Nacional Buenos Aires, de aquel orgullo a este dolor

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El reclamo de un grupo de padres dio visibilidad a una crisis inédita.


Gonzalo Abascal
Profesores que se niegan a dar clases y alumnos que permanecen encerrados en sus burbujas. Ni presencialidad ni virtualidad, sólo un disparate que nadie parece impedir.

“Nuestra función es ser ejemplo como nave insignia de la educación pública de nuestro país”, sacó pecho Alberto Barbieri, rector de la Universidad de Buenos Aires, en la asunción de Valeria Bergman como rectora del Colegio Nacional, allá por febrero de 2019. Alguien debería avisarles a ambos, a Barbieri y a Bergman, que lo de ejemplo no estaría ocurriendo. O sí. Pero en un doloroso sentido contrario al que declamaron.

Si el pésimo manejo de la Educación durante la pandemia el año pasado significó una tragedia con un daño final inconmensurable, el Nacional Buenos Aires parece ser el núcleo que concentró todos los pesares detrás de sus históricas puertas: ausencia de gestión de las autoridades, internas gremiales exacerbadas y utilización de la pandemia para justificar cualquier arbitrariedad.

El resultado no podía ser otro que el que fue y es. Ayer, fecha del ansiado regreso de las clases presenciales luego de más de un año, y 46 días después que la vuelta en las escuelas de la Ciudad, los alumnos se enfrentaron a una realidad indescifrable: por ejemplo, burbujas de alumnos que transcurrieron cuatro horas encerrados sin poder salir del aula.

Rehenes de la irracionalidad, como los profesores no informaban con anticipación si se presentarían o no a dar clase, debían esperarlos; y como su condición de burbujas impedía por precaución sanitaria que compartieran lugares con otros alumnos, tenía vedados los espacios comunes.

Así, hubo estudiantes que transcurrieron la mañana en el aula sin tener ni siquiera una clase.

No fue lo peor. Padres angustiados fueron testigos de que profesores afiliados a la Asociación Gremial Docente (AGD) comunicaban a los chicos por mail que en razón de que el gremio se opone a la presencialidad, ellos dictarían sus materias en forma virtual. Pero como el colegio tiene habilitadas las clases presenciales, si el alumno no se presenta (porque se queda en su casa para tomar la clase virtual) se lo consigna como ausente.

Más loco no se consigue.

¿Y cómo se llegó a semejante disparate? Es un logro compartido por la rectora Bergman, figura cercana al gremio CTERA, de dudosas cualidades académicas y cuasi invisible para los padres que buscan una explicación, y los dirigentes de la Asociación Gremial Docente. A propósito, en su comunicado los gremialistas mostraron su condición de expertos infectólogos: “Destacamos también que en esta nueva ola nos enfrentamos a las nuevas variantes del virus (…) algunas de las cuales (especialmente la de Manaos) presentan, como se sabe, elevados riesgos de generar cuadros graves y fatales en gente de entre 30 y 60 años. Ya no es posible seguir considerando que el riesgo sanitario es ínfimo para la ‘gente joven’”, escribieron.

Por suerte para los chicos, desde el gremio lucen un mayor conocimiento del coronavirus, sus cepas y riesgos, que infectólogos y expertos. Tanto que se animan a contradecir las sugerencias del Gobierno de la Ciudad y del Ministerio de Educación de la nación.

Sin ponerse colorados afirman que sólo volverán a la presencialidad cuando todos los docentes hayan recibido las dos dosis de la vacuna. Con las dificultades de provisión y la velocidad de vacunación actual, es lo mismo que decir que no regresarán, con suerte y viento a favor, hasta bien avanzado el año.

La escena de estos días, en verdad, es la continuidad de un año 2020 que ofreció múltiples señales preocupantes. Clases virtuales prohibidas hasta julio, y apenas unas pocas concretadas en el segundo semestre. Precariedad que se completó con profesores que decidieron enviar material en PDF y sólo responder por mail las preguntas, descartando cualquier conversación virtual.

Pero si algo faltaba para bocetar el espanto, la Conadu Histórica (que incluye a AGD), anunció un paro hoy y mañana en reclamo de la apertura de paritarias y recomposición salarial.

Es decir un cese de actividades el segundo día de -inciertas- clases, y luego de más de un año de mínima actividad. Con legítimo derecho para negociar las mejoras en el salario que consideren, no se advierte en la urgencia de la decisión un aprecio por lo educativo.

La evidencia es abrumadora. Copado por internas gremiales y directivos ineficaces que se sostienen en acuerdos políticos, el faro de nuestra educación pública se apaga sin remedio.

De aquel orgullo a este dolor.
CLARIN

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