Menem, el hedonista del poder

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Presidente por 10 años, sacudió al peronismo y al país. Fue un símbolo del pragmatismo político y de la frivolidad.

Fernando Gonzalez

Alcanzan veinte años para asegurar que la del ’90 fue la década menemista. Y lo fue por Carlos Menem, claro. Por sus aciertos y por sus errores. Por ese carisma innegable que lo llevó a ser presidente, por esa vocación transgresora que le permitió transformar a la Argentina y por esa laxitud que tiñó a su gobierno con los colores primarios del desempleo y de la corrupción.

Nada fue discreto en su existencia. Y las fotos que recorren los medios y las redes sociales lo certifican a primera vista. George Bush padre, hijo y Fidel Castro. Bill Clinton y Hugo Chávez. Nelson Mandela y la reina Isabel de Inglaterra. Maradona y Pelé. Madonna, Michael Jackson y los Rolling Stones haciendo morisquetas en la puerta de la Quinta de Olivos. Su vida es ideal para una película. Tanto que Amazon Prime Video ya está filmando una serie de ficción titulada “¡Síganme!”. “Un thriller político mezclado con comedia dramática”, explican.

Menem instaló en la Argentina el concepto de fake news mucho antes incluso de que llegara Internet. La gran promesa de su campaña presidencial en 1989 fue el “salariazo”, que jamás se concretó. Y llegó a anunciar en 1996 la licitación de vuelos espaciales a través de la estratósfera para ir a Japón o a Corea en una hora y media. Podía decir una cosa y después hacer exactamente lo contrario sin que se le moviera un pelo. Algo parecido le sucede hoy a Alberto Fernández, quien se choca a todo momento con videos que le recuerdan los valores diferentes que defendía hasta hace muy poco tiempo. Tal vez, a Menem le importaban menos las contradicciones.

Conmovió al peronismo cuando impulsó una ola de privatizaciones de las empresas del Estado que movilizaron más de 100.000 millones de dólares en inversiones externas. Los peronistas debieron tragarse también a Domingo Cavallo superministro de economía y a María Julia Alsogaray como aliada política y funcionaria del círculo íntimo del poder. Menem los llevó de las narices porque el riojano ganaba elecciones, armó el Pacto de Olivos y la reforma constitucional con Raúl Alfonsín para garantizarse diez años de mandato. Hasta Néstor Kirchner y Cristina aceptaron la venta de YPF a cambio de consagrar el feudalismo en Santa Cruz.

Tomaba decisiones sin hesitar. Elogiadas y condenadas, pero siempre pragmáticas y contundentes. El indulto para los jefes militares que ejercieron el terrorismo de Estado y para los jefes guerrilleros de la violencia armada. La orden para aniquilar a sangre y fuego la rebelión carapintada de 1990. El fin de varias líneas de ferrocarril con aquello de “ramal que para, ramal que cierra”. Toda matizado con el culto frívolo a las celebridades y la foto de la Ferrari roja con la que volaba a la costa atlántica en apenas tres horas.

El swiftgate, los ataques terroristas a la embajada de Israel y a la AMIA, la explosión en Río Tercero y un halo de impunidad que se volvió intolerable rompieron aquel hechizo inicial. Sobre todo cuando la economía comenzó a derrumbarse después del Efecto Tequila, que cambió el escenario financiero global. El tráfico de armas argentinas a Ecuador, en pleno conflicto con Perú, convirtió a Menem en un presidente con mala imagen al final de su mandato. Algunos meses más tarde, terminaría preso por esa misma causa con un régimen sin sufrimientos y con visitas en la quinta del amigo Armando Gostanian.

Después vivo el intento fallido del retorno en 2003 y el abandono para evitar la derrota en el ballotage frente a los Kirchner. Ya no hubo recuperación para Menem, quien debió atravesar los años del desierto kirchnerista condenado a ser el demonio funcional del neoliberalismo que adoraron hasta algunos menemistas sin memoria. Los votos que el riojano les ofrendó como senador en los últimos tiempos, no alcanzaron para que el tuit de despedida de Cristina tuviera algún destello de calidez. La política esconde afrentas que nunca encuentran sosiego.

La de Menem es una de las tantas metáforas de la Argentina. La del dirigente que llega al máximo escalón del poder desde un pueblito olvidado al pie de los Andes. La del hedonismo en la construcción de un proyecto político y la del desperdicio de otra posibilidad de despegue para el país a la deriva. No pudieron despojarse totalmente de las ropas del fracaso ni Alfonsín, ni Kirchner, ni Cristina ni Macri. Y tampoco Carlos Saúl Menem, que rogaba que lo siguieran porque no nos iba a defraudar. Pero que también se quedó a mitad de camino.
CLARIN

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