Escucha en vivo

Estoy a favor de despenalizar el aborto, lo que no significa estar a favor de que las mujeres aborten, sino de permitir que aquellas que tomen esta difícil y dolorosa decisión, puedan acceder a procedimientos asistencialmente seguros y libres de toda connotación mercantil y clandestina.

Y a favor de su despenalización en todos los ámbitos, y de todas las actitudes. La jerarquía católica y de otras confesiones hacen bien en brindar consejos, emitir juicios y sustentar valores religiosos, con el fin de que sus fieles adecuen su proceder al marco canónico, aunque resulta evidente que, al igual que en el resto de la sociedad, existen actitudes tendientes tanto al castigo como a la “despenalización” religiosa.
 
Por el Dr. Juan Carlos Barberis*

La siguiente opinión ilustra indudablemente la primera posición: “Lo correcto no es dejar sin castigo el aborto, nivelando por lo bajo la responsabilidad, sino castigar durísimamente semejante crimen…[i]… En efecto, el Derecho Canónico establece para tal falta la excomunión “latae sententiae”, es decir, ipso facto (Canon 1398)”.

Qué lejos suena lo anterior frente a las balsámicas palabras del Obispo de Gualeguaychú aconsejando: “En la Iglesia también tenemos que prestar especial atención y no tener actitudes hipócritas de condena. Estamos llamados a comprometernos con la vida de punta a punta. A las mujeres y los varones que asumen la responsabilidad de haber interrumpido la vida en gestación debemos recibirles, conmovernos por su dolor, escuchar y acompañar con la ternura de Dios que tiene rasgos de Padre y de Madre”.

La bioética nos aporta que los médicos y otros profesionales de la salud no debiéramos tomar decisiones por nuestros pacientes, ni manipularlos ni persuadirlos, sino simplemente informar, estimular y fomentar el juicio autónomo, para que sean los propios pacientes quienes tomen la decisión y asuman las implicancias de la misma, y que nuestra función es respetarlos, comprenderlos, acompañarlos y asistirlos en todo aquello que esté a nuestro alcance, cualquiera sea la elección informada que crean más conveniente para su problema de salud y su bienestar. No somos sacerdotes ni pastores, ni familiares, ni amigos, las pacientes ya los tienen, vienen a pedirnos ayuda porque creen que estamos frente a una dolencia, un sufrimiento, un problema de salud para el que existen alternativas técnicas que la medicina ha desarrollado y pueden servirles en este penoso trance, no para que los juzguemos y condenemos, pontifiquemos, hagamos negocios o lastimemos para que escarmienten.

Tengo la impresión que muchos de quienes se oponen a la despenalización del aborto, desde la buena voluntad y sostienen honestas intenciones, quizás no hayan tenido que involucrarse directamente en la dolorosa situación que debió atravesar alguna mujer concreta, de carne y hueso, religiosa o no, pobre o rica, sola o con familia, instruida o no, y opinan como observadores externos, y a veces desde el prejuicio, estableciendo pautas de cómo deben proceder los demás.

En mi larga trayectoria vital y profesional he sido comprometido por familiares, amigas, pacientes, estudiantes para que las escuche, acompañe y ayude a superar el problema del embarazo no deseado. Una experiencia que siempre me ha agregado una dosis mayor de angustia es la de la mujer pobre, doblemente sometida por el varón y la pobreza, absolutamente consciente de la insuficiencia de sus recursos para acceder a la misma solución eficaz, confidencial y, hasta podría decirse, socialmente aceptable que tienen las mujeres de dinero. La opción de someterse a un aborto, en mi experiencia, nunca significó para cada una de estas mujeres una decisión trivial, divertida ni superficial, sino desesperada y terrible agravada por ser irreversible y con muy poco margen de tiempo para decidir.

Otro aspecto bastante perturbador es la pobreza de valores de muchos de quienes se oponen a la modificación de la ley. Al estilo del partido político colombiano acérrimo defensor de la penalización y que al mismo tiempo tiene miembros presos por sus vinculaciones con paramilitares y narcotraficantes[iv] , muchas figuras públicas, de la política o el espectáculo, o personalidades de nuestro medio, cuya conducta personal y profesional no es demasiado transparente, pareciera que por el solo hecho de embanderarse en esta cruzada, los redime socialmente.

Y la contracara está representada por algunos médicos por quienes tengo una alta consideración y estima, y que a pesar de su probada idoneidad, compromiso profesional y valores éticos son acusados de criminales o cómplices por la honesta y humana actitud de acompañar a una persona que sufre.

También aparecieron voces en contra de la despenalización, argumentando que la solución se encuentra en la educación sexual y el pleno acceso a métodos anticonceptivos eficaces, pero sin embargo en anteriores debates (ligadura tubaria, educación sexual en las escuelas, distribución gratuita de condones, anticonceptivos hormonales y DIUs) se opusieron férreamente a lo que ahora defienden como alternativa. No es aceptable la acusación de que quienes estamos de acuerdo con la despenalización estemos a favor de la muerte. Soy un firme defensor de la vida de manera integral, y aun cuando no estoy en condiciones de definir con certeza cuando comienza una vida, comprendo las razones de quienes sostienen que se inicia con la fertilización.

Lo que sí considero es que existe un conflicto de derechos entre la mujer y el no nacido, y creo firmemente en que el derecho de la mujer de disponer de su cuerpo es superior y por ello la acompaño en su padecimiento mediante las competencias asistenciales, afectivas y espirituales de que dispongo. Defender la despenalización no significa pretender que las mujeres aborten, de igual manera haber apoyado la ley de divorcio no pretendía que las parejas se divorcien; considero que decidir la interrupción voluntaria del embarazo es una decisión trágica e indeseable, y estoy a favor de reconocer el derecho que les cabe a aquellas que lo han decidido, de acceder al espacio técnico y relacional más adecuado para resolverlo, cualquiera sean sus recursos y principios.

Los argumentos epidemiológicos, demográficos, estadísticos, pueden servir a unos y otros; algunos representantes de las iglesias y asociaciones vinculadas deberían descalificar menos a quienes piensan y obran diferente, sobre todo porque muchos son fieles y honestos creyentes, y la sociedad en general no debería seguir culpabilizando a las víctimas, agregando así mayor sufrimiento al sufrimiento.

*Máster en Salud Pública, Jefe de Epidemiología Hospital Dr. Julio C. Perrando- Resistencia (Chaco), Profesor de Salud Pública Facultad de Medicina UNNE (Corrientes).

Este artículo fue escrito en noviembre de 2011. El Dr. Barberis falleció en 2013.

Publicado en Revista Bohemia (proyectobohemia.com)

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