De Sourrouille a Guzmán, el riesgo de aplaudir antes de tiempo

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Al radical lo llevaron en andas. Y se ovacionó a Cavallo, Boudou y Kicillof. Siempre por proyectos que acabaron mal.

Fernando Gonzalez

Martín Guzmán no es el primer ministro de Economía al que celebran en un evento público. Los aplausos que le ofrendaron los empresarios que fueron a la Casa Rosada hace una semana tienen antecedentes que siempre es útil refrescar. Sobre todo, porque esas vivas anticipadas no son condición necesaria ni suficiente para que la gestión del aplaudido termine indefectiblemente en éxito. Ya se sabe que la Argentina es un laboratorio perfecto cuando se trata de encontrar los caminos del fracaso. Por eso, la inversión más aconsejable desde hace medio siglo sigue siendo la prudencia.

No fueron prudentes los dirigentes radicales el 1º de diciembre de 1985, cuando levantaron y pasearon en andas a Juan Vital Sourrouille por los salones de Parque Norte. Estaban en el poder de la mano de Raúl Alfonsín, acababan de ganar las elecciones legislativas y el Plan Austral llevaba apenas cinco meses victoriosos frente a la inflación. “Por suerte no perdí la virginidad ni la billetera”, dijo entonces aquel ministro de Economía honesto que perdería finalmente la batalla contra el costo de vida. La UCR se iría de la Casa Rosada en medio del caos social y de la hiper.

Tampoco fueron prudentes los empresarios que ovacionaron a Domingo Cavallo en los tiempos de aquel dogma un peso-un dólar, que puso en marcha durante el gobierno de Carlos Menem, ley que pareció la panacea de los derrumbes económicos. Y repitieron la imprudencia el 27 de marzo de 2001, la tarde en la que asumió para salvar a Fernando De la Rúa. “La convertibilidad no va a ser abandonada”, prometió Mingo, para que se repitiera la ovación de un establishment atemorizado. Nueve meses después se supo cómo terminó todo aquello.

La privatización de YPF también fue aplaudida con Menem, con el voto de Oscar Parrilli y con la indulgencia de Néstor y Cristina Kirchner. Del mismo modo en que fue ovacionada la estatización de la petrolera supuestamente gratis, para después pagar 5.000 millones de dólares cash y otros 6.000 en bonos con los que habrá endeudamiento hasta 2034. Los ministros económicos de aquella argentinización tan costosa fueron Amado Boudou y Axel Kicillof. Con que eche una ojeada a estos pocos antecedentes, porque hay muchos más en el pasado reciente, el investigador y académico Guzmán tendrá un paracaídas inmejorable con el que escapar de la trampa.

Es que la economía argentina sigue cuesta abajo. Es cierto que la pandemia condiciona a todos los países del planeta y es cierto también que la negociación para refinanciar la deuda con los bonistas tuvo un final aceptable. Pero la recesión no encuentra el piso desde el cual rebotar y la inflación emite cada vez más señales de alarma. Los aplausos a Guzmán llegaron cuando el ministro explicó que la causa de la suba de precios eran los desequilibrios macroeconómicos. También podrían haberlo aplaudido si hubiera dicho que la causa de la tierra mojada es la lluvia. El tema es cómo prevenir y aplacar el efecto de la tormenta.

La AFIP informó ayer que, entre noviembre de 2019 y el mismo mes de 2020 cerraron en la Argentina nada menos que 22.176 empresas y se perdieron 296.000 puestos de trabajo. Comercios, oficinas, talleres, pymes, empleos, proyectos y sueños que se derrumbaron. Ahí tiene el ministro Guzmán uno de los desafíos concretos para resolver en los tres años intensos que le esperan. Mientras tanto, los dirigentes que lo aplaudieron podrían hacer un ejercicio más contundente de prudencia y evitar el entusiasmo fácil que tanto encandila y enceguece a los ministros que luego se van quemando en el mismo infierno.
CLARIN

 

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