La directora de orquesta

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Dicen los que saben que hay que dirigir una sinfonía romántica como una música menos grandiosa de lo que el público espera.


Beatriz Sarlo
O dirigir una ópera de Wagner como si fuera de un romántico de segunda línea, encaprichado con brujas, guerreros, doncellas, hadas y duendes. Son opciones estéticas que, a veces, pueden ser útiles para pensar los estilos políticos.

Este consejo debe sonarle inadecuado a Cristina Kirchner, que siempre hace lo inverso: nunca baja el tono ni atenúa la importancia que ella atribuye a cada frase; siempre acelera y siempre sube el volumen. Se rompe el alma para convertir todo lo que dice en acordes que la orquesta debe tocar fortissimo. En cuestiones de discurso, es extremista. Habla con la certeza de que ella conoce la verdad de los problemas y, en consecuencia, la solución adecuada, que es única. Tiene el monopolio del diagnóstico, tiene la partitura, y, en consecuencia, conoce el remedio al que debe recurrirse. Puede equivocarse y, esta semana, el ministro Guzmán se vio en el brete de darle, en pocas frases, una clase sobre la diferencia entre ajuste fiscal y reducción del déficit. Pero Cristina Kirchner no registra ninguna corrección, aunque se equivoque.

No baja el tono, ni disminuye el altísimo grado de certeza con que define las cosas. Su actitud es la de una directora inspirada, que conoce problema y solución. Siempre va a dirigir una ópera de Mozart como si fuera Wagner. Y al que no le guste, que se compre un disco con otra grabación. Es la dueña del teatro cuya orquesta dirige y el ministro Guzmán está allí gracias a ella. Ahora veremos cómo calza su estilo con el de Manzur, recién llegado a la Jefatura de Gabinete.

Gran Electora. Alberto es lo contrario. Un burócrata, cuyo poder no proviene ni se apoya en la fuerza propia, sino en el lugar donde fue colocado. No hay que dar más vueltas, ya que la Gran Electora lo ha puesto en claro: ella nombró a quien es el Presidente de los argentinos, y fueron sus votos los que hicieron posible que Alberto Fernández llegara a la Rosada. Duhalde creyó algo similar cuando Néstor Kirchner llegó al mismo lugar. Pero se encontró con un dirigente político que, sin gran poder territorial, sin gran conocimiento por parte de sus votantes, sin un gran caudal de sufragios en su apoyo, lo fue empujando a Duhalde fuera del predio de Plaza de Mayo. Cristina vivió aquellos meses decisivos y no está dispuesta a que, con ella, la Gran Electora, se repita el desalojo que sufrió Duhalde de los despachos contiguos al Salón Blanco.

No le bastó a Cristina comunicar a su pueblo que ella lo llevó a Fernández a la presidencia. En su carta de la semana pasada, se detiene en detalles aún más significativos. Nos comunica que se reunieron 19 veces desde que Alberto es presidente, seguramente no para discutir de fútbol ni de música. Cristina parece inspirada por Carl Schmitt. Sabe que quien manda no debe perder jamás la iniciativa. “Cuando tomé la decisión, y lo digo en primera persona del singular porque fue realmente así, de proponer a Alberto Fernández como candidato a presidente de todos los argentinos y las argentinas, lo hice con la convicción de que era lo mejor para mi Patria. Solo le pido al Presidente que honre aquella decisión”. Los argentinos y las argentinas podemos estar tranquilos, porque si el Presidente no honra el cargo recibido de la Gran Electora, estará en peligro.

Pasiones frías y calientes. Esa decisión fue posible porque Cristina cree, cultiva y acrecienta su liderazgo. En la llamada época de las pasiones frías, Cristina es un espectáculo al rojo vivo. Parece una discípula criolla de Carl Schmitt, el filósofo que atrajo a los intelectuales fascistas. Cristina es una schmittiana. Sabe que el liderazgo no se comparte y el verdadero líder nunca debe incurrir en las vacilaciones de los políticos democráticos que, dados a la negociación, también incurren en el defecto de analizar las razones y los motivos de quienes se les oponen. Ella, en cambio, no les reconoce ese derecho porque los juzga ignorantes o malintencionados.

Para Cristina, un opositor se caracteriza por dos rasgos. En primer lugar, no piensa de manera diferente, sino que piensa mal y, cuando difiere, se equivoca o traiciona. En segundo lugar, cuando plantea objeciones, encubre el deseo de desplazar al líder. Por eso, el líder (o la lideresa, agrego para que no salten los partidarios y partidarias del doble sustantivo) debe conservar siempre la iniciativa. Es líder quien mantiene el lugar desde donde las propias ideas son invariablemente mejores, mientras que las ideas de los otros son meros obstáculos y errores. Carl Schmitt estaría encantado con nuestra presidenta, como lo estuvo el schmittiano Ernesto Laclau, quien visitó a Cristina y Néstor, pero tomó la precaución de seguir viviendo en Francia.

Por otra parte, las pasiones frías son monótonas. Por esto no hay que preocuparse, porque la presidenta le pone color a cualquier paisaje. Algunos investigadores han llamado a esta capacidad el logro de una “estética social”, que observa a la sociedad como “un fenómeno estético, objeto de percepción sensible y producto de un trabajo técnico sobre las apariencias”. Cito el ensayo de Barbara Carnevali, publicado en un libro que analiza el trabajo de la literatura sobre la política y la filosofía. Cristina cree que el fortissimo es una dimensión ineludible de toda estética social. Me parece que gente como Angela Merkel, aficionada a la música y devota wagneriana que no se pierde un festival de Bayreuth, debió haberlo aprendido antes del final moderato de su carrera que, sin embargo, muchos creen que culminó con éxito. Se ve que no saben nada de Cristina, que no es fanática de Wagner como Merkel, pero que, sin saberlo, se esfuerza por alcanzar grandeza wagneriana aunque lo que le salga sea hipérbole criolla.

Cristina comprende a fondo “Teología política”, de Carl Schmitt. Probablemente no lo haya leído, pero algo le contaron. En breve síntesis: sabe que el poder es vertical y se ejerce desde arriba hacia abajo. Sabe que hay un solo dios (o diosa) con la capacidad de ejercerlo. No se enojen los que conocen la obra de Schmitt. También se usa a Borges y a Kafka para designar personajes o escenas que están muy lejos de la maestría de esos escritores.
Veremos cómo se lleva la vice con Horacio Rosatti, el nuevo presidente de la Corte Suprema, un hombre discreto y muy poco inclinado a los enfrentamientos. Cristina, asediada por causas judiciales, quiere terminar blanca y radiante, sin visitar los tribunales como le tocó al pobre y leal Lázaro Báez, acusado por sus enemigos de no haber terminado las obras que le adjudicaron, y otras menudencias como la retención de impuestos. Todo por su único pecado, haber sido ministro de Néstor Kirchner, aunque sus detractores agreguen otros datos a su prontuario. Son escándalos de quintas en predios custodiados, o pisos de Barrio Norte, donde Cristina eligió vivir, evitando el estilo “nuevo rico” de Puerto Madero. Siempre tuvo buen ojo para las inversiones inmobiliarias.
PERFIL

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