes de conocer el mindfulness siempre buscaba nuevos trabajos, parejas, viajes, compras o mudanzas para sentirse mejor. “Pero si uno no está bien con uno mismo, la cosa no cambia”, sentencia.

Al fin de cuentas, se trata de romper con las distintas formas de enganche. Y el psiquiatra Brewer decidió probar la aplicación del mindfulness en fumadores. “El tabaquismo es una de las adicciones más difíciles de tratar”, dice. Brewer y sus colegas reclutaron 88 participantes que fumaban en promedio 20 cigarrillos por día y los distribuyeron al azar en dos brazos: uno que recibió ocho sesiones de mindfulness y otro que recibió el programa estándar de cesación tabáquica de la Asociación Americana de Pulmón. Un pilar del método para los primeros consistía en enseñar a los pacientes una serie de estrategias para “surfear” la ola del deseo tabáquico hasta que se aquietara del todo. También los instruyeron para realizar prácticas diarias de meditación formal. “En lugar de combatir la ansiedad con fuerza bruta, [la idea es] acercarse a ella”, resume Brewer.

Los resultados, publicados en 2011 en la revista “Drug and Alcohol Dependence”, fueron impactantes: los participantes del grupo de mindfulness habían duplicado la tasa de éxito del tratamiento convencional. Y tenían cinco veces menos riesgo de reincidir al cabo de 17 semanas. Para Brewer, fue una epifanía. Si el mindfulness funcionó en una de las adicciones más difíciles… ¿por qué no lo haría en el resto?

La prisión química. El escritor beatnik William Burroughs decía haber aprendido en la escuela práctica de la morfina lo que Platón había comprendido sobre el funcionamiento de las inclinaciones hacia las cosas y los cuerpos: el deseo es insaciable y el placer, imposible.

Esa es la trampa en la que entran millones de personas. Y por las vías más variadas. En Argentina, el alcohol es por lejos la principal droga de inicio y de abuso. En la última encuesta del SEDRONAR, el 68% de los argentinos de 18 a 65 años declaró haber tomado cerveza, vino, fernet u otra bebida alcohólica en el último año, una proporción muy superior a la de quienes reportaron el consumo de tabaco (31,3%), marihuana (7,8%), cocaína (1,5%), psicofármacos sin receta (0,8%), alucinógenos (0,6%) y éxtasis (0,3%).

Por supuesto, no todo el consumo de sustancias puede encuadrarse como adictivo o nocivo. Brewer define a las adicciones como aquellos hábitos que se sostienen a pesar de las consecuencias adversas que ocasionan. En el caso de la marihuana y la cocaína, por ejemplo, los indicadores de dependencia se constatan en 1 de cada 5 y en 1 de cada 3 consumidores, respectivamente.

En la mayoría de estos casos, las estrategias actuales de tratamiento son insatisfactorias, asegura el psiquiatra Federico Pavlovsky, quien codirige un curso anual de uso de sustancias y conductas adictivas. “Son tan heterogéneos los abordajes ambulatorios que es difícil hacer un promedio de eficacia”, indica. La situación no mejora demasiado con las comunidades terapéuticas: 7 de cada 10 pacientes los abandonan antes del tiempo establecido por los profesionales, según un informe del SEDRONAR de 2009.
¿Puede el mindfulness venir al rescate? Brewer cree que sí: en un pequeño ensayo piloto sobre 36 pacientes con abuso de alcohol y/o cocaína, la técnica obtuvo resultados comparables a un tipo habitual de psicoterapia (cognitivo conductual). Sin embargo, él mismo reconoce que los adictos no pueden estar en una fase aguda de intoxicación porque, en ese estado, serían incapaces de aprender la práctica.

La mayor parte de los expertos coincide con esa perspectiva. “Cuando el individuo no es dueño de sus acciones, primero hay que traerlo de vuelta al mundo presente”, señala el psiquiatra Jorge Rovner, autor del libro “Venenos mentales” (Ediciones B, 2017). Sin embargo, una vez que los pacientes adictos se “limpian”, podría ser una herramienta útil para controlar los impulsos y prevenir recaídas, acepta Eduardo Kalina, profesor titular del posgrado en adicciones de la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador.

“Las técnicas como el mindfulness pueden llevar al paciente a una conducta reflexiva en el presente sobre su propio cuerpo. Y esa conciencia activa puede calmar o reducir las ansias de consumo”, opina Pavlovsky, quien incorporó esa práctica en el dispositivo ambulatorio de tratamiento que conduce.

Otras “yerbas”. Wayne Rooney perdió 600.000 euros en dos horas de ruleta y blackjack en un casino de Manchester. Johnny Deep gasta todos los meses US$ 30.000 en vinos de alta gama. Tiger Woods engañó a su esposa con 120 mujeres en cinco años de matrimonio. ¿Alguien podría alegar que no comparten una conducta adictiva?

Los tres ingredientes críticos del desarrollo de una conducta aprendida, disparador-conducta-recompensa, explican muchos otros hábitos, incluyendo aquellos que no están mediados por el consumo de sustancias. “Como ocurre en las adicciones químicas, las personas que no pueden llevar esas conductas a cabo desarrollan un síndrome de abstinencia caracterizado por un profundo malestar emocional, incluyendo tristeza, insomnio, irritabilidad e inquietud psicomotora”, enumera el psiquiatra Pablo Hirsch, gerente del Centro Privado de Psicoterapias y autor del libro “Inteligencia para el bienestar” (Sudamericana).

Tal como explica Hirsch, la única que hoy está reconocida oficialmente como adicción es el juego patológico. Pero existen otras conductas que cada vez enganchan a más personas de manera perjudicial: navegar por internet (sobre todo en redes sociales); jugar videojuegos online; comprar; tener o consumir sexo; trabajar; comer; y hasta hacer ejercicio en extremo.

Brewer cuenta en su libro la anécdota de una joven que se saca selfis y deambula por los pasillos del Louvre mirando Facebook en lugar de disfrutar de las obras. “Cada vez que inesperadamente oímos la campanilla (de un mensaje entrante o tuit) nuestros cerebros liberan un disparo de dopamina. Nos hemos situado en una posición semejante a la de los perros de Pavlov, entrenados para salivar cuando oían la campana que anunciaba la comida”, asegura.
El psiquiatra añade que buscar atención, aliento o cualquier tipo de adoración (como pueden ser los “likes” o retuits) puede sumergirnos en un espectro adictivo. Y que hay estudios que sugieren que la preferencia por la interacción social online se relaciona con una sensación disminuida del propio valor y un retraimiento social acentuado.

El enganche con internet y con las redes sociales puede vincularse con otras adicciones que describe Brewer: la adicción a uno mismo (que todo el mundo celebre lo agudos e inteligentes que somos), la adicción a las distracciones y la adicción al amor, que también activa los circuitos de recompensa del cerebro. “El amor romántico no tiene nada de malo”, aclara. “Pero cuando quedamos atrapados en él, la cosa se sale de control, nos estrellamos y nos incendiamos”.

Otra preocupación de Brewer es la adicción a los propios pensamientos: el riesgo de desconectarse de la tarea que realizamos y dejar vagar la mente, algo que puede devenir en fenómenos tales como ansiedad, anticipación y rumiación (pensamientos obsesivos). “Buda dijo que la mente es un mono salvaje que hay que atar”, suscribe Rovner, quien fundó la Asociación Argentina de Psicoterapia Zen. Por lo pronto, los análisis de neuroimágenes muestran que esas ensoñaciones diurnas o pensamientos errantes encienden las mismas zonas del cerebro que se activan con los deseos urgentes por algo. La asociación no parece ser casual.

Frenar la rueda. Es difícil imaginar que los hallazgos de Brewer puedan transformar de la noche a la mañana la historia de los pacientes atrapados en una espiral de deseo, abuso, estigma, marginalidad, violencia y muerte. El psicólogo Torrente advierte que también hay que considerar el efecto intrínseco de las sustancias, los rasgos de la personalidad, los determinantes sociales y otras patologías psiquiátricas.

De todos modos, la propuesta de Brewer plantea una hoja de ruta para entender las conductas adictivas desde una perspectiva más amplia. Y aunque existen consejos específicos aplicables para prevenir las adicciones más duras (desde enseñar a decir no hasta programar un tiempo limitado para la red), la comprobación de la existencia de un sustrato común en el cerebro orienta algunas fórmulas generales para frenar la rueda antes de que nos resulte demasiado difícil hacerlo.

NOTICIAS le envía un último mail a Brewer: un consejo para prevenir adicciones. “Aprender cómo funciona la mente -dice- y entrenarnos para ser conscientes de nuestras tendencias habituales”. Y cierra el mensaje con un smiley que sonríe limpio, claro, confiado, optimista.

Lunes, Diciembre 10, 2018
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