Nadie tiene el pulso firme en el pausado gabinete económico

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A Martín Guzmán le tocará reescribir el proyecto de presupuesto que él mismo firmó; Kulfas, tratar con las autorizaciones de aumentos de precios que son mirados de cerca desde el Instituto Patria


Diego Cabot

Hay una sentencia en el fútbol a la que se la considera poco menos que un verdad absoluta. Dice así: “Equipo que gana, no se toca”. Esta pequeña sentencia esconde otras. Por ejemplo, “equipo que pierde, se cambia” o “equipo que no se tocó, ganó”. Si este juego de palabras se piensa en clave “crisis política de las renuncias”, bien podría concluirse que el equipo económico en pleno ganó, ya que, siempre según aquel razonamiento tribunero, no se le cambió a nadie.

Ese es el nudo, quizá el más importante, que el mundo económico y empresario le ve a este nuevo Gabinete que conformó el un Fernández, el Presidente, Alberto, justamente para conformar a otra Fernández, Cristina.

El gabinete económico está completo, no perdió ningún integrante. Podrían volver a sus casas y decir: “Aprobamos”. Pero, sería un autoengaño: cualquier lector de diarios, o de cartas vicepresidenciales, establecería sin dudarlo que el oficialismo endosó la derrota a los ratificados alfiles económicos del Gabinete.

Quizá sea una estrategia discursiva. Tirar las culpas a los hombres de los números permitieron esconder cualquier tipo de autocrítica oficial sobre otros cuestionamientos que el electorado le facturó al oficialismo.

La falta de dinero en el bolsillo, como lo resumieron varios en la Casa Rosada, y en el Senado, claro, hizo de alfombra para esconder debajo temas como los problemas en la vacunación –la VIP y la general–, la avanzada en busca de la impunidad de varios, las escuelas cerradas durante meses y las universidades nacionales que todavía permanecen quietas o los privilegios de alcoba, como la fiesta de Olivos.

Pero claro, los agentes económicos se preguntan qué tipo de espalda política tendrán los funcionarios que deben infundir confianza para levantar la actividad económica a fuerza de inversiones y creación de empleo.

Lo ilustraba, en medio de la crisis, el periodista Francisco Jueguen en LA NACION. El miércoles pasado, a las 11 de la mañana, Eduardo “Wado” De Pedro, ministro de Interior, presentó ante firmas norteamericanas del Consejo de las Américas las bondades del modelo de Alberto Fernández a la hora de invertir en la Argentina.

Fue un debate de una hora y por zoom. Maravillados todos. Pero claro, dos horas después de que comenzara esa reunión, De Pedro presentó su renuncia a través de un mensaje que distribuyó su oficina de prensa. La anécdota muestra la profundidad de la desconfianza que generan las voces más empinadas de la Casa Rosada.

Es interesante hacer un ejercicio, y figurase una escena. Si alguno de aquellos poderosos ejecutivos se entusiasmó y envió rápidamente un reporte a la casa matriz en el que esbozó los planes del Gobierno en materia económica, no es difícil de imaginar la catarata de palabras que habrá tenido que usar para explicar que aquello que había contado apenas un par de horas antes ya estaba en condiciones de ser tirado a la basura por la renuncia del ministro.

Sin embargo, ya exhausto, deberá volver mañana y sentarse nuevamente a explicar que aquel “ministro con credibilidad” que sólo un par de horas después parecía exministro por su dimisión ahora sigue siendo “ministro”. Podrá el lector entender que las repeticiones son adrede y que desapareció una palabra. ¿Cuál? Credibilidad.

En esas condiciones, ¿es posible planear proyectos a futuro, expansiones, inversiones o desarrollos. Parece complicado.

Guzmán, el ministro en pausa

Quizá el que más empiece a sufrir la erosión de su figura, y de su palabra, sea el ministro de Economía, Martín Guzmán. El hombre es el encargado de convencer, entre otros, al principal acreedor que tiene el país: el Fondo Monetario Internacional (FMI). Hasta ahora llevaba a las mesas de negociación un par de archivos donde se veían algunos números fiscales que empezaban a abandonar el rojo carmesí que lucieron en 2020.

Pero resulta que ese cambio de color es sindicado por el ala política del Gobierno como el causante de la debacle electoral. Lo que viene ahora, exclaman todos los voceros oficiales y oficiosos, es expandir el gasto con erogaciones directas. Nada de obra pública ni planes vivienda, ni siquiera bolsones de alimentos. Plata en cuentas de tarjetas de consumo prepago, planes de cuotas, tarifas congeladas o préstamos a tasa cero. ¿Qué es eso sino dinero “físico”, como gustaba llamar a los fajos en otra época.

Pero la paradoja con la que convivirá de ahora es más es que justamente, el fervor bursátil que se dio después de las PASO, tan efímero que este cronista tiene cierto pudor de llamarlo así, se dio porque ese ala política había sido derrotada. Ahora, el pausado ministro –que ahora está en pausa–, deberá convencer a los agentes económicos que le crean, pese a que, según los argumentos de sus compañeros en el oficialismo, él era el equivocado.

Desde hoy, Guzmán empezará a corregir los datos del presupuesto que envió al Congreso pero que deberá modificar. Le dictarán los datos a cambiar. Pocas cosas tan ingratas para un jefe del Palacio de Hacienda como defender una versión de un presupuesto que reemplazó a la propia. Es verdad que el esta ley se ha convertido en un dibujo que se modifica durante todo el año. Pero al menos, siempre es más grato defender la obra artística propia que la ajena.

Pero si al pausado Guzmán le esperan objetivos difíciles, su colega de Producción, Matías Kulfas, no la tiene menos fácil. De él dependen algunos instrumentos que están enchufados directamente a mascarilla de oxígeno que le da vida a la economía.

A nivel consumo, de su cartera depende la secretaria de Comercio Interior, Paula Español. A diferencia de su jefe de organigrama –que no es lo mismo que el líder político–, fue una de las renunciantes de la semana pasada. Ella maneja la secretaría que se encarga de Precios Cuidados y de los permisos informales de aumentos. Justamente la inflación en los alimentos es una de los motivos que esgrimieron desde el Instituto Patria como causante de la derrota.

Nadie se juega en decir que este área está firme y eso, para el mundo empresario, que negocia a diario con ella, es un tema determinante para despejar las incógnitas.

La otra área sensible de Kulfas está en todos los permisos de importación a los que acceden las compañías o los comerciantes.

Aquí sí se podría resaltar con marcador amarillo rabioso. Sucede que el cepo cambiario, única política cambiaria para que no haya masivo pase al dólar, ya no puede cerrarse más para dos de los tres grandes demandantes de divisas.

Los ciudadanos acceden a 200 dólares por mes, siempre que se cumplan con una enorme cantidad de requisitos, y deben pagar 65% de impuestos sobre el precio oficial. ¿Cuánto más se puede amarrar esa salida? Relativamente poco, por no decir, imposible.

Los viajes al exterior están desalentados por la cuarentena al regreso y las compras, también. Hoy es más barato comprar un perfume importado en un shopping porteño, que lo importó a un dólar de $103,50 que pagarlo en el exterior a ese varos más 65% de tasas e impuestos.

El lugar donde se puede cerrar el grifo es el de las autorizaciones a las importaciones. Kulfas y los suyos son los que a diario firman esos trámites. Hace varios días, todo está también en modo pausa: nadie pone una firma por temor a las represalias. Nadie tiene el pulso firme en el gabinete económico como para estampar la rúbrica con determinación.
Diego Cabot
LA NACION

 

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