No es fácil detectar la diferencia entre los dos Albertos: ambos son sumisos ante Cristina.


Alejandro Borensztein
Antes que nada, queremos desearle al Gato que disfrute mucho de París, que la pase lindo, que no se preocupe, que andamos bien, que sólo estamos atravesando una mala racha y que, si tiene un minuto libre, nos mande un mensajito explicando quién es el nuevo líder de la oposición porque se ve que a él no le estaría interesando.

 

Dicho esto, me gustaría amigo lector proponerle una idea para quitarle dramatismo a la situación política y bajarle el tono al intercambio de agravios que van y vienen entre el Gobierno y sus críticos o entre el Gobierno y el Gobierno.

Imaginemos por un momento que todo lo que nos pasa, políticamente hablando, es una simple comedia del cine nacional y que cuando aparece Alberto Fernández todos pensamos que es Rolo Puente, ¿ok? Eso nos va a servir para transformar nuestra realidad en algo mucho más simpático y divertido. Es una idea nomás.

Sin dejar de tener en mente la imagen del inolvidable Rolo, vamos a lo importante.

Esta iniciativa surgió como consecuencia de que el pasado miércoles, en la presentación del proyecto de reforma judicial, quien apareció frente a las cámaras no era el Alberto de los Miércoles sino que, evidentemente, era otro Alberto. Posiblemente era el de los Jueves, una de las líneas internas más flojitas del albertismo, o el de los Lunes que es la rama que deambula entre el chavismo y López Obrador pero que al final, como le pasa siempre al kirchnerismo, termina más cerca de Stroessner que de otra cosa.

No es fácil detectar la diferencia entre estos dos Albertos, el de los jueves y el de los lunes, ya que ambos son igualmente sumisos ante Cristina. Para colmo, los dos te levantan el dedito del mismo modo cuando dicen “yo siempre les digo a los argentinos”. Le reitero amigo lector, cada vez que nombramos a Alberto Fernández, usted piense en Rolo Puente. Va a ver que así todo es mucho más llevadero.

En ese contexto, el Presidente presentó un proyecto para reformar la Justicia y una comisión asesora de 11 notables constituida por el abogado de Cristina, Carlos Beraldi y 10 más.

No entiendo de qué se sorprenden aquellos que se quejan por lo grotesco de poner al propio abogado de la vicepresidenta al frente de una comisión especial cuya tarea será estudiar las reformas que pretenden hacerle a la misma Justicia que la está juzgando.

Recordemos que esta gente es la misma que alguna vez acordó con Irán la formación de una comisión especial entre argentinos e iraníes para investigar el atentado que organizaron los iraníes. Evidentemente, este formato es una especialidad de la casa.

La bravuconada de colar a su propio abogado en la comisión también es parte de la tradición kirchnerista “yo hago lo que se me canta y te lo refriego en la cara”. De ahí que al acto de presentación del miércoles no fue el Alberto de los Miércoles, más independiente y democrático, sino alguno de los Albertos más maleables. O sea, entra a cuadro Moria y le dice a Rolo “soy una diva totaaal, nombro a quien se me da la gana y al que no le gusta me lo paso por las tetas” y acomodándose los guantes negros sale de cuadro como una diosa mientras Parrilli le abre la puerta del auto, baja la cabeza, cierra la puerta, se acomoda la gorra, se sube al volante y se van, ante la mirada de Rolo en plano corto. A Parrilli te lo resuelvo con algún actor de “Los bañeros más locos del mundo”. Después elegimos.

Como ve, amigo lector, con este sencillo recurso narrativo transformamos un episodio de gravedad institucional inusitada en una simpática comedia picaresca. Esto nos permite digerir mucho mejor la angustia que nos produce la realidad.

De todos modos, la idea de una reforma judicial nos propone un desafío extraordinario.

Tal vez llegó el momento de plantearnos algo que es políticamente incorrecto pero que podría ser una sabia decisión. Veamos: Si el precio que debemos pagar para modificar el Poder Judicial y tener finalmente una Justicia como Dios manda es olvidarnos de todos los chanchullos cometidos por The Kirchner Group & Associates, tal vez sea negocio.

Despojémonos de toda pasión y seamos pragmáticos. Si vamos a pensar en la guita que se le traspapeló a esta gente durante 12 años no tiene sentido amargarse. Por ejemplo, de los 70 palos verdes en propiedades que le encontraron al secretario de Néstor Centro Cultural no recuperamos nada. Ni se va a recuperar. O sea, por más que se pruebe lo que se pruebe, está claro que la guita no la devuelven nunca más.

Tampoco van a ir presos. No fue preso Menem que está atrincherado en el Senado con sentencias de todos los colores, mucho menos va a ir presa Cristina o alguien de su entorno. Además, no está bien visto entre los países occidentales andar encarcelando expresidentes. Queda mal.

Por lo tanto, sólo nos restan dos posibilidades: vivir refunfuñando por todas las chanchadas que quedarán impunes o dejarlo pasar y aprovechar la oportunidad para organizar una Justicia más seria.

Esta idea se basa en el mismo principio que utilizó Alfonsín cuando acordó el Pacto de Olivos y le concedió a Menem la reforma constitucional que habilitó su reelección. Don Raúl sabía que el turco iba a resolverlo por la buenas o por las malas y eligió aprovechar la situación para involucrarse en el tema y mejorar, a su entender, la Constitución.

Eso nos lleva a la pregunta del millón: ¿Serán Tío Alberto y sus amigos capaces de transformar la Justicia en un poder independiente y moderno o son los mismos inútiles de siempre que quieren controlar a los jueces como ya lo hicieron en la década genial y ni hablar en Santa Cruz?

No sea cosa que nos pongamos de acuerdo, le perdonemos las travesuras al Holding Kirchner Corporation y después sigamos con los mismos Canicobas y Oyarbides de siempre.

Llegado a este punto y antes de amargarnos, volvamos a pensar que Tío Alberto es Rolo Puente. Estamos en una comedia, ¿ok? Si no, nos morimos de angustia.

Lo único que ya podemos ir anticipando es que no creo que puedan imponer una reforma. Un gobierno que no ha sido capaz de hacer una simple campaña publicitaria explicando que el barbijo se usa con la nariz adentro, difícilmente sepa hacer un plan para cambiar la Justicia. Y como en toda comedia de enredos, la tradición indica que al final les sale todo mal. Cierra con plano corto de Marrone mirando a cámara y diciendo “¡Cheeee!”.

Un detalle al margen. En el debate parlamentario de esta semana, el senador Martín Lousteau dijo que el diputado kirchnerista José Mayans “habla de cualquier cosa como Mario Sánchez”, recordando el genial personaje del querido Mario cuando hablaba de las flores y los pajaritos.

Cristina lo frenó diciendo “le recuerdo senador Lousteau que no puede dirigirse en términos ofensivos a ningún senador… lo acaba de comparar con un cómico” (textual).

Caramba. Con todo respeto, no conozco un solo político de los últimos 25 años que le haya dado tanta alegría y felicidad al pueblo argentino como lo hicieron Olmedo, Porcel, Altavista, Calabró o el propio Mario Sánchez. O Tato. No es una ofensa en absoluto ser comparado con un cómico. En todo caso, es un elogio exagerado para un político que no le llega ni a los talones a ninguno de aquellos artistas.

Tanto como para alegrarnos un poco la vida, pensemos que por suerte esta semana volvieron las peluquerías. Como la de Don Mateo con el Gordo Porcel.

Y con Rolo Puente. Capo.
cLARIN

 

 


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