Escucha en vivo

Junto a su hermano Martín y su amigo Víctor Schillaci fueron condenados a siete años y seis meses por la fuga de la cárcel de Alvear, pena que se suma a la condena por el triple crimen de la efedrina. Cómo vive en Ezeiza y los otros juicios que les esperan.

Por Rodolfo Palacios

Martín Lanatta (44) no se considera un hombre creyente ni místico. De esos que interpretan la vida y sus circunstancias a través de las señales, los signos y las plegarias. Se sorprende cuando un ladrón le cuenta que consulta a una bruja y sólo se puso un rosario en su cuello el día que su madre se lo pidió.

Sin embargo, Lanatta cree que una noche tuvo un sueño premonitorio.

Cuando la posibilidad de fugarse era improbable y ni siquiera había un plan, soñó que escapaba de la cárcel. Se veía corriendo en paisajes inhóspitos y perseguido por policías. Tiempo después, el 27 de diciembre de 2015, huyó del penal de General Alvear con su hermano Martin (46) y su amigo Victor Schillaci (36).

Durante dos semanas estuvieron a la deriva, pero armados. Desde Buenos Aires y hasta Santa Fe, robaron autos, camionetas, tomaron rehenes y se tirotearon con gendarmes y policías.

Los detuvieron el 11 de enero de 2016, después de una cacería de la que participaron mil policías. Llegaron sedientos y lastimados. Juraron que la fuga fue armada por las autoridades penitenciarias a partir de una orden política. Y que ellos escaparon para mantenerse con vida porque había un plan para eliminarlos.

El lunes 1 de octubre, el Tribunal Oral en lo Criminal N° 1 de La Plata, a cargo del juez Juan José Ruiz, condenó a los Lanatta y Schillaci a 7 años y 6 meses de prisión por la fuga de de General Alvear.

"Más allá de la condena, el juicio dejó en claro que la fuga no fue idea nuestra. Nos hicieron salir porque el plan era matarnos, era fugarnos o morir asesinados. Nuestro testimonio fue contundente", dice Lanatta a Infobae.

En su resolución, el juez Ruiz consideró: "Un dato es claro: la fuga jamás se hubiese producido sin la colaboración de las más altas jerarquías del Servicio Penitenciario Bonaerense y del poder político".

"El juez , en parte, nos da la razón. Eso nos da un poco de alivio, nos sentimos escuchados", asegura Lanatta.

Los tres aseguran que los dejaron huir porque iban a matarlos en una emboscada para silenciarlos y evitar que denunciaran a los poderosos que están detrás del tráfico de la efedrina.

"Nos salvamos de una muerte segura", dicen los tres. Según ellos, se trató de una fuga adentro de otra fuga: debían escapar de aquellos que les habían permitido escaparse. Pensar en la historia de esos días es como enfrentarse, entonces, a un enigma en el que anida otro enigma.

El panorama judicial de los Lanatta y Schillaci tiene más frentes abiertos: deben afrontar dos juicios más. Por la fuga en Santa Fe, donde están acusados de herir a un prefecto, y por herir en Ranchos, el 31 de diciembre de 2015, a los policías bonaerenses Lucrecia Yudati y Fernando Pengsawath. En ese juicio estarán ante un jurado popular.

"Pedimos juicio por jurados porque queremos que sea el pueblo el que nos juzgue. Confiamos más en la gente, sabe lo que sufrimos esos días de fuga, no quisimos matar a nadie, al contrario. Nos dejaron salir para matarnos, lo que hicimos fue defendernos. Además mucha gente nos mandó cartas de aliento", dijo Lanatta a Infobae.

El 21 de diciembre de 2012 fue condenado a perpetua por los crímenes mafiosos de Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina, tres empresarios acusados de traficar efedrina que aparecieron muertos en una zanja de General Rodríguez el 13 de agosto de 2008.

La Justicia sospecha que los asesinatos fueron ordenados por el enigmático empresario Ibar Esteban Pérez Corradi: Forza le debía 250 mil dólares y, según se sospecha, lo habría traicionado con un cargamento para narcos mexicanos del cartel de Sinaloa.

"Yo sé que puedo pensar que si todas las condenas que recibí y puedo recibir quedan firmes puedo pasar el resto de mis días en la cárcel o salir a los 80 años, pero voy a luchar judicialmente porque no me resigno a pasar toda mi vida entre rejas", dice Lanatta.

Sus días en el penal de Ezeiza transcurren como si fueran un día monótono. Más allá de eso trabaja en un taller, donde confecciona bolsas, mira películas de acción en el reproductor de DVD que le prestó un compañero (es fanático de Dillinger, la historia del famoso asaltante interpretado por Johnny Depp) y hace anotaciones en un cuaderno. Recibió una propuesta para llevar su historia a la ficción, pero primero quiere superar todo tipo de obstáculos judiciales que se le crucen en el camino.

Lo peor, cree Lanatta, ha pasado. De aquellos días le queda el recuerdo de vivir en fuga. Si algo lo sobresaltaba o no cabía en la forma del paisaje que él concebía, reaccionaba a tiro limpio. Estaba tan compenetrado con la ferocidad de la supervivencia que se miraba al espejo y sentía el impulso de disparar a esa imagen.

Esos días en los que se sentían hombres muertos buscando el lugar más inhallable del mundo, tanto Lanatta como su hermano y Víctor Schilaci se habían acostumbrado a tomar agua de los arroyos y a comer yuyos secos o una nutria cazada. Su vida era dormir sudados, con el falso uniforme de gendarmes embarrado y el roce pegajoso de las armas.

"Eso, por suerte, es el pasado. Hay que tener paciencia y esperar. Confiar en que la verdad se impondrá ante todo", dice Lanatta. Luego agrega: "Antes no le daba bolilla a los sueños, pero en algunos encuentro cosas que ocurren en el futuro".

No hace mucho soñó que estaba en un país lejano viendo con sus hijos una carrera de Fórmula 1. Desde el encierro añora que ese sea otro sueño profético.
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