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"La mujer es mujer frente al varón; y el varón es varón frente a la mujer. Y ambos, cara a cara, pueden reconocer su dignidad cuando se colocan cara a Dios, Padre y Creador", señala en su mensaje el Arzobispo de Corrientes Moseñor Andrés Stanovnik.

El Día Internacional de la Mujer es una gran señal de que se cumplen las proféticas palabras, que pronunció hace más de cincuenta años el papa Pablo VI: “Llega la hora, ha llegado en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora” (Discurso, 8 de diciembre de 1965).

Sin restarle verdad a esas palabras, aún falta mucho camino por recorrer y librarse muchas batallas para superar “los enormes condicionamientos que, en todos los tiempos y en cada lugar, han hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad, olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida a la esclavitud. Esto le ha impedido ser ella misma y ha empobrecido la humanidad entera de auténticas riquezas espirituales”, escribió el papa Juan Pablo II en aquella insuperable Carta a las Mujeres (29 de junio de 1995).

Y para el momento presente que nos toca vivir, son muy luminosas las palabras que escribió el papa Francisco en la reciente Exhortación sobre el Amor en la Familia: “La historia lleva las huellas de los excesos de las culturas patriarcales, donde la mujer era considerada de segunda clase. (…) La idéntica dignidad entre el varón y la mujer nos mueve a alegrarnos de que se superen viejas formas de discriminación, y de que en el seno de las familias se desarrolle un ejercicio de reciprocidad. Si surgen formas de feminismo que no podamos considerar adecuadas, igualmente admiramos una obra del Espíritu en el reconocimiento más claro de la dignidad de la mujer y de sus derechos” (n. 54).

Estamos viviendo tiempos de cambios y de transformación muy profundos y acelerados, que atraviesan todas las dimensiones de la vida. Esto exige tener una mirada integral e integradora sobre la mujer, mirada que necesariamente debe vincular a la mujer con el varón, ese maravilloso binomio en la humanidad común, y estar muy atentos a las ideologías que pretenden colocarlos en conflicto, como competidores o antagonistas. En el origen de las cosas no estuvo el conflicto, sino el encuentro, la amistad, el amor. La división y el enfrentamiento son posteriores. Por eso, para pensar, proyectar y actuar en vista de superar las agresiones y violaciones a la dignidad, tanto de la mujer como del varón, es preciso que los creyentes dirijamos nuestra mirada al Dios de Jesús, y redescubramos la belleza que Él soñó con la creación del ser humano.

El Dios de Jesús nos enseña a mirar con ojos de bondad y misericordia la creación y muy especialmente la creación del ser humano. Él no renuncia a esa mirada bondadosa luego de la caída del hombre –provocada por el desmoronamiento de su relacionalidad creacional–. La mirada de Dios no es ingenua, es buena y permanece fiel a ella. En la encarnación, Jesús nos sorprende con su mirada tierna y confiada sobre la condición humana; y nos deja estupefactos en la cruz, porque a pesar de toda la suciedad humana que se descarga sobre Él, no renuncia a esa amorosa y siempre dispuesta a perdonar. Su mirada parte del amor que crea y de la misericordia que recrea. Ése es, por así decir, el método de Dios, quien, además de crear al hombre en esa maravillosa humanidad común de mujer-varón, igualitaria en su dignidad para ambos, juzgada como “muy buena”, no dudó en comprometerse Él mismo para restaurarla. Esa unidad, que debe estar en el punto de partida como visión, como deseo y como método, es la gracia que experimenta el creyente en Jesús. Él es quien le permite “ver” como Dios “ve”, para poder actuar inspirado por esa visión. Este modo de pensar es una contribución muy valiosa al diálogo cultural sobre el proceso de liberación de la mujer, que necesariamente debe ir a la par con el proceso de liberación del varón. En realidad, es un solo proceso, que abarca por igual a ambos –diferentes y complementarios–, esa criatura inigualable que salió de las manos del Creador.

La mujer y el varón son una unidad de dos, llamados a reconocerse una creación en alianza. Tomados separadamente, como individuos aislados, no alcanzan a tener una identidad suficiente, menos aún si se enfrentan entre sí. Toda perspectiva que pretenda proponerse como lucha de sexos solo puede ser una ilusión y un peligro, que amenaza la supervivencia de la condición humana. Por ello, la vida en general y la vida concebida y naciente en particular, es una responsabilidad siempre de dos y no de uno solo. De dos y más, porque la comunidad debe asumir y proteger la vida de todos, especialmente la de los más vulnerables, y por ninguna razón, sacrificar una para salvar otra.

La mujer es mujer frente al varón; y el varón es varón frente a la mujer. Y ambos, cara a cara, pueden reconocer su dignidad cuando se colocan cara a Dios, Padre y Creador. Por eso, cualquier expresión del ser mujer, sea como hija, hermana, esposa, madre, amiga o trabajadora, necesariamente debería ser pensada desde el binomio mujer-varón, porque solamente desde allí podemos saber de quién estamos hablando cuando nos referimos a la mujer, y a lo que ella está llamada a realizar. La soberanía y la independencia de la mujer –guiones centrales de la revolución cultural que impulsa un feminismo extremo–, deben ser cultivadas desde el cuidado y el respeto que exige la ecología humana, en la que se reconoce el componente biológico como parte esencial y constitutiva de la identidad y misión de la mujer y del varón.

Que la familia de Jesús, en la que tuvo un protagonismo excepcional y único la mujer -–madre suya y esposa de José–, nos sostenga en el compromiso de sumar esfuerzos con todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad, que trabajan por elevar la dignidad de la mujer. Jesús, María y José, nos iluminen para favorecer el diálogo en la pareja humana; nos dé la valentía para proteger la vida desde la concepción y en todas las circunstancias de riesgo y vulnerabilidad; y que nos aliente a custodiar y promover el bien de la familia, ese maravilloso don del Creador, donde él se deleita y a la que se entrega generosamente para cuidarla y amarla.

Corrientes, 8 de marzo de 2018

†Andrés Stanovnik OFMCap
Arzobispo de Corrientes

Jueves, Septiembre 20, 2018
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