El tapabocas como significante.

“¿Qué quedó silenciado que, tal vez, se tenía que haber dicho y no se dijo?“ se interroga Diana Sahovaler. 

Alejandro Czerwacki

“Llegó para quedarse” es una frase tan escuchada de estos tiempos que parece un mantra en cuarentena. Pero además de referirse al uso del tapabocas, también apunta a la tecnología social, a la utilidad de las múltiples pantallas que nos comunican con los otros para nuestra cotidianidad, el trabajo, estudio, clases recreativas y hasta el sexo. De la exposición en las redes sociales a esta necesidad imprescindible de exhibirse gracias a la web y las aplicaciones, lo analiza la psicoanalista Diana Sahovaler de Litvinoff.

 

- ¿El límite entre lo público y privado se hizo difuso con la cuarentena?

- Actualmente con la cuarentena, que obliga a una convivencia continua, se pone en juego esta tensión entre lo público y lo privado. Pero aunque la coexistencia sea de 24 hs, los aspectos más íntimos se mantienen en secreto. Desde ya, hay situaciones privadas que uno querría ocultar, que pueden salir a la luz en estos contextos, aspectos relacionados al cuidado o la higiene corporal, intolerancias o malos humores. Por eso es importante tener en cuenta que la cuarentena es una situación de excepción, que requiere mayor tolerancia que otros momentos. Se suele generar una mayor sensibilidad al estar restringido el espacio físico y el tiempo. O sea, ante la aparente contradicción entre “uno muestra lo que quiere mostrar” y “lo íntimo se hace público” podemos decir: en general uno muestra lo que quiere mostrar, la imagen que quiere dar, y esto es lo más frecuente.

- ¿Los aspectos más íntimos siguen siendo secretos?

- La intimidad siempre está a resguardo. Por más que estés todo el día con una persona compartiendo situaciones de cercanía, lo íntimo de cada uno no se comparte aunque estés viviendo todo el tiempo en cuarentena. La dificultad para mantener cierta privacidad no tiene que ver con la intimidad, que está más vinculada con secretos personales, cosas que no muestra por redes sociales, algo que queda a resguardo.

-Es decir, que pese al confinamiento y estar tanto con otros en un mismo espacio, hay algo que no se comparte…

- Si, toda persona guarda sus secretos, lo que le avergüenza que los otros conozcan, lo que lo hace sentirse más vulnerable, lo más doloroso. Y se preserva a pesar del empuje social actual hacia la exhibición. Pero la idea de una separación tajante entre lo público y privado e íntimo es una ilusión. Porque el individuo construye su identidad e intimidad en la relación con los otros, con las figuras importantes de su entorno que son sus modelos. Lo más íntimo también proviene de la relación con nuestros semejantes. También sucede que muchas cosas que se consideraban íntimas en el pasado no lo son ahora, porque el concepto de íntimo y público es cultural, va cambiando con el tiempo. Eso sucede con el cuerpo: exhibir ciertas partes de la anatomía puede ser usual ahora, pero hasta hace no mucho constituía un escándalo.

- ¿Cómo se manifiesta esa delgada línea entre lo público y lo privado cuando la comunicación es a través de las pantallas por trabajo, estudio o entretenimiento? ¿Hay una exhibición forzosa?

- Los estados anímicos cambiantes en confinamiento, ese “estar en crudo”, no siempre aparecen tan abiertamente en la conexión laboral, de estudio. Las personas pueden sentir que los otros entran de algún modo a su casa, a su familia. Pero la escena que se muestra, se arma, lo que se da a ver es la imagen que la persona intenta mostrar. Por supuesto hay situaciones que escapan al control y pueden colarse: de pronto puede verse determinado desorden, o un niño que aparece saludando a la pantalla. Hay un otro que entra a tu casa, un compañero de trabajo que mira tu ambiente, a pesar que mostrás algo acotado. Como sucede con la vida fuera de la cuarentena, cualquier situación emocional, aunque se quiera maquillar u ocultar, puede aparecer a la luz de todos modos. Mostramos más de lo que nos damos cuenta y también podemos decir que nunca mostramos todo.

- Cuándo salgamos del confinamiento, la tecnología social ¿se convertirá en una fortaleza que llegó para quedarse o será la era de la saturación de las pantallas?

- En este momento las pantallas favorecen la comunicación, el trabajo y los encuentros. Pero también se da una saturación porque casi todo pasa por ellas. El futuro de las relaciones a distancia es algo que no se puede anticipar, difícil predecirlo. La realidad ha demostrado que las personas buscan encontrarse personalmente, compartir una comida en un restaurante, ir al cine y no por la web. Hay gente que ahora mismo está poniendo ciertos límites a la conexión.

- También se instaló con más fuerza el sexting y lo erótico a distancia, donde exhibir los cuerpos justamente está validado…

- Las redes siguieron funcionando para el encuentro de parejas sobre todo un recurso para gente que está sola, para seguir el vínculo, aunque seguramente algunos habrán roto la cuarentena también. Así como luego de los hippies y la libertad sexual llegó el SIDA y pareció que era un castigo porque hubo demasiado descontrol y el sexo quedó muy restringido y peligroso, ahora pasa algo parecido. Veníamos del consumo, el turismo, y se ha pasado a una restricción que algunos ven como castigo a lo anterior y la restricción sexual entre parejas. Hay que tener cuidado en ver esto como castigo, no transformar a la víctima en un victimario. Más allá del virus, pensar que el otro es peligroso… El significante del tapaboca es muy fuerte, ¿qué quedo silenciado que tal vez se tenía que haber dicho y no se dijo? Pero debemos estar atentos a las recriminaciones que culpabilizan. Restringir el placer y la sexualidad no es una condición de salud. Pero la concepción del otro como alguien contagioso o peligroso, propia de una sociedad individualista, vuelve a tomar preponderancia, interfiriendo el camino del amor y el sexo.

Señas particulares
Diana Sahovaler de Litvinoff es psicoanalista, psicóloga egresada de la UBA, Analista Didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de la International Psychoanalytical Association y actual integrante de la Comisión del Instituto de Psicoanálisis Ángel Garma. Autora del libro “El sujeto escondido en la realidad virtual”. Es analista y supervisora Didacta en China, enviada por la IPA. Fue Directora de Seminarios y Supervisiones del Instituto Latinoamericano de Psicoanálisis y Profesora del ILAP encargada de la difusión de esta disciplina en América Latina. Es miembro de la Federación Psicoanalítica de América Latina.
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