También hay otro país.

Pocas veces se lo ve o escucha en las primeras planas de los diarios ni en los talk shows de la televisión. Los episodios que cito a continuación apenas merecen, en medio del vendaval de noticias , unos pocos renglones o minutos...

Alvaro Abós

La Argentina es un país complejo en el que todo se discute con encarnizamiento. Ni más ni menos que en cualquier otro país de un mundo, que a sus tensiones naturales ha sumado una visita que no tocó el timbre: una pandemia que lo ha puesto de rodillas, y que muy pronto, quizás cuando estas líneas sean leídas, se habrá cobrado ya un millón de vidas en el mundo (más de 930 mil al día de hoy).

El país tiene problemas de gobernabilidad. La coalición oficialista y la opositora viven encontronazos. Afloran fantasmas del pasado como la corrupción, antiguas violencias no saldadas. Enfrentamientos añosos, discrepancias entre la ciudad portuaria y las provincias interiores. Desigualdades de todo tipo a las que se agregan reclamos de un tiempo nuevo: mujeres, cambios climáticos.

Médicos, enfermeros, policías claman por salarios que cada día quedan más estrechos. Un vasto contingente de jubilados se lamenta. Las instituciones crujen, comenzando por la Justicia.

También hay otro país. Pocas veces se lo ve o escucha en las primeras planas de los diarios ni en los talk shows de la televisión. Los episodios que cito a continuación apenas merecen, en medio del vendaval de noticias , unos pocos renglones o minutos.

Cada noche se desguazan estatuas y se roban llamadores de las puertas. A la estatua del tribuno, por ejemplo, le rebanan una mano o el bigote.

Son rapiñas menores, podría decirse picardías… Se llevan la placa que en la pared recordaba a cierto vecino ilustre. O la chapa del portero eléctrico, fácilmente “extirpada” mediante un simple destornillador. Se roban hasta los recordatorios y los floreros de los cementerios.

Son, al fin y al cabo, incursiones menores. A veces el asunto pasa a mayores y, grúa mediante, desaparece el monumento entero. ¿Explicación? El cobre, el bronce se pagan bien en ciertas cuevas.

En la madrugada un camión frigorífico se detiene en una ruta. ¿Accidente, quizás un embotellamiento? Como salidos de la nada, decenas de hombres, mujeres y niños saquearán la carga en minutos, en segundos: el camión transportaba carne congelada.

Los linchamientos se repiten en toda la geografía argentina. Un ladrón es sorprendido in fraganti y los vecinos, literalmente, lo ejecutan sin más.

En esos oscuros rincones no se discuten ni la reforma de la Justicia, ni las medidas contra la impunidad o la ampliación del fuero federal, temas que en tales latitudes son abstracciones marcianas. Ya se implantó ahí el jurado popular y rige un código de procedimientos sumario. Que incluye la pena capital.

Quien repase las noticias de los últimos días encontrará estos hechos, a veces escondidos, a veces fugaces. Mi memoria, ya larga, atesora otros tantos, en lejanas crisis.

Estas formas de anomia y otras muestras de disolución social son frutos amargos -ya pintorescos, ya atroces- de la larga decadencia argentina, antecesora del Covid 19 y que persistirá, multiplicada, cuando la pandemia se vaya. A saber: cincuenta por ciento de pobres, pérdida de poder adquisitivo, hundimiento de la moneda, tercer año en recesión, pronóstico, para este año, de una caída del diez por ciento del PIB, según las estimaciones oficiales, o mucho más según otras fuentes.

Pero cada una de estas desgracias se inscribe a su vez sobre un hecho que, este sí, es devastador. Y que no debería postergarse nunca, ni siquiera por los acontecimientos más acuciantes. Es éste: en la Argentina, según el informe de la UNICEF conocido el pasado 5 de agosto, los niños pobres han pasado de siete millones que había en diciembre de 2019 a ocho millones trescientos mil que habrá en diciembre de 2020. Son el 62,9% de los niños y adolescentes de Argentina.

Que hay gente, en el Estado y fuera de él, que lucha sin descanso contra este flagelo, sería necio e injusto negarlo. Pero es indigno que conviva con situaciones que terminamos naturalizando. Por ejemplo: que un ex miembro de la Suprema Corte cuente en su billetera, cada mes, con ochocientos cincuenta y tres mil razones para alegrarse. Que una vicepresidenta anteponga sus conflictos personales y/o judiciales a cualquier otra necesidad de la comunidad que la ha votado. O que otro ex presidente se tome paradisíacas vacaciones mientras miles de argentinos no pueden ver a sus hijos que habitan a pocos kilómetros porque no hay transportes públicos.

Ocho millones de niños pobres, ocho millones de pasaportes a la nada.

Alvaro Abós es escritor y periodista.
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