Cristina apela al “peronismo real” como salvavidas

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La vicepresidenta debió allanarse al poder de una liga de caudillos del norte del país y el conurbano bonaerense; Néstor Kirchner se concebía a sí mismo como el líder de esa liga: no le interesaba reformarla, le interesaba someterla


Carlos Pagni
El 25 de mayo de 2006 Julio De Vido le organizó a Néstor Kirchner la fiesta de su vida. El santacruceño habló ante una Plaza de Mayo desbordada. Era el resultado de una alianza que De Vido venía tejiendo desde tres años atrás con intendentes del conurbano y sindicalistas ortodoxos. Era la consagración de Kirchner como jefe del peronismo realmente existente. Al día siguiente, en un asado en Olivos, Cristina Kirchner se dirigió a su esposo con su habitual altisonancia: “Néstor, te diste el gusto. Vos, que llegaste con el 22% de los votos, tuviste tu plaza. Te felicito. Ahora bien: ¿cómo seguimos? Porque nosotros vinimos no para basarnos en eso que había ayer ahí, sino para modificarlo”.

Los días transcurridos desde la derrota del Frente de Todos en las primarias pueden ser vistos como una secreta victoria, en cámara lenta, de Néstor sobre Cristina. La vicepresidenta debió allanarse al poder de una liga de caudillos cuyo arraigo está, sobre todo, en el norte del país y en el conurbano bonaerense. Néstor Kirchner se concebía a sí mismo como el líder de esa liga, de la que él mismo había formado parte. No le interesaba reformarla. Le interesaba someterla. A su esposa, en cambio, esa cruda realidad siempre le fue incómoda. Después del resultado del domingo 12, ella se sacó el Fernández del perfil de Twitter. Ahora es Cristina Kirchner. Se interpretó como una toma de distancia un poco fetichista hacia el Presidente. Pero hay otra lectura: retiró el Fernández para subrayar el Kirchner. Porque el nuevo esquema de poder, aun amenazado, lleva la impronta pragmática de Néstor.

La derrota rediseñó al oficialismo. Cristina Kirchner intervino el gabinete de Alberto Fernández y, lo que es más doloroso para su autoestima, el de Axel Kicillof. Al hacerlo, debió inclinarse ante una autoridad que no emana de ella, y que se le impuso. La autoridad de la representación territorial. Los nuevos jefes de Gabinete, Juan Manzur en la Nación, y Martín Insaurralde en la provincia, encarnan a ese nuevo actor. Manzur e Insaurralde remiten a lo peor del caudillismo. Primero se resignó a Fernández; más tarde se rindió ante Sergio Massa; ahora Cristina se inclina frente a este otro actor, colegiado pero determinante.

Manzur significa el más doloroso homenaje de Alberto Fernández a Raúl Alfonsín. El tucumano se sueña más que un jefe de Gabinete. Aspira a ser ese primer ministro al que Carlos Menem se resistió en las negociaciones del Pacto de Olivos. Fernández debe evitar que Manzur lo convierta en un mandatario protocolar, que habla, pero no gestiona.

Para ponerlo en términos del propio Manzur: cuando la señora de Kirchner lo señaló como reemplazante del entrañable pero incompetente Santiago Cafiero, no estaba suministrando un antibiótico. Estaba aplicando una vacuna. Un producto elaborado con la sustancia que se quiere combatir. El Presidente debió aceptar que le impongan como comisario al hombre que en 2019 lo había proclamado el nuevo jefe del PJ, el sepulturero de su benefactora. Es un castigo paradójico. Cristina Kirchner le ofrece a su pupilo la mortificante posibilidad de, ahora sí, desde la lona, organizar el “albertismo”. Por un momento, temió haber quemado el nombre cuando relató en su enardecida carta que ella lo había seleccionado. Pensó en Gabriel Katopodis. Sin embargo, Fernández se allanó.

Con un híper activismo que recuerda al del efímero Adolfo Rodríguez Saa, Manzur intenta dotar a la administración de un estilo que compara con el de Cafiero pero, sobre todo, con el de Fernández. Para empezar, se levanta temprano. Ayer se ufanó de iniciar la jornada a las 7. Además, presidió una reunión de gabinete. Un ritual que se abandonó cuando Mauricio Macri dejó la Casa Rosada y que los Kirchner nunca cultivaron. Algo más sustantivo: a diferencia de lo que hizo el Presidente con los ministerios, no loteó su área. A la foránea Cecilia Todesca le pidió que siga acompañando a Cafiero, ahora en Cancillería. Y desde allí importó a Jorge Neme. Tucumano como él, Neme fue colaborador de Manzur en Tucumán. Allí protagonizó varios escándalos. Quien ahora será vicejefe de Gabinete, ha sido investigado por enriquecimiento ilícito a raíz de varias denuncias referidas a su paso por el Programa de Servicios Agrícolas Provinciales de la Nación donde, entre otros, tuvo a Julián Domínguez como jefe. Como atestiguan numerosos empresarios del sector, Neme respondía ya entonces a la autoridad de Hugo Sigman, quien también se dedica a la producción porcina. Sigman es el principal padrino de Manzur en el mundo de los negocios. Cobran nueva luz aquellas denuncias de Elisa Carrió, señalando que la campaña de Alberto Fernández se había financiado desde Tucumán, a través de ese industrial farmacéutico.

Manzur tomó otra colina, apreciadísima por Fernández: la Secretaría de Medios y Comunicación Pública. Allí desplazó a Francisco Meritello, cuñado de Gustavo Beliz y ahijado político de Víctor Santa María, el sindicalista propietario de Página 12, entre otros medios. Como nueva secretaria fue designada Valeria Zapesochny. Es una profesional impulsada por el controvertido operador de prensa y lobista Adrián Kochen, quien ya la había avalado para la misma tarea en Tucumán. Kochen, quien también colabora con Sigman, es un eslabón clave en las relaciones entre Fernández, Manzur y la familia Eskenazi, para la que también presta servicios. Balance provisional: con Manzur, la señora de Kirchner ha incorporado al Gobierno a una red política y empresarial preexistente. La misma red a la que en diciembre de 2019 ella misma había vetado.

Parte Meritello, partió Juan Pablo Biondi. Fernández delega en Kochen, a través de Zapesochny, un área estratégica de la administración. Biondi era, además, su amigo íntimo. Por eso en el oficialismo se preguntan si, con la renuncia, habrá entregado también la llave del departamento que ocupaba en el edificio de Puerto Madero, River View, un piso más abajo que el del Presidente. Conviene aclarar: a Biondi no se lo prestaba “Pepe” Albistur. Él alquilaba.

Cristina Kirchner dedicó a Biondi el párrafo más agresivo de su carta. Hasta se preguntó, capciosa, si el vocero se distraía en alguna otra función. Ese detalle terminó de inquietar al Presidente. Algunos de sus interlocutores más cercanos aseguran que está preocupado por si alguien lo está espiando. El episodio de la foto del cumpleaños de su esposa agravó esa sensación. No mira hacia la AFI: Cristina Caamaño está fuera de sospecha, sobre todo por la inacción. Miraría hacia el aparato de Seguridad de la Casa Rosada. Son habladurías. Pero Manzur está atento a ellas. En cualquier momento ofrece las prestaciones de Antonio Stiuso, con quien ya se habría reconciliado: Stiuso cometió el error de querer abogar por el empresario del juego Gabriel Rosenzvit, desplazado por el zar de las tragamonedas tucumanas, Roberto Sagra, mimado por Manzur y por el bancario Carlos Cisneros. Para la señora de Kirchner indultar a Stiuso sería, es cierto, la rendición final.

Una de las razones por las que ella está molesta es que había pedido la cabeza de Cafiero antes de que empiece la campaña. Pensaba promover a Agustín Rossi para el lugar que hoy ocupa Manzur. Se lo dijo a Victoria Tolosa Paz, cuando la candidata fue a pedir su bendición: “Querida, yo no tengo nada contra vos. Pero te aviso que para mí el candidato debía ser Cafiero. Creo que Alberto tiene que relanzar su gobierno para ganar las elecciones. Pero él me dice que las ganamos igual”. El Presidente sigue sosteniendo a Cafiero, a pesar de todo. Ahora lo envió a la Cancillería, donde lo estaba esperando una crisis. En el presupuesto que Martín Guzmán envió al Congreso figuran 644 millones de dólares que se destinarían a comprar aviones de combate JF-17 Thunder- Bloque III, que China desarrolla en Pakistán. La primera curiosidad: es muy infrecuente que en el presupuesto aparezcan los detalles de un producto que se va a adquirir. Sospecha: alguien, cuya identidad se ignora, introdujo las especificaciones para que cualquier corrección implique un escándalo diplomático.

Es el escándalo que estalló en estas horas y que ha tomado escala internacional. ¿Por qué? Porque Jorge Taiana aclaró que el Ministerio de Defensa no había decidido todavía qué aviones prefería, de varias opciones que estaba estudiando, entre ellas los Mig 29 de Rusia, los Mirage 2000 de Francia, los Kfir de Israel y los F16 de los Estados Unidos. Si el nombre del avión chino llegó al presupuesto, quiere decir que las negociaciones estaban muy avanzadas. Optar por material bélico de ese país es una decisión estratégica de largo plazo. Por eso algunos funcionarios se preguntan si habrá sonado un telefonazo desde Washington para que Defensa desistiera. Aun cuando Taiana no sea un amigo del “imperio”.

Para Cafiero es un problema de gran dimensión. Primero: porque el expediente debe haber pasado por las manos de su primo Francisco Cafiero, encargado de Relaciones Internacionales de Defensa. Segundo: porque también debe haber pasado por sus propias manos, cuando era jefe de Gabinete, es decir, responsable del proyecto de presupuesto. Tercero: porque ahora tendrá que, para no desairar a los otros proveedores, ofender a China. Tal vez sea una alegría para Manzur, quien tiene una relación estrechísima con Gustavo Cinosi, uno de los principales gestores de los intereses norteamericanos en la región, que se desempeña como colaborador de Luis Almagro, el secretario general de la OEA.

La presencia de Manzur en el gabinete tiene una posible proyección sobre el mediano plazo. Él quiere ser presidente dentro de dos años. Como ha revelado Francisco Olivera, su proyecto se llama Juan 23. Tiene lógica: el tucumano es un católico militante, ferviente antiabortista. Un detalle que, por lo visto, no inquieta a Elizabeth Gómez Alcorta, quien en su cuenta de Twitter sigue aclarando que la relación con su nuevo jefe es muy cordial.

La ensoñación presidencial de Manzur perturba a Sergio Massa, quien tenía planeado lanzarse con el mismo objetivo, a través del mismo método: intentar ser el salvador del vapuleado experimento Fernández. Ahora tiene en la Jefatura de Gabinete a un caudillo que trabaja su misma agenda: relaciones amigables con el Departamento de Estado, discurso de orden para el control de la Seguridad y, en general, un pragmatismo desprovisto de cualquier escrúpulo. Hasta comparten a Kochen y a Cinosi.

El problema de Massa es que viene de una derrota en Tigre. Aun así, pretende convertirse en ministro de Economía, Producción y Transporte a partir de noviembre. La incógnita hasta el viernes pasado era si contaba con la bendición de la vicepresidenta. Ahora hay que saber si a Manzur le interesa tenerlo en el equipo. En La Rioja ya le hizo una demostración de autoridad: el presidente de la Cámara de Diputados viajó hasta la provincia pero no pudo acceder a la reunión principal de la jornada. Solo gobernadores y el Presidente. Signo de los tiempos.

Massa avanza con una receta audaz: mejorar el perfil externo de la Argentina pagando por adelantado a los tenedores privados de bonos, que le producen una misteriosa fascinación, y postergando todo lo posible los desembolsos con el FMI. Massa sostiene entre sus íntimos que en el Departamento de Estado le dieron una luz verde para esa receta. El inconveniente es que la opinión decisiva es la del Tesoro, donde está como principal asesor de Janet Yellen el economista David Lipton, quien cuando estaba en el Fondo fue el coautor del programa con la Argentina.

La fantasía ejecutiva de Massa asegura ruido en el Congreso. El presupuesto de Guzmán puede convertirse en papel picado. Guzmán es el blanco a destruir. El ministro, sin embargo, confía en su madrina: Kristalina Georgieva. Pero ella está también acorralada por quienes investigan si en su paso por el Banco Mundial manipuló indicadores para favorecer a los chinos en el acceso al programa Doing Business. En cualquier escenario, es posible que el debilitamiento de Georgieva signifique una mayor gravitación de los Estados Unidos en el board del Fondo. Es decir: de Lipton.

La confianza en sí mismo, o en Georgieva, llevó a Guzmán a discutir a Cristina Kirchner que haya habido, como ella dijo, un ajuste fiscal. Guzmán sostiene que se redujo el déficit por aumento de la recaudación. Ninguno de los dos dice la verdad. O, por lo menos, toda la verdad. Existió un fenomenal ajuste fiscal, que no lo ejecutó Guzmán sino la inflación, al licuar uno de los principales rubros del gasto público: los ingresos de los jubilados. Es decir: hubo un ajuste, el más regresivo.

En la bruma del 2021 se recortan, muy inciertas, candidaturas de 2023. Es posible que, dada la experiencia de las primarias del domingo 12, Cristina Kirchner quiera favorecer una gran interna peronista para la sucesión de Fernández. Nadie se anima hoy a mencionar la reelección presidencial. En cambio, Manzur y Massa sí podrían ser competidores en esa carrera. También podría serlo Axel Kicillof.

El gobernador pasa horas amargas. Raro en él, se quiso hacer el pícaro. Cuando, para presionar a Fernández, indujo a todo su gabinete a presentar la renuncia, se apresuró a rechazar las dimisiones. Después debió ceder. Así llegó Insaurralde a la Jefatura de Gabinete. Así entregó a su mano derecha, el intachable Carlos Bianco. El ingreso de Insaurralde tiene varios sentidos. Es una secreta victoria de Máximo Kirchner sobre su madre: él quería que el candidato a gobernador de 2019 fuera el intendente de Lomas de Zamora. Mucho más que Kicillof. Insaurralde domina una trama de poder a la que el gobernador no tiene acceso. Ahí está la caja del juego, en la que el nuevo jefe de Gabinete se formó. Kicillof eso lo conoce: Insaurralde fue quien, a través de su hombre en Lotería, Omar Galdurralde, terminó de cerrar el gran reparto del negocio del juego on line que había diseñado Federico Salvai durante la gestión de María Eugenia Vidal. En ese campo, cero grieta. Otro dispositivo del caudillo de Lomas es el vínculo con Federico Otermín: el presidente de la Cámara de Diputados bonaerense es su mano derecha. En La Plata empieza otro juego.

Sin embargo, la novedad más mortificante para Kicillof es que la intervención a su administración revela algo que él, pobre, negaba: que la señora de Kirchner, alimentada por los intendentes, tenía una visión crítica de su desempeño. Hay que admitir que ella tuvo una distinción con el gobernador. No lo humilló con una carta pública. Lo hizo ir hasta Calafate y le formuló su diagnóstico en forma oral. Ventajas de ser el favorito.

La caja de Infraestructura quedó en manos de otro intendente, Leonardo Nardini, subordinado al senador provincial Luis Vivona. En el orden nacional Vialidad fue para la misma red: Gustavo Arrieta, esposo de la intendenta de Cañuelas, Marisa Fassi, es un aliado de Insaurralde y del eterno Alejandro Granados, de Ezeiza. Insaurralde, Nardini, Arrieta, Katopodis, Juan Zabaleta, Jorge Ferraresi: el avance del “peronismo real” no se detiene.

La avanzada demuestra que el oficialismo está dispuesto a todo. Cueste lo que cueste, sobre todo en términos fiscales. La oposición comienza a advertirlo. Y cierra diferencias. El gesto más inesperado: Horacio Rodríguez Larreta se aproxima a Mauricio Macri y a Daniel Angelici. Designará a Jorge Macri como ministro del Área Metropolitana. Fue uno de los aportes de Larreta, no el único, para que el intendente de Vicente López acepte la candidatura de Diego Santilli.

Hace bien la oposición a estar alerta. El partido no ha terminado. Las elecciones son en noviembre. Y, como dicen en España, “hasta el rabo todo es toro”.
Carlos Pagni
LA NACION

 

 

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