Vacunas Vip: un horror sin inocentes ni desprevenidos

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El escándalo crece con la aparición de nuevos nombres, Zannini, Scioli y Duhalde, entre otros.


Gonzalo Abascal
La presencia de parientes en el Ministerio y la ausencia de inocentes: todos sabían y se despreocuparon por el destino de los ciudadanos que esperaban su turno.

El escándalo de las vacunas Vip sirvió, entre otras cosas, para descubrir que Ginés González García, el ministro echado del Gobierno, tenía a su sobrino, Lisandro Bonelli, como jefe de Gabinete del ministerio de Salud (y a pesar de su juventud inoculado con la Sputnik). También que la flamante ministra, Carla Vizzotti, tiene a su hermano Pablo como Director de Relaciones Institucionales del ministerio.

Como se ve y sabe cualquiera que conozca esta inveterada costumbre local, los privilegios no empezaron con la colocación de vacunas, sino mucho antes con la colocación de parientes y amigos en empleos estatales de los mejores remunerados. El trabajo en el Estado no protege del Coronavirus pero a muchos los protegió de trabajar en serio durante años.

Así las cosas, una pregunta posible sería ¿cómo podría razonar sobre la existencia de privilegiados, sino con absoluta naturalidad, quien ocupa un lugar por el privilegio de ser pariente? ¿Por qué habría de sorprenderse el sobrino de González García de que alguien llegara mediante una recomendación, por la puerta del costado y en un ascensor secreto, si él estaba allí en virtud de esa lógica? Para el jefe de Gabinete del ministro se trataba de una extensión del mismo procedimiento.

A esta altura el beneficio de las vacunas en el ministerio y el Posadas se constituye en el mayor escándalo de los últimos años, y su condena en la sociedad quizás sea más contundente que la de los peores casos de corrupción económica -se sabrá al momento de la próxima elección parlamentaria- porque conecta directamente con la posibilidad de muerte de quienes son dejados al margen, trágicamente los abuelos y aquellos con una enfermedad.

Pero su base conceptual no difiere de otras prerrogativas de aquellos que se adueñan del Estado como su propiedad. Por ejemplo la de cobrar una doble jubilación millonaria mientras decenas de miles de jubilados apenas subsisten con la mínima. Y no hay ley que justifique una actitud tan desaprensiva con el prójimo.

El Gobierno debe saber, también, que la salida del ministro de ninguna manera encapsula la crisis. ¿Cómo sostener la inocencia de Carlos Zannini, quien aparece en los registros vacunado como personal de salud, y de Daniel Scioli, entre otros representantes del kirchnerismo? ¿Acaso el procurador del Tesoro e ideólogo K y el embajador en Brasil desconocían la irregularidad de la que formaban parte? Zannini y los otros 69 beneficiados (según la primera lista difundida) eran muy conscientes de que la vacuna es un bien escaso, y de que las dosis que les inocularan a ellos no llegarían a los que se hubiera anotado según el proceso exigido. En este caso, quien propició el vacunatorio Vip es tan responsable como quienes se beneficiaron de su existencia. No hay inocentes ni desprevenidos en esta historia.

Resulta curioso hoy recordar las acusaciones de Mariano Recalde, senador del Frente de Todos, a Horacio Rodríguez Larreta por no haberse vacunado.

La actitud del jefe de Gobierno y sobre todo de su ministro de Salud, Fernán Quirós, de esperar el turno que les correspondiese (luego de los grupos de riesgo y los trabajadores esenciales) constituyen una decisión ejemplar.

No tanto por mérito propio -al fin hacen lo que corresponde- sino por oposición.

Y no deja de ser sintomático de la Argentina, una vez más, que una decisión ética adquiera el carácter de excepcional.

 CLARIN

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