Escucha en vivo

“No soporto las esperas, no aguanto los tiempos intermedios, sufro cada uno de mis días sin saber muy bien por qué. Tengo los intestinos gritando, los médicos me dicen que no tengo nada, pero me siento morir. Duermo horrible, me despierto y miro el celular cada hora. Quiero divorciarme de mi mismo.” (Desde el diván, 35 años y mucho sufrimiento acumulado)



​Mi abuelo Lázaro escapó del horror de la guerra como polizón en un barco en la Europa de los '40. Pasó hambre (y mucho). La cocina de mi abuelo era pequeña, pero en su alacena entraban muchas pero muchas cosas. Más precisamente, 10 paquetes de cada producto (10 de fideos, 10 latas de arvejas, de tomates, etc.). Cuando se usaba alguno de ellos, mi abuelo solía encargarme en mi calidad de nieto mayor: “Alejandrito, ¿podes ir rápido a comprar un paquete de azúcar?” El acento, la palabra clave era “rápido”. Yo con la pereza adolescente, y sin entender realmente que no se trataba del azúcar sino del dolor vivido intentaba explicarle: -Pero abuelo, quedan muchos paquetes todavía.

—Sí —respondía—pero falta uno.

La tranquilidad para este gran hombre que era mi abuelo Lázaro consistía en tener la alacena repleta, sin agujeros, sin lugares vacíos, tener la certeza que no iba a pasar otra vez por lo mismo, por el sufrimiento del no tener. La falta le recordaba los peores momentos de su historia. Y cuando comencé a escribir esta nota, me acordaba de su cocina y pensaba que la ansiedad funciona en estos tiempos que vivimos con la lógica de la angustia por lo que creemos no hay o puede no haber. Síndrome de post guerra del tiempo líquido, se trata de garantizar la sobreabundancia y taponar las angustias existenciales del ser humano.
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Los mecanismos ansiosos, sean a través del miedo, de la angustia, la preocupación, el insomnio o lo que fuera, son intentos de tapar lo que falta.

Mi querido abuelo, sin los recursos que hoy tenemos, de las psicoterapias y las ciencias, se las arreglaba como podía.Y una aclaración fundamental: él si había pasado por una situación real y dolorosa.

Los trastornos de ansiedad suelen estar asociados a lo que de nuestra cabeza ponemos en lo que puede suceder, el sufrimiento se aloja dentro de nuestra mente en la mayoría de los casos.
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Nosotros hoy podemos salir corriendo a las “góndolas” cada vez que la inquietud nos asalta, o también, haciendo uso de nuestra maravillosa libertad, podemos intentar soportar los huecos en nuestra alacena, que no es otra cosa que nuestro propio mundo anímico.

Podemos lidiar con la falta de garantías en la vida, con los interrogantes esenciales del ser humano, soportar que la muerte existe y tratar de gestionar nuestra vida de la manera más saludable posible, con pausa, con calma, sin prisa. En tiempos de impaciencia, de ¡llame ya!, de inmediatez, en tiempos sin espera, en un mundo en los que no se puede soportar más de seis segundos para que cargue una página de Internet, es lógico y consecuente que aumenten los fenómenos ligados a los trastornos y desórdenes de ansiedad. Vivimos, señoras y señores, y sean todos bienvenidos a "la era de la ansiedad”.
Ante la persistencia de lo síntomas, la indicación es consultar a un profesional.

Ante la persistencia de lo síntomas, la indicación es consultar a un profesional.

Viajo mucho en avión por cuestiones de trabajo y me impresiona el fenómeno que se produce apenas la nave toca tierra. Los pasajeros se eyectan, desabrochan sus cinturones de seguridad y es como si tuvieran los segundos contados para descender. En vuelos largos nunca falta algún pasajero que se pone de pie con el avión em movimiento y la azafata como maestra jardinera debe levantarse y mandarlo al rincón a pensar, y a sentarse nuevamente. Sensación del inconsciente colectivo de que no hay tiempo, la gente se amontona casi violentamente.

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Ahora bien, no vaya a pensar usted querido lector que la ansiedad es cosa mala por definición, el problema se presenta cuando es ella la que gobierna nuestra cabeza. Si hablamos de ansias, de deseos, de entusiasmo, pues ahí todo va bien. Pero cuando el timón lo llevan las emociones en el desgobierno causado por la aceleración de nuestros sensores, ahí las cosas se complican.

La cabeza no se detiene, el pulso se acelera, el mundo parece derrumbarse y es agotador. Y quizás sea solo detenerse, respirar, quitarnos esa sensación de agobio, la vivencia de derrumbe, la premura.

La ansiedad se origina muchas veces en el intento desesperado de conseguir un equilibrio, búsqueda natural del ser humano, la tendencia hacia el centro, la homeostasis.
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Cuando alguien está en eje con afectos esenciales de su vida, planos familiares, vida amorosa, relación con el propio cuerpo, difícilmente se vea atormentado por trastornos de ansiedad. Si las cosas están bien, pues entonces “equipo que gana queda en cancha”, nada habrá que ajustar.

En cambio cuando las cosas no están en el punto en el que tiene que estar, la cabeza buscará alocadamente la manera de compensar el malestar, y la ansiedad es vía regia para el equilibrio fallido.

Me es difícil plantear estadísticas ciertas porque hay muchos fenómenos que se ligan de una u otra manera a los desordenes ansiosos, pero me atrevo a afirmar que un altísimo porcentaje de la población adulta en los grandes centros urbanos sufre algún tipo de manifestación ligada a los trastornos de ansiedad. Dos grandes emociones se ponen en juego en estos episodios: miedo y angustia. Bajo el rótulo de la ansiedad, lo que está por debajo son estos dos grandes capitanes del mundo anímico, pero en estado de ingobernabilidad. Preocupaciones y angustias que anárquicamente toman el control de las vidas de quienes las padecen. Harto ya de estar harto, la preocupación se torna estilo de vida y es agotador.
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Ansiedad y desorden anímico son casi sinónimos. Marie Kondo escribió un best seller hace unos años (“La magia del orden"). En estos tiempos de multiplicidad de opciones al alcance de nuestras manos, el vivir y sentir de manera ordenada no es asunto sencillo. Para quien tiene un rasgo ansioso de base, la dificultad en tomar decisiones es uno de los rasgos predominantes. Si en un restaurante tengo solo dos platos del día, fácil deberá ser el dilema a resolver. A mayor cantidad de opciones más compleja la tarea.

Mi tía tenía un refrán que repetía cada vez que alguno de mis primos o yo nos poníamos intensos.“Redondo redondo barril sin fondo”, decía. Y en estos tiempos en los que vivimos efectivamente los barriles parecieran no tener fondo alguno.

Una muchachita de 24 años describía sus estados de ansiedad como “nada es suficiente, nunca me alcanza, siempre falta algo”. Una de las formas de la ansiedad se manifiesta en esta voracidad, insatisfacción permanente, avidez lejana a la saludable ansia de comerse el mundo en busca de un sueño, de salir a por lo de uno. Se trata de otra cosa, se trata de la ilusión quimérica de que siempre lo bueno está por venir. Si tenemos dos queremos cuatro, si tenemos diez queremos veinte, al infinito y más allá. Mundos desechables, se compra, se tira y se compra una mejor, aunque hace poco tiempo el que tiramos era “lo más de lo más” . Esta posición pone freno al deseo vital y sumerge a quien la padece en una sensación absolutamente desagradable. La duda y la sospecha de que “lo mejor está seguramente en otro lado y el jardín de mi vecino siempre será más bello que el mío” son una tortura y motor de muchos de los trastornos actuales.

En tiempos de insatisfacción, de felicidad que se escurre como arena entre los dedos porque ya está a la venta el “be happy pero con bluetooth” entonces ¡a por él!
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“Visto desde afuera, todo está bien: mi familia, mis hijos sanos, tengo trabajo, hago cosas que me gustan, sin embargo siempre encuentro algo para preocuparme. Es como si sintiera que las cosas se pueden derrumbar, que todo se puede ir al demonio y sufro y me angustio. Y no puedo entrar en razones, no hay manera. Me siento enfermo, me aterra pensar que alguien querido se ponga mal de golpe, o que me echen del trabajo. Es un disparate, pero no puedo manejarlo” . (Otro paciente de 40 años me cuenta su sufrir)

Y esta “vivencia de derrumbe" es una de las formas más frecuentes de aparición de los trastornos de ansiedad. Aquí angustia y miedo se coordinan de manera “macabra" como suele decirme este paciente. Son la delantera del Barca y no hay quien las pare, o mejor dicho sí, la mejor defensa somos nosotros mismos y poder poner como en el jardín de infantes, “cada cosa en su lugar”. Pero no es tan fácil.

Levante las mano quienes padezcan alguna de las siguientes manifestaciones de forma regular:

    Tensión muscular
    Respiración agitada
    Falta de aire
    Palpitaciones
    Dificultades sexuales
    Trastornos del sueño
    Cambio en el apetito
    Sensación de alerta
    Irritabilidad
    Enojo - nerviosismo
    Inquietud
    Preocupación excesiva
    Dificultad para tomar decisiones
    Dificultad para concentrarse
    Llanto fácil y sensibilidad aumentada
    Incremento en fumar, comer o beber
    Mover manos y/o piernas en forma rítmica y repetitiva
    Hacer cosas sin finalidad concreta
    Dificultad para expresarse verbalmente - tartamudeo

Veo entre los lectores muchas manos agitándose, y ni me alegra ni me sorprende, en cambio puedo afirmar que más de la mitad de mis pacientes tienen más de cinco de estos síntomas de manera frecuente e instalada.

Compensar el desequilibrio es la tarea. Hay muchas maneras de hacerlo. Por ejemplo, los desórdenes de ansiedad ligados a la comida son cada vez más frecuentes.Es una vía regia (y poco saludable por cierto) de querer compensar el displacer en otras áreas premiándose con delicatessen. Nuestra cabeza (apoyada y acompañada por la cultura de la “abundancia”proporciona un menú de “soluciones mágicas" compensadoras.

En otro orden, los ataques de pánico (por citar uno de los trastornos más frecuentes en las últimas décadas) no son otra cosa que un cuadro mixto de angustia y ansiedad, la sensación de que el mundo se acaba, la vivencia de muerte en su expresión más clara, sin que haya desorden orgánico alguno. Es la cabeza la que manda y organiza el sufrimiento, la mente, el órgano más poderoso del ser humano.

Caja de herramientas

La primera herramienta para manejar los trastornos de ansiedad es acudir a una consulta profesional si la persistencia de los síntomas a lo largo del tiempo nos modifica el normal desarrollo cotidiano de nuestras vidas.

Además de esto:

-Usemos el principio de los opuestos​

​ A la urgencia démosle tiempo. Al fuego, agua. A la prisa, calma.

-Respiremos, inhalar, exhalar.

Demos a nuestra mente tan solo 5 minutos de calma. Cuando la inquietud y la ansiedad estén en su punto más álgido es cuando más quietud necesitamos.

-Apaguemos aparatos alrededor

La tecnología es fuente inagotable de ansiedad y no ayuda a recuperar el equilibrio perdido.

-Pidamos ayuda, hablemos, pidamos abrazos

Intentemos poner palabra a lo que nos preocupa. Identifiquemos qué emoción gobierna nuestro momento. En estos tiempos en los que vivimos el cúmulo indiscriminado de emociones es un gran problema. No es lo mismo si estamos asustados, angustiados o enojados. A la tristeza el llanto, a la bronca la descarga saludable, al miedo prender las luces de nuestros fantasmas para cotejar fantasía con realidad. Pensemos cómo calmamos a nuestros niños cuando están en crisis. No ponemos heavy metal a todo volumen, canturreamos una canción que los arrulle, los serene. Los abrazamos, les damos paz. Eso mismo para nosotros.

-Evitemos la medicación como recurso fácil

Vivimos en tiempos de medicalización de los síntomas, la ilusión de que mágicamente una pastillita va a sacarnos de la angustia es peligro cierto. Y la medicación mal administrada es calma para hoy y peores tormentos para mañana.

Lo que les pido, y quizás digan quien soy yo para eso, pero lo pido igual: no caigan en la trampa del “yo soy así”. Podemos afortunadamente, mover las piezas de nuestra vida, cambiar, hacer algo distinto, claro que podemos.

Podemos pedir ayuda, podemos mucho más de lo que creemos, y está en nuestras manos transformar la ansiedad que intoxica en ansias que nos hagan más sabios y fuertes.

*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y coautor de Padres a la obra.​​

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