El disparate de ofrecerles billetes más baratos a quienes el relato de época K santifica como herederos de los 70.


Franco Lindner

No hubo anuncio oficial, pero la medida igual trascendió: por medio de la resolución que no logró evadir el radar del periodismo, el Banco Central presidido por Miguel Pesce acaba de autorizar que aquellos argentinos no residentes que perciban subsidios del Estado por crímenes cometidos en la última dictadura pueden comprar dólares sin el recargo del 30 por ciento y sin límites en el monto, y transferirlos a sus cuentas bancarias en el exterior. Es decir que los nietos recuperados o hijos de desaparecidos que residan fuera del país podrán adquirir la divisa verde a unos 70 pesos en vez de los más de 90 que hoy la paga el resto de los mortales. Privilegio que el Central no se molesta en explicar.

La medida, que naturalmente cayó antipática, solo mereció tímidas defensas por parte de algunos funcionarios oficiales, pero ninguno se detuvo en el punto nodal del problema: el hecho de tener una historia trágica y descender de combatientes supuestamente heroicos, según el relato de época del kirchnerismo resucitado, ¿es sinónimo de superioridad moral? O dicho de otro modo: ¿llevar en la sangre el ADN de aquellos militantes revolucionarios a los que Perón echó de la Plaza y que luego fueron cazados por la Triple A y finalmente por los militares del Proceso ¿da derechos que un silvestre asalariado burgués o un comerciante de clase media no tienen? O para interpretarlo de una manera más benevolente: ¿el favor de hoy venderles dólares baratos es una tardía compensación por lo que el mismo Estado argentino les arrebató en otra época? Pero, en tal caso, ¿para compensación no estaban ya los subsidios que los nietos recuperados cobran por esa pérdida?

El asunto es polemiquísimo por donde se lo mire. Y hace acordar a aquella escena que años atrás protagonizó un ilustre hijo de desaparecidos, Juan Cabandié, junto a una agente de tránsito que intentó hacerle una multa. El actual ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible primero llamó a un contacto para pedir que se le aplicara “un correctivo” a la joven, y luego le gritó a ella en la cara: “Yo soy más guapo que vos, ¡yo me banqué la dictadura!”. A lo cual la agente solo respondió: “Bueno, te felicito”.
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La militancia de los años 70 no merece ni idealización ni trato preferencial. Y mucho menos un dólar subsidiado.
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