Hoy es 17 de octubre y el revuelto museo argentino está de fiesta.


Miguel Wiñazki
Con la curaduría de Hugo Moyano, el sindicalista ejemplar según el Primer Magistrado, ya llega la marcha a todo volumen y sus camiones a bocinazos bravíos transitando admonitorios por las calles y por las pantallas.

No se vislumbra el porvenir. El pasado se inmiscuye como siempre en el futuro.

Algunos abanderados veteranos de la Triple A no habrán de perderse el poderoso y atávico desfile.

Se siente, la mafia está presente.

Una distópica máquina del tiempo lanzó al peronismo entero a un disímil y pretérito territorio cronológico.

El justicialismo se dispersó en el ayer.

Algunos quedaron petrificados en el ‘45, cuando Perón y Evita de verdad salían al balcón. Otros permanecen en los 70, levantando banderas ensangrentadas, con el acompañamiento poderoso de La Cámpora, y de Máximo Kirchner; una coreografía murguera que no renuncia a las cajas políticas con dinero a raudales. El Primer Magistrado, nostálgico del 2003, persiste extrañando a Néstor. El festival es una galería retrospectiva que -obvio- excluye toda innovación, según la naturaleza museológica y por lo tanto firmemente melancólica del movimiento que trama el pasado con tanta enjundia que el mañana no llega jamás.

La pregunta es: ¿en qué momento de la historia está Cristina Fernández? Una hipótesis: transita su propia temporalidad personal dislocada del real tiempo social. CFK como la Molly Bloom del Ulises de Joyce, pero sin estética, derivando en su monólogo interior abigarrado en este caso por la íntima necesidad de exculparse de todo pecado.

En sintonía con el decisionismo bíblico de Nicolás Maduro que ha decretado que Navidad es ahora, ella maneja el biorritmo de la política según su propio reloj interior y al que no le guste que se subordine, según lo demuestra su manejo ex-cathedra del Senado.

En simultáneo con la fiesta de los dispersos en el tiempo, el dólar sigue a la vez su propio camino al cielo elevándose sin fin, garantizando el abismo inenarrable del peso argentino y la pobreza que se amplía como un pozo que no tiene fondo, aunque el Primer Magistrado haya afirmado que estamos precisamente en la tierra firme y negra del último círculo del infierno de la tragedia Argentina, respecto del cual solo cabe ascender.

Es una visión esperanzada, aunque no se hayan diseñado los argumentos que permitan sostener la fe requerida en una resurrección que nunca llega.

No hay plan. No hay brújula. No hay política.

Muchos, con alevosía, confunden revolución con usurpación.

La eterna regresión museográfica nacional es, sin embargo, dinámica y precisamente atravesada de usurpaciones consolidadas, feroces, sobre todo en la Patagonia, ilegales pero justificadas por ideólogos y oportunistas.

Todo está circunvalado por la inseguridad, atiborrada de robos y de asesinatos que corrieron a un lado cualquier forma de piedad y de sentido de la convivencia.

El show de la muerte cotidiana a mano armada no falla. Las cámaras lo exhiben, y el país lo constata. No por eso cesan los crímenes. Al contrario, se multiplican.

Pero el Día de Lealtad existe igual y más que nunca y como siempre: con inflación, violencia, exclusión social, aunque permanentemente se mienta con la inclusión que el peronismo generaría por arte de magia. Pero hace muchas décadas que ya no la genera.

Desde el hieratismo de su propia momificación, el General observa desde el balcón en las alturas y es a la vez observado por todos sus herederos; el pueblo de Santi Cafiero. La comunidad organizada holográfica concibe al líder según las diversas ópticas que lo deconstruyen y construyen de acuerdo a sus caprichosos, capciosos y múltiples intereses creados.

La fiesta virtual, real, hiperreal, moyanista, peronista, cristinista, ¿albertista?, onírica y delirante de la lealtad, emerge conjuntamente con el coro acallado de los triunfalistas de la pandemia.

El silencio de los “vencedores” del coronavirus crece conjuntamente con la avanzada de la peste que contagia y mata como si no hubiera acontecido el interminable confinamiento y el abandono de la economía a la buena de Dios.

Pero no sabemos si Dios existe.

Y por consiguiente dudamos de su nacionalidad argentina (pareciera que no, más allá de que la representación católica, urbi et orbi, haya recaído en un apóstolico nativo del barrio de Flores.).

La única certeza es que el 17 de octubre sí existe, ese invulnerable tótem del pasado, esa mitología que tutela al inconsciente colectivo, esa reverberación del arcaísmo con bombos y candombes que no resuelven ningún problema, que nos ata a todos a lo que ya fue, que nos convierte en espectadores de un balcón vacío pero apabullado de fantasmas.

La fantasmagoría nacional atraviesa las paredes, araña las piedras, cierra los ojos de los vivos para soñar con todo lo que ya no existe, para concelebrar la murga irresponsable que danza en torno al lúgubre catafalco de la historia.

Y nada más.
CLARIN


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