A una década están unidos por una riesgosa cruzada en común: profundizar la grieta.

Expresan muy bien los odios, miedos e incomprensiones que anidan en el ADN nacional. Y lejos de pretender atenuarlo, creen que es un negocio que les sirve. Se equivocan. La grieta que los llevó al poder y los convirtió en líderes de sus agrietados es la misma que arruinó a la Argentina y los va a perseguir a ellos para siempre. Hay mercado. Ellos son victimarios, pero también son víctimas. Víctimas de un sector importante de la sociedad que necesita corporizar sus frustraciones en enemigos a medida. Y ellos dan el perfil justo. Para un 20%/25% de la población, Macri es la encarnación de un capitalismo salvaje, heredero de la dictadura, que llegó al poder para enriquecerse más y enriquecer a los suyos. Para otro 20%/25%, Cristina es la encarnación de un populismo salvaje, heredera del espíritu montonero de los 70, que llegó al poder para enriquecerse más y enriquecer a los suyos. Ambos espejan bien a sus representados y funcionan como el espejo invertido del otro.

Como en la caverna de Platón, quienes están encadenados adentro de ese universo de sombras enfrentadas están convencidos de que la vida es una simple construcción de héroes y villanos. Si algún día se llegaran a liberar, comprenderían lo complejo y fascinante que es el mundo real, y las ventajas de entenderlo. Un intelectual de carrera, actual funcionario y que estima a la vicepresidenta, explica: “Cristina también es como es por la construcción que los demás hicieron de ella. La imagen de los que la odian también la fue llevando a ser lo que es”. En torno al ex presidente, en cambio, nadie cree que su política de confrontación esté tan arraigada en él: “Le sirvió para ganar en 2015, pero enseguida quería cerrar el pasado y mirar hacia delante. Volvió a la grieta para ganar en 2017 y se quedó preso de ese marketing”, explica alguien que ya no está tan cerca de él. Oferta y demanda. Por convicción o por conveniencia, desde hace más de diez años se convirtieron en engranajes centrales de un circuito vicioso: ellos azuzan el choque social, los sectores a los que representan consumen odio y piden dosis adicionales, y los medios de comunicación que reflejan a esos sectores les dan lo que piden y un poco más. Después el circuito se realimenta, para peor. No se trata solo de un problema político. Es económico y por eso es de difícil solución. Y no solo es económico, porque de las diferencias económicas surgen las disputas primarias entre los distintos sectores sociales. Es económico porque existen esos núcleos sociales duros a los que la grieta les queda cómoda (encorseta bien sus angustias y temores, les facilita ver la realidad en blanco y negro). Son millones de personas que conforman una demanda tan importante que necesariamente genera una oferta para satisfacerla. Por eso también hay un cálculo monetario detrás de los mensajes agrietados de los políticos: cuanto más descalifican a sus adversarios más votos obtendrán, y cuántos más votos obtengan más posibilidades de llegar al poder y de controlar sus cajas, si ese fuera su objetivo. También para ciertos medios la grieta es un negocio. Como cualquier empresa, los medios tienen una lógica comercial (aunque para muchos el periodismo no sea un fin en sí mismo), pero la grieta aparece como un camino más sencillo para lograrlo. Lo prueban a diario: cuanto más se grita y se insulta en un programa periodístico, más rating tiene. El juego es más pornográfico en televisión, pero el modelo funciona en todas las plataformas. Clientes. El mercado de la grieta tiene su propia ley de oferta y demanda, y nadie en el capitalismo desperdiciaría una oportunidad así: si tantas personas compran odio, las fábricas que lo abastezcan funcionarán a pleno. Hay miles de familias que viven de eso: son las de aquellos políticos, sindicalistas, dirigentes sociales, consultores, economistas, intelectuales, periodistas y empresarios de medios, que hacen negocio con ese espectáculo. Incluso aquellos que no son conscientes de que lo están haciendo porque, de una u otra forma, también están adentro de la caverna. Como el rubro servicios de sus moradores. No es casual que tanto cerca de Alberto Fernández como de Rodríguez Larreta se los critique diciendo que una convivencia armónica entre ellos “confunde al electorado”. Así de transparente es ese mercado: el “electorado” son los clientes de cada uno y los políticos temen que si los clientes quieren grieta y se les ofrece puentes, los clientes se quejan. Por eso fue tan oportuno el intento de expropiación de Vicentin. Después de meses de “confusión” en los que el país parecía tender a cierta racionalidad compartida de búsqueda de consensos, la decisión del Presidente volvió a tranquilizar a ciertos consumidores. A unos, el intento expropiador les confirmó que Venezuela está a la vuelta de la esquina y, a otros, que lo que ahora está cerca es la seguridad alimentaria provista por un gobierno que piensa en el pueblo.

Sin embargo, estos últimos meses en los que un heredero de Cristina y otro de Macri se mostraron unidos y las encuestas respondieron con un fuerte crecimiento de sus popularidades, también indican que existe otro gran mercado. Pero este está ávido de mensajes antigrieta. Es un mercado que parece tener más lógica que el anterior. Un país sin grieta (es decir, sin la profundización de lo que son diferencias y debates razonables) generaría más confianza, más inversión, más posibilidades de hacer nuevos negocios sin miedo a que dos años después todo vuelva a cambiar. Además, sin grieta sería más sencilla la vida cotidiana, más llevadera, más amigable. Es cierto que muchas familias perderían los ingresos que hoy les generan sus respectivas grietas, pero si en lugar de volcar toda su libido en la confrontación lo hicieran en descubrir los beneficios del consenso, seguramente obtendrían nuevos y mayores ingresos. Presiones. Estamos ingresando a un peligroso tiempo de tensiones sociales y económicas. Algunos lo pueden ver como un caldo de cultivo ideal para sumar más electores o más rating. Pero esta vez no habrá ganadores, porque un elector desesperado y hambriento terminará por no votar a nadie, por comerse a todos. Y el rating no servirá para nada, porque no habrá un anunciante que pague por él. Aunque más no fuera por egoísmo y afán económico, salir de la grieta es el mejor negocio. Los Rodríguez Larreta, Vidal, Pichetto, Monzó, Frigerio de Cambiemos; los Massa y Lavagna del peronismo federal; los gobernadores como Schiaretti, Morales, Uñac, Bordet, Perotti; y los oficialistas como Cafiero, Solá, De Pedro, Trotta, Katopodis, Beliz y Alberto Fernández, no deben dejarse convencer de que la salida es volver a apostar a la grieta. El Presidente, más que ningún otro, debe resistir esa presión. Y todos ellos deben asumir que están donde están porque son una representación de una nueva mayoría que no quiere volver atrás. (Fuente www.perfil.com).


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