En pleno corazón de los esteros, una fundación ya logró que se forme una nueva población de osos hormigueros. Y ahora van por su proyecto más ambicioso: el esperado regreso del yaguareté.

El botador se clavó en la orilla y con un pequeño aventón la lancha comienza ahora a flotar en el arroyo Carambola, mientras un grupo de carpinchos come pasto con paciencia y sin inmutarse. Serán varios minutos por ese arroyo, para después navegar sobre la laguna Paraná hasta San Alonso. Es un viaje al corazón de los Esteros del Iberá, en Corrientes.

Atrás quedaron más de dos horas en camioneta por caminos de tierra, ripio y arena que llevaron a los enviados de Clarín hasta el portal San Nicolás. El ingreso a los esteros es una zona de contrastes: el verde casi interminable de la llanura se ve interrumpido por una línea oscura, casi perfecta, en el horizonte. Es la forestación. Son los pinos que custodian el paso hacia uno de los humedales más grandes del mundo. Son miles y todos tienen un corte en forma de V en la base con una pequeña bolsa colgada, que sirve para almacenar la resina.

Y contrasta porque después de atravesar ese camino y de cruzar una tranquera, la naturaleza se presenta imponente. Los carpinchos, tranquilos aún por la ausencia del yaguareté, que es el predador tope, se pasean sin ninguna preocupación más que pastar. Sobre sus lomos descansan pájaros. Es un camino que se percibe interminable, con huellones irregulares, con esteros y pastizales a los lados. 

El contraste entre la llanura de los Esteros y la forestación, que dibuja una línea oscura en el horizonte. Fotos: Emmanuel Fernández

El contraste entre la llanura de los Esteros y la forestación, que dibuja una línea oscura en el horizonte. Fotos: Emmanuel Fernández

Se hace inevitable ante semejante escenario pensar en cómo el hombre es capaz de destruir lugares que desempeñan papeles tan importantes en el ecosistema global. Es que aun hoy se repiten en las redes las imágenes de los incendios que azotaron el Amazonas y causaron efectos demoledores en la selva que cumple un rol clave en la regulación del clima mundial.

Impactantes imágenes de los incendios en el Amazonas. Foto Reuter

Impactantes imágenes de los incendios en el Amazonas. Foto Reuter

Allí habitan cerca del 10% de las especies de mamíferos, 15% de las aves y 30% de los peces de agua dulce del planeta. Según datos que dio a conocer la Fundación Vida Silvestre, el fuego en la Amazonia brasileña puso en peligro al 10% de la biodiversidad mundial.

 

La contracara a la destrucción es la “producción de naturaleza”, que implica intentar recuperar los ecosistemas completos. El de los Esteros del Iberá es un caso testigo. Lo encabeza Conservation Land Trust (CLT), la fundación que comenzaron el fallecido filántropo estadounidense Douglas Tompkins y su esposa Kris que, junto a la provincia, trabaja restaurando tierras, reintroduciendo las especies nativas extintas y recuperando las poblaciones amenazadas.

La naturaleza a pleno, en los esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

La naturaleza a pleno, en los esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

Este viaje al corazón de los esteros es un recorrido por ese proceso que tiene como objetivo devolver al ecosistema correntino a algunos de sus actores centrales.

El oso hormiguero, emblema de la producción de naturaleza

El proceso de reinserción tiene su etapa fundamental en el Centro de Rescate, que funciona en la Estación Biológica Corrientes, en San Cayetano. Allí trabajan un grupo de veterinarios y biólogos que reciben a los osos que son rescatados. En su mayoría, son pequeños recién nacidos que quedaron sin madre en el norte argentino. La escena más común es que los cazadores salen con perros y se topan con un oso hormiguero. El perro y el oso se enfrentan, y el hombre, habitualmente, termina matando al oso hormiguero para evitar que su mascota sea lastimada. Cuando ven que queda la cría sola, la llevan a su casa.

Una bandada de patos intenta levantar vuelo en el corazón de los Esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

Una bandada de patos intenta levantar vuelo en el corazón de los Esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

Al llegar al centro de rescate, los osos hormigueros ingresan a la cuarentena, un edificio en el que permanecen aislados. Allí los espera la que será una suerte de mamá postiza. Se trata de Griselda Fernández, que los cuida y les da de comer cada día.

Griselda Fernández es la encargada de cuidar y darles de comer a los osos hormigueros en la etapa previa a su liberación en los Esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

Griselda Fernández es la encargada de cuidar y darles de comer a los osos hormigueros en la etapa previa a su liberación en los Esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

“Vengo, les doy de comer, veo que estén bien. Ahora tenemos 13 osos y también hay tres tapires. Todos están bien”, cuenta con timidez Griselda, que les habla a los osos como una madre a su bebé. Y puede hacerlo porque, a diferencia de otros animales, el oso hormiguero, cuando crece y está en condiciones de ser liberado, no tiene ningún apego con quienes tuvo vínculo.

Los osos hormigueros que llegan del norte del país son criados en el Centro de Rescate que funciona en San Cayetano hasta que están en condiciones de ser liberados en los esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

Los osos hormigueros que llegan del norte del país son criados en el Centro de Rescate que funciona en San Cayetano hasta que están en condiciones de ser liberados en los esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

Después de la cuarentena, los osos pasan a corrales de recría, donde permanecen hasta alcanzar el peso mínimo necesario. Llegado ese momento, saldrán al campo con un chip subcutáneo o bien con un arnés que tiene una frecuencia que le permite a los biólogos y veterinarios seguir su desarrollo durante algunos meses.

“Hola, hermosa. Hola, bebé”, le dice Griselda, ‘Guichi’ para sus compañeros, a Copeña, la hembra de 39 kilos que saborea su licuado a base de alimentos para gatos, que cumple con todos los nutrientes que necesitan, y que alternan con termiteros que rompen con sus garras y comen con su lengua de casi 30 centímetros. A pocos metros están Matoca, Salomé y Chaco. Todos tendrán la misma atención y cariño de ‘Guichi’, que asegura que no sufre cuando uno de sus pequeños es liberado: “Buscamos eso y me pone muy contenta cuando lo consiguen”, cuenta.

Un oso hormiguero de pocos meses extiende su lengua, que en algunos casos llega a medir 30 centrímetros. Fotos: Emmanuel Fernández

Un oso hormiguero de pocos meses extiende su lengua, que en algunos casos llega a medir 30 centrímetros. Fotos: Emmanuel Fernández

Y tiene motivos para alegrarse. Los osos hormigueros se extinguieron en los Esteros del Iberá en los ’60 y después de algunos años de trabajo ya comenzó a formarse una nueva población. Es normal verlos, con su paso cansino, andar entre los pastizales de San Alonso, tan libres como el carpincho y el pecarí.

El de los osos hormigueros es un emblema en la producción de naturaleza porque es una experiencia que demostró ser exitosa.

San Alonso, donde todo comenzó

Es una lomada de arena de 10.000 hectáreas que, a juzgar por lo que indica el Google Maps, es el corazón de los Esteros del Iberá. Y es un ícono en la historia de CLT porque fue el primer campo que Douglas y Kris Tompkins conocieron en este lugar, y el primero que la fundación compró para el Proyecto Iberá. Esta isla, como otras cientos de miles de hectáreas, será donada para integrar el Parque Nacional Iberá.

Un yacaré descansa al sol en los Esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

Un yacaré descansa al sol en los Esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

A San Alonso se llega por agua, como lo hicieron los enviados de Clarín, surcando el arroyo Carambola hasta desembocar en la laguna Paraná o desde el portal el Socorro; o bien en avión, partiendo desde Socorro y aterrizando en una pista perfectamente delimitada en el pasto. A pocos metros de la pintoresca hostería hay un pequeño lugar de preembarque que diseñó Tompkins, quien según cuentan estuvo en cada detalle de todo lo que se construyó en el lugar.

El motor de la lancha se apaga a poco más de 50 metros de llegar a San Alonso y un pequeño lobo de río custodia el desembarco, montando un espectáculo que, según explica Matías, que vive y trabaja allí, repite con cada visitante. La lancha vuelve a encenderse porque hay que alejarse para poder ver con tranquilidad a Alondra, la nutria gigante o lobo gargantilla, el predador tope del agua en los esteros que llegó este año.

Alondra, una nutria gigante o lobo gargantilla que llegó este año a San Alonso. Su reinserción en los Esteros del Iberá marcará el regreso del predador tope del agua. Fotos: Emmanuel Fernández

Alondra, una nutria gigante o lobo gargantilla que llegó este año a San Alonso. Su reinserción en los Esteros del Iberá marcará el regreso del predador tope del agua. Fotos: Emmanuel Fernández

Está sola, aún encerrada en un rectángulo inmenso construido sobre la tierra y el agua, aprendiendo a cazar y a la espera de un macho. La nutria gigante, extinta en todo el país, es otro de los proyectos importantes de CLT en el Iberá. Se pasea sobre el agua, de un lado a otro como queriendo evitar ese primer plano que buscan las cámaras. Pero Matías le tenía preparado un enorme pedazo de dorado que le fue irresistible. Se lo arrojó por sobre la reja y avisó que “lo agarra y lo lleva a un rincón, y lo come con medio cuerpo fuera del agua y medio cuerpo adentro”. Y así fue. Lo tomó con sus manos, que parecen guantes negros, y no volvió a soltarlo hasta que lo terminó, para después volver al agua y tomar un sorbo.

Cae el sol y, parados de frente al agua, el cielo y la laguna Paraná pintan un paisaje para enmarcar. Un pecarí se acerca, habituado a andar a metros del casco de la isla, y más allá una mulita busca hacerse un lugar escarbando debajo de la galería de la hostería.

Un pecarí camina tranquilamente por San Alonso. Fotos: Emmanuel Fernández

Un pecarí camina tranquilamente por San Alonso. Fotos: Emmanuel Fernández

El regreso del yaguareté, el predador tope

Los carpinchos se cuentan de a cientos. Caminan sin preocupación, pastan donde quieren y mueren de viejos o por alguna enfermedad, pero no atacados por la que, en el siglo pasado, era su principal amenaza. El yaguareté se extinguió en los Esteros del Iberá poco antes que los osos hormigueros, a mediados del siglo XX, por la cacería y la destrucción de su hábitat. El regreso del predador tope es esencial para mantener saludable el ecosistema. Su reinserción es acaso el proyecto más ambicioso de CLT.

El centro de reinserción del yaguareté en San Alonso. Fotos: Emmanuel Fernández

El centro de reinserción del yaguareté en San Alonso. Fotos: Emmanuel Fernández

El centro de reintroducción del yaguareté se construyó en 2015. Está a poco más de cuatro kilómetros del casco en San Alonso. Desde lejos se ven las rejas de casi seis metros de los corrales, electrificados por los paneles fotovoltaicos dispuestos a un lado. Un macho, Nahuel, y una hembra, Tania, se dejan ver y se acercan al percibir que llegó el momento de comer.

Nahuel pasa su lengua sobre la mano derecha. La marca que tiene en su cara fue un manotazo de Tanias, la hembra que no lo deja acercarse. Fotos: Emmanuel Fernández

Nahuel pasa su lengua sobre la mano derecha. La marca que tiene en su cara fue un manotazo de Tanias, la hembra que no lo deja acercarse. Fotos: Emmanuel Fernández

Están en corrales separados, de una hectárea y media cada uno. “Vamos a traer a Nahuel para curarle una herida que le produjo Tania de un manotazo, cuando él intentó acercarse”, cuenta Pablo Guerra, un joven biólogo que llegó hace meses a San Alonso. Después de pasar por un sistema de puertas con guillotina, Nahuel está contra una reja esperando la carne. Pablo la tiene con una pinza, en su mano izquierda, y la acerca a su cara, mientras con la derecha manipula una jeringa desde la que arroja un líquido sobre la cara marcada de Nahuel. “Siempre, después de cada cosa que hagamos, tiene que recibir su premio”, agrega Pablo, antes de tirarle por encima de la reja un enorme pedazo de carne que el yaguareté devoró en segundos.

El particular pelaje de uno de los yaguaretés. Fotos: Emmanuel Fernández

El particular pelaje de uno de los yaguaretés. Fotos: Emmanuel Fernández

Nahuel y Tania están en corrales contiguos porque los biólogos a cargo del proyecto intentan que se acerquen para procrear. Ninguno de los dos podrán ser liberados porque fueron criados en cautiverio, pero las crías que nazcan crecerán en total aislamiento, sin ningún tipo de contacto con seres humanos. Así lo hicieron las dos primeras crías de Tania (Aramí y Mbareté), que se alimentan con carpinchos vivos que son ingresados cuidadosamente a un corral. “Bajo ningún punto de vista ellos pueden vernos o relacionarnos con su alimento”, explica Pablo. Después de unos meses, las crías serán trasladadas a un corral de presuelta, de 30 hectáreas, que tiene monte, pastizal, esteros y laguna. Allí seguirán siendo monitoreados a través de cámaras trampa hasta ser liberados.

Tania espera agazapada en la cima de un árbol. Sabe que Nahuel intentará acercarse y lo evitará a puro manotazo. Fotos: Emmanuel Fernández

Tania espera agazapada en la cima de un árbol. Sabe que Nahuel intentará acercarse y lo evitará a puro manotazo. Fotos: Emmanuel Fernández

“Vamos a juntar a Nahuel y Tania a ver si hoy tenemos suerte”, dice Pablo sonriendo. Tania percibe rápidamente que en pocos segundos Nahuel intentará abordarla y ya está en la cima de un árbol, agazapada. Así fue. Al abrirse la puerta de hierro que le permitió ingresar a ese corral, fue de un lado a otro hasta encontrarla. Intentó una y otra vez alcanzarla, pero Tania, con furia y a puro manotazo, lo mantuvo alejado. No hubo pareja, al menos por ahora, y llegó el momento de volver.

Un ciervo de las pampas mira atento al escuchar el ruido de una lancha. Fotos: Emmanuel Fernández

Un ciervo de las pampas mira atento al escuchar el ruido de una lancha. Fotos: Emmanuel Fernández

Otra vez el botador para separar la lancha de la orilla, y una vez más a desandar las aguas de la laguna Paraná y el arroyo Carambola. Pero ahora más lento, porque el sol de una tarde cálida convocó a decenas de yacarés que se dejan ver y fotografiar, y también a los ciervos del pantano.

Atardecer en los esteros. Fotos: Emmanuel Fernández

Atardecer en los esteros. Fotos: Emmanuel Fernández

CLT, su misión y sus proyectos en el país

Conservation Land Trust fue fundada en 1997 y se financia con aportes de filántropos nacionales e internacionales. El equipo de CLT en el país creó la Fundación Flora y Fauna Argentina en 2010, con el objetivo de "producir naturaleza", que implica resguardar el territorio y la biodiversidad mediante la creación de áreas protegidas, y a la vez intentar que se beneficien las comunidades que los rodean.

Aves en los Esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

Aves en los Esteros del Iberá. Fotos: Emmanuel Fernández

Buscan, a través del "rewilding", que la restauración de tierras, el regreso de especies extintas y la recuperación de poblaciones amenazadas genere cambios en la economía regional, por ejemplo a través del turismo, y finalmente donan el dominio al Estado para que esas tierras sean resguardadas por la ley. El Proyecto Iberá es un ejemplo de eso, ya que actualmente se benefician localidades como Colonia Carlos Pellegrini, Ituzaingó, San Miguel y Concepción del Yaguareté Corá.

Además del trabajo en los Esteros del Iberá, CLT desarrolla un programa en el Parque Nacional Patagonia, donde ya se donaron 43.000 hectáreas, y otras 85.000 fueron adquiridas para ser entregadas al Estado.

También hay un proyecto ambicioso en el Parque Nacional El Impenetrable, en Chaco, donde el objetivo principal es posicionarlo como destino turístico para que se conozca su naturaleza y también las culturas wichí y criolla.

Corrientes. Enviado especial

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