Argentina patria y vida: ¿qué modelo de país queremos?

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Manejar poder es como manipular explosivos, el que no está preparado termina destruyendo todo lo que se encuentra a su alrededor


Jorge Grispo
Si hay algo que todos tenemos en claro es que una nación progresa cuando hay libertad. Luego seguirán las diversas formas de interpretarla, con más intervención del Estado o con menos. Todo se puede discutir, menos los resultados que son objetivos, pero sí pueden y deben ser interpretados para no volver a caer en los errores del pasado. Que estemos entre los cinco primeros países del mundo con mayor índice de inflación a la vez que la pobreza se incrementa a pasos agigantados nos debería llegar a preguntarnos qué modelo de país queremos.

Patria y vida se ha convertido en el himno de las protestas populares en Cuba. Una nación que nunca logró parir los resultados que su gobierno populista, devenido en dictadura decadente, prometió. Parte de lo que dice la letra de esa canción puede ser extrapolado a la situación que actualmente vivimos en Argentina, convertida por décadas de fracasos consecutivos en un país que prometía un futuro mejor que no termina de llegar.

Un párrafo lo representa con claridad: “No más mentiras. Mi pueblo pide libertad, no más doctrinas. Ya no gritemos patria o muerte sino patria y vida. Y empezar a construir lo que soñamos. Lo que destruyeron con sus manos”. La decadencia argentina es consecuencia directa del fracaso de quienes nos gobernaron y gobiernan. Nunca asumieron el rol de servidores públicos, sino el de dueños de lo público. Se sientan sobre las cajas de Estado y gastan sin miramientos, no cuidan el dinero de los contribuyentes.

La política argentina se encuentra inmersa en sus “asuntos”. Las elecciones marcan el ritmo tanto de las políticas de gobierno como de sus actos. Estamos discutiendo dos modelos de país absolutamente diferentes entre sí. Donde una importa excluir al otro, lo que hace extremadamente difícil el consenso necesario para superar las diferencias. El debate actual es muy pobre. Vale más la denostación que los proyectos.

Precisamente es Cuba una clara evidencia de las políticas inviables que empobrecieron un pueblo repleto de gente hermosa, pero gobernado por largos años de populismo servil, donde sólo los que estaban cerca del poder podían gozar de una vida llena de privilegios mientras el pueblo, siempre el pueblo, pagaba -y sigue pagando- con sus miserias y sufrimientos los errores de sus gobernantes. Cuba se mostró al mundo como lo opuesto al capitalismo y fracasó de la manera más rotunda posible. Antes fue el turno de la Rusia comunista.

Quienes pudimos conocer Cuba en épocas de Fidel, caminar por sus calles, hablar con la gente común, alejada de las escaramuzas de la política, pero inmersa en las consecuencias que esa política decadente les ocasionaba, observamos de primera mano el sufrimiento y su dolor. Por ejemplo, el valor que se le daba al jabón de tocador y al dentífrico, productos de lujo, a los que unos pocos privilegiados tenían acceso. Esa Cuba cayó derrotada hace mucho tiempo, pese a que aún se resiste a ser enterrada.

En Argentina, desde hace largas décadas venimos de mal en peor. Si bien no llegamos aún a la Cuba de Fidel, caminar por el conurbano profundo nos acerca peligrosamente. Podemos ver de primera mano un sector muy importante de nuestra población, donde el jabón de tocador y el dentífrico también son objetos de lujo, hogares que no son casas, son tan solo un rejunte de chapas, algo de ladrillos en el mejor de los casos, y mucha, pero mucha miseria por todas partes.

No hay agua, no hay cloacas, ni gas, no tienen casi nada. Se les ha quitado todo, hasta la dignidad, mientras quienes han decidido las políticas que los colocaron en ese lugar siguen viviendo sus vidas de lujo, solventada por el esfuerzo de los contribuyentes que pagamos impuestos. Esa dicotomía entre una forma de vida y otra, entre el pobre y el gobernante resulta pornográfica. Ese es el modelo de país que no queremos. Es claro que manejar poder es como manipular explosivos, el que no sabe lo que hace termina estallando todo a su alrededor.

Ese estallido en el caso argentino son los miles de pobres que en niveles récords tiene nuestra aldea infortunada, gobernada por funcionarios que siguen sin funcionar. Imprimir billetes para sostener el gasto público se ha convertido en la droga de moda de los gobiernos populistas, que se niegan a reconocer su enfermedad, y piensan que pueden parar cuando ellos lo decidan. Los resultados y el estado paupérrimo de nuestra nación es una demostración evidente de su fracaso. Volaron el país por el aire. La Argentina modelo 2021 es un país roto, empobrecido y con miles de problemas para solucionar. Pero deben esperar, las elecciones están primero.

Lamentablemente la mitad de nuestra población es pobre o directamente vive en la miseria más profunda. Esa situación es la punta de lanza de una problemática mucho más grave, donde se suma la falta de acceso a la salud, a una alimentación saludable, el narcotráfico que se va apoderando, como el agua en una inundación, de todo el territorio. Los capos narcos se han convertido en los nuevos referentes de esos sectores, incluso han corrido, en el dominio del terreno, a los viejos punteros políticos, porque la droga, actualmente, paga más que la política.

De esta manera llegamos a una situación donde la política termina siendo funcional a un sistema nefasto que solo trae más miseria y decadencia a nuestra nación. El problema es mucho más extenso, pero alcanza con mencionarlo para poner en evidencia la gravedad de lo que está pasando, mientras la política siga gobernando para ganar una elección cada dos años y no se tome en serio los problemas que siempre quedan relegados por la urgencia electoral seremos en un país inviable.

El sistema político argentino, nuestra forma de hacer política, es la causa del fracaso de la argentina como modelo de país, complicado para todos. Nada es simple, todo lo que tocan lo hacen más enrevesado. Cepos, trabas a las importaciones, leyes laborales y fiscales que solo generan una economía paralela superior a la formal. Todo al revés. Todo patas arriba. Combatir al capital fracasó. Al igual que fracasó el modelo cubano. Si no nos ponemos de acuerdo en esto podremos seguir discutiendo de por vida, mientras miramos cómo los pobres se siguen amontonando de a dos mil o más por día.

No nos olvidemos cómo se crea la riqueza, Bill Gates y Steve Jobs son dos ejemplos, entre miles, de jóvenes que empezaron con un sueño y terminaron cumpliéndolo en grande, tuvieron la suerte de vivir en un país que les dejó hacer lo suyo, sin trabas del gobierno de turno, donde hacer negocios y progresar depende más del talento y mérito propio, que de los palos en la rueda del gobernante de turno. Se pudieron desarrollar bajo un modelo de país en el cual la libertad es libre, y no está condicionada a las políticas de turno.

En la función pública pasa lo mismo. Cuando Cecilia Nicolini, asesora presidencial, expresa: “Nos están dejando con muy pocas opciones para continuar peleando por ustedes y por este proyecto. Estamos soportando persecuciones legales como funcionarios públicos debido a estas demoras, poniendo en riesgo a nuestro Gobierno”, podríamos decirle “bienvenida al club de los argentinos”, donde todos soportamos ese tipo de tratos a diario por parte de nuestro propio gobierno, desde el laburante que sale a trabajar a las 5 de la mañana, hasta el empresario exitoso que cansado de las persecuciones políticas, sindicales, y de las otras, se va del país.

Argentina es un modelo de país que maltrata a sus ciudadanos, no nos cuidan. Nos retan, nos prohíben salir, volver al país, nos ponen cepos, pretenden regular nuestra forma de vida todo el tiempo, mientras nuestros dirigentes parecieran vivir la vida loca. Son políticas que intoxican la vida de los argentinos. Basta. Paren un poco, se les fue la mano hace rato. No alcanza con las vagas promesas electorales que estamos escuchando por estos días. Son siempre las mismas. Se repiten. Los que vienen como renovación terminan atrapados en el fango de la política, que los atrapa, los abraza, y luego los termina hundiendo en su propia mugre.

¿Qué modelo de país queremos? Muy simple, uno en el que nos dejen trabajar en paz, nosotros nos ocupamos del resto. No necesitamos del “estado de te cuida”, los argentinos hemos demostrado sobrada capacidad y resiliencia para soportar todo tipo de adversidades, incluso la de los malos gobernantes. Pero tienen que parar. No se puede seguir viviendo en un país donde la regla sea complicarnos la vida.

La casta dirigente tienen que entender de una buena vez por todas que los argentinos necesitamos recuperar la capacidad de autorregular nuestras vidas, respetando claro está, el contrato social que es la Constitución Nacional, pero cada uno de nosotros sabe lo que tiene que hacer y claramente si seguimos de pie, no es por obra y gracias de quienes nos han gobernado, sino por nuestras propias capacidades, ya que los gobernantes solo hicieron una cosa bien: se equivocaron siempre. Nunca dieron en la tecla. Eso sí, fueron los primeros en vacunarse y con las dos dosis.

Muchas veces el humor sirve para explicar una dura verdad, el genial Rolo Villar dijo en una de sus habituales intervenciones radiales: “Un amigo le cuenta a otro: Trabajo para el Estado. El otro le pregunta ¿Qué bien para qué empresa? El primero responde: “Para ninguna, pago todos mis impuestos”. Una frase de José Eduardo Abadi resume muy bien lo que nos está pasando como sociedad, preguntado ¿porqué se van del país los argentinos? Dijo: No se van, los echan.
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