Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
 
 
 
 
 
 
 
 
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
 

Lo que desdeñó en su nacimiento es lo que puede evitar su derrota y decadencia. El PRO de Mauricio Macri puede ganar las elecciones aferrado a cambios intangibles, a la recuperación de valores políticos tradicionales como las formas ciudadanas de convivencia, el restablecimiento de la división de poderes y la persecución de la impunidad.

En esos signos de cambio, y en el temor a una regresión por la vuelta del kirchnerismo, el Presidente edifica su potencial electoral. Hay otros logros, enlazados con esas mutaciones ajenas a lo estrictamente material que también pueden servirle. Por caso, el foco puesto en combatir el narcotráfico y la inseguridad y el restablecimiento de relaciones normales políticas y económicas con el sistema global de poder.

Por paradójico que sea, el macrismo está encontrando los signos del futuro lejos de su origen. Cuando nació, el PRO se presentó como un partido de soluciones prácticas que desdeñaba las ideologías y los dogmas. Fue una forma de eludir la etiqueta conservadora que le colgaron a Macri cuando apareció como candidato a jefe de Gobierno porteño. Además, le sirvió para presentarse lejos de los dirigentes y partidos tradicionales que se habían hundido en 2001.

La ideología y el proceso sobre el que esta se desenvuelve fueron desdeñadas desde el primer minuto. Era un buen momento para apariciones como la de Macri, una versión pulcra del "que se vayan todos" que detonó el sistema político durante la crisis de diciembre de 2001, con su secuela de rechazo visceral a los dirigentes y fuerzas que habían despeñado a la Argentina.

El origen de los nuevos dirigentes políticos, autodefinidos como ajenos a la política, colaboró para acentuar ese perfil empeñado en mostrar soluciones concretas. Ayudó que a Macri le tocó gobernar una ciudad, donde los problemas a resolver no requieren un debate ideológico sino una acción rápida y eficiente. Más que ciudadanos, su clientela eran vecinos en busca de soluciones barriales.

La dimensión del cambio de la jefatura de Gobierno a la presidencia fue precisamente esa. Ahora Macri tenía que responder a ciudadanos que esperan del Presidente soluciones mucho más complejas que un buen ordenamiento urbano.

El cambio que Macri prometió para derrotar al kirchnerismo incluía tres supuestos materiales: bajar la inflación, hacer crecer la economía y reducir la pobreza como resultado de esa expansión productiva. Ese desarrollo estaba atado a la eficiencia en el manejo del Estado y las obras públicas para ganar en infraestructura. Ese plan quedará frustrado por los recortes de gastos impuestos por la pérdida de confianza en la economía y el ajuste que lleva adelante el Gobierno desde mediados del año pasado.

La recuperación de la economía y la baja de los indicadores de pobreza serán, en todo caso, promesas para un segundo mandato, una vez que se haya recuperado la confianza, menguado la inflación y restablecido algún nivel razonable de crecimiento económico.

La carta de triunfo será entonces más vecina de los históricos planteos de sus socios de Cambiemos, los radicales y la rama díscola del mismo tronco, Elisa Carrió, que le aportaron, simbólicamente, valores que el PRO no tenía expuestos tan rotundamente. Sobre esos viejos discursos contra el autoritarismo, Macri podrá mostrarse al frente de una oferta electoral que evite otro ciclo kirchnerista. ¿Quién lo hubiera dicho?

 
FUENTE: LA NACION

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