Detrás del Estado hay otro Estado, un anti Estado; es la concepción de Norberto Bobbio, el gran politólogo italiano.


Miguel Wiñazki

 Es un cripto Estado, una dimensión secreta y activa, una zona oculta detrás de lo público: son las mafias encubiertas, protegidas y amparadas por el Estado manifiesto.

 

Hay un Estado visible y otro invisible. Es un subgobierno que cuartelea al gobierno público, que lo envía a hacer saltos de rana, a comer sapos y culebras, a arrastrarse por la basura, a desdecirse, a contradecirse y a llevar adelante cualquier designio que ese poderío solapado determine.

Pero en la Argentina el Estado oculto salió a la luz: adyacente al gobierno de entonces contando dólares por centenares de miles en una cueva.

El Estado invisible se vió y se ve. Salió de las tinieblas.

Está en la superficie. Hay, por ejemplo, un sindicalismo de Estado asociado al Estado o, más precisamente, al gobierno que coloniza al Estado.

No hace falta que Bruno Díaz se enmascare como Batman. Detrás del Estado está Moyano, y detrás está Cristina y todo está a la vista. ¿Están detrás o delante del Estado?

Los servicios secretos también configuran un cripto Estado, un Estado al interior del Estado, pero aún permanecen en un claroscuro.

Los funcionarios del Estado Público gobiernan, los personajes que integran el Estado “encubierto”, el Anti Estado, mandan.

En éste juego loco de la Argentina, el Anti Estado se antepone efectivamente al Estado. Los que mandan, mandan ya sin máscaras.

Son tan adinerados y se han apoderado de inmensos montos decisionistas como para imperar, y no desde las sombras como teorizaba Bobbio, sino a la luz, sin penumbras. La linternas que se encendieron para exhibirse impunes aceleraron la urgencia de sus mandamientos.

Se gobierna según las Tablas de la Ley de los que desde el Monte Sinaí de la conducción real, ordenan y manejan los destinos de todos.

Precisamente la ley es un objetivo. Según las nuevas Tablas que descendieron desde ese Olimpo de poder, deberá rediseñarse la justicia, y salvaguardar a la conductora de todo mal cometido.

“Las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante”. Y la idea dominante entre los que mandan es la de la reforma de la justicia, para dominar más, para mandar sobre mayores extensiones y con menores escrutinios, aunque se propagandice lo contrario.

Explicó Bobbio sobre el Anti Estado que tutela al Estado abierto: “Se trata de un poder que lleva a actos políticamente relevantes sin que de ello derive responsabilidad política alguna; por el contrario busca sustraerse a través del secreto de sus responsabilidades civiles, penales y administrativas normales”.

Es tal el desbarajuste argentino, que ese otro poder, opera solar y sin tapujos, y aún así se sustrae de responsabilidades.

Es impunidad a la luz del día.

La duplicación del Estado en uno público, y en otro secreto y potentemente operativo, es ya una degradación extremadamente difícil de resolver, pero la duplicidad del Estado, a puertas abiertas es una disipación del sistema Estatal en una desorganización muy propicia a cualquier ilícito que capitalizan muy bien los delincuentes de todo pelaje.

Si la corrupción política se despliega bajo el relampagueo de los flashes, la delincuencia de la gama y delincuencia común ni siquiera se refugian en las sombras, delinquen más allá de las cámaras de videovigilancia y de la mirada de todos. Ver ya no es promover el recelo y el escondrijo calculador de los bandidos.

Hay ambulancieros que reparten “falopa”, y sus jefes los encubren y vociferan la protección otorgada.

La mirada y la escucha pública no desacelera el crimen.

El Estado se desdibuja y la criminalidad en todos los niveles advierte que se desintegra la base sustantiva del Estado mismo: el monopolio de la fuerza.

Las armas se dispersan, y la Argentina violenta avanza.

Los jubilados como blanco de la delincuencia, son un símbolo aterrador y también lo es la venganza de los adultos mayores, que pueden a la vez matar acorralados por la anarquía de los intrusos.

Pero cae cualquiera, a cualquier edad, en cualquier parte. Caemos ante cámaras, ante los otros, desangrados tantas veces en soledad y desprotección.

¿Cuál es el plan para frenar a la Argentina violenta?

No hay plan.

Y entonces los delincuentes mandan.

Roban. Matan. Se asocian con altos poderes. Trafican. Son miles los que circulan armados.

Pero se pretende reformar el sistema legal, y no está nada claro si es para frenar la delincuencia o para potenciarla, enfatizando la salud de los enfermos morales que van ganando todas las pulseadas.
CLARIN


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