Cuando Juan Domingo Perón decidió su regreso al país, se sabía que los días de Héctor J. Cámpora estaban contados.

Los duros conceptos del líder para quien era el presidente, el ninguneo en Puerta de Hierro y las palabras que eligió cuidadosamente para alejar al peronismo de la organización guerrillera
Por Juan Bautista "Tata" Yofre

El 21 de junio de 1973, el ex presidente Juan Domingo Perón leyó a la ciudadanía un discurso que sería liminar. Nada de su texto fue improvisado ni dejado a la mano de Dios. Todo fue secretamente preparado por el propio Perón en Madrid. Como veremos, en la capital española manifestó su rechazo a Héctor J. Cámpora y a su gobierno, a quien venía a desplazar. Luego, desde la sombras, otros en su nombre lo harían renunciar el 13 de julio de 1973, tras 49 días de incertidumbre. Infobae tiene la prueba documental que hace inalterable el relato.

Mientras Buenos Aires era un hervidero, en Madrid, antes de que llegara Cámpora, Perón conversaba largamente en Puerta de Hierro con el presidente de la CGE, José Ber Gelbard, un hombre formado en las filas del Partido Comunista Argentino y con amplia llegada a sus máximos dirigentes. Por ésta razón, antes de desplazarse a España, habló con uno de ellos. Algunos van a decir que fue con Ramón Rey Fernández, más conocido como Orestes Ghioldi, y que en ese encuentro, así como Arturo Mor Roig pidió al radicalismo el aval para integrar el gabinete de Lanusse, Gelbard hizo lo propio con el comunismo. Los dos recibieron el mismo tratamiento: que acepten sabiendo que no van a contar con el apoyo oficial del partido. También, así como Cámpora había recibido el adelanto de su designación como Delegado en una reunión con José López Rega, en unas oficinas que éste tenía en la Gran Vía, donde atendía la distribución y venta de libros, José Gelbard pasó por la misma prueba antes de recibir el ofrecimiento como Ministro de Economía, luego de una larga conversación con el secretario de Perón. La designación de Gelbard no estaba en los planes de Cámpora, porque para el Presidente electo Don José era medio pastelero con las Fuerzas Armadas y, temía que se dedicara a negocios personales. Pero, cuando Perón le ofreció ser Ministro de Economía, no estaba pensando en Cámpora. Estaba pensando en él.

En esas conversaciones en Madrid, Gelbard le dirá a Perón que había que mandar un mensaje muy claro al establishment, que no se podía seguir con la vocinglería de la Juventud Peronista porque asustaba. “Está bien, voy a mandar a un hombre que pase un mensaje”, le confió Perón. El enviado fue Héctor Villalón y con su presencia, en la casa de Mario Hirsch (mandamás del grupo Bunge y Born) el empresariado nacional ungió a Gelbard. Como si hiciera falta una señal más, casi al finalizar la reunión, apareció el vicepresidente electo Vicente Solano Lima.

Tras este trascendental encuentro pasaron varias semanas y Cámpora asumió el 25 de Mayo de 1973, en medio de grandes y violentos desbordes. Luego seguidos por asaltos a las cárceles para liberar a los terroristas antes de que se pronunciara el Parlamento sobre una amplia amnistía. Desde el 25 de mayo de 1973, como si todo respondiera a las órdenes de una central coordinadora, fueron ocupados edificios del estado nacional y provinciales; organismos descentralizados del Estado; empresas mixtas; astilleros, radios y fábricas de capital privado. De ese torbellino, no se salvó ni el Automóvil Club Argentino.

 

En esas semanas, el PRT-ERP se había pronunciado en contra del gobierno de Cámpora (aunque en 1976 intentó una alianza con Montoneros) pero ya conspiraba contra el sistema democrático. Tal como instaba en uno de los documentos interceptados por la Central Nacional de Inteligencia, el 19 de junio de 1973: “La dinámica que nos interesa en esta lucha es la del cuestionamiento al conjunto del aparato represivo del Estado burgués, de las fuerzas armadas y de la policía. Esto permitirá desarrollar la necesidad del desmantelamiento del aparato represivo y de la destrucción del Estado burgués, planteando el armamento de la clase obrera, la formación de milicias populares, la construcción del Ejército Revolucionario del Pueblo cuyos embriones son ya hoy días las organizaciones guerrilleras, los organismos de defensa que adopta espontáneamente la clase obrera.”

Perón, Cámpora y Franco en La Moncloa
Perón, Cámpora y Franco en La Moncloa

En esas mismas semanas, durante una conferencia de prensa clandestina (en plena democracia) de Mario Eduardo Firmenich y Roberto Quieto, bajo un cartel que decía “lo único que vence al tiempo son las organizaciones” (armadas), parodiando la frase de Perón “sólo la organización (del Movimiento) vence al tiempo”, se llegó a aceptar que: “Nuestra estrategia sigue siendo la guerra integral, es decir la que se hace en todas partes, en todos los momentos y por todos los medios, con la participación de todo el pueblo en la lucha, utilizando los más variados métodos de acción, desde la resistencia civil pasando por las movilizaciones, hasta el uso de las armas”.

En la primera semana de junio, Perón fue a la clínica del doctor Antonio Puigvert en Barcelona, “para que lo revisase y para despedirse”. Como contó en sus memorias el afamado médico español dijo de Perón que “aunque su aspecto no lo denotara tenía ya ochenta años. Y no volvía a la Argentina para pasar bajo arcos triunfales entre aclamaciones y en olor a multitud. Volvía para luchar (…) A mi me lo explicó muy claro y en muy pocas palabras: “No me queda otra solución que volver allá y poner las cosas en orden. Cámpora ha abierto las cárceles y ha infiltrado a los comunistas por todas partes.” En esos días con Puigvert también le confesó: “Mire, Puigvert. En estos años he estudiado mucho, he revisado mucho y me he dado cuenta de los errores que cometí en mi primer período. Errores que voy a hacer lo posible de no repetir. Como yo ya tengo conciencia de lo que es gobernar, no volveré a caer en ellos”.

El martes 12 de junio de 1973, Armando Puente fue invitado a conversar un rato por Perón en la quinta “17 de Octubre”. El periodista tenía una relación de larga data con el ex presidente. Había sido el primer extranjero que entrevistó a Perón cuando llegó a vivir a España en 1961 y desde ese momento va a cubrir periodísticamente su largo exilio en la península Ibérica. Según me relató, “Perón me recibió brevemente para hacerme un par de comentarios que le interesaban. Me dijo que ‘andan diciendo que estoy enfermo…no tengo otra cosa que un pequeño resfriado', como diciéndome ‘hable usted de que yo no estoy enfermo'. Perón nunca me ordenó nada, él se limitaba a sugerir. Además, me expresó, entre guiños y medias frases que las cosas no andaban bien en la Argentina y ‘que estaba preocupado porque estos aventureros marxistas están entrando en el gobierno…este es un gobierno de putos y de aventureros'. “¿Cómo digo esto?” Se preguntó el periodista. Se quedó helado. Puente imaginaba que Cámpora iba a durar un año porque se hablaba de varios proyectos para Perón: Viaje a China, Libia, la presidencia del Movimiento No Alineado…y que por el momento no quería estar en el día a día.

El viernes 15 de junio de 1973, a las 11 horas, el vuelo charter de Aerolíneas Argentinas que traía al presidente Héctor Campora, su esposa, algunos miembros de su gabinete, funcionarios del Palacio San Martín, de otros organismos del Estado e invitados especiales, llegó al Aeropuerto de Barajas. Al pie de la escalerilla lo esperaba el gobierno español con Francisco Franco Bahamonde a la cabeza.

El sábado 16 de junio, a las 21.15 horas, Campora tenía previsto asistir al Palacio de Oriente con su delegación, donde Franco le ofrecería una cena de gala con todos los honores correspondientes a su jefatura de Estado (el programa preveía “uniforme de gran gala o frac con condecoraciones”). Cerca del mediodía, se trasladó a la quinta “17 de Octubre” con la idea de convencer a Perón de que asistiera. El automóvil presidencial tuvo que esperar unos minutos, a la vista de todos los periodistas, hasta que fue autorizado a entrar. El Presidente de la Nación, con un elegante traje de diario, fue recibido por un Perón que lucía una guayabera colorada y un gorrito blanco, estilo “pochito”, y no lo hizo entrar en la casa. Se quedaron en el porche. Al cabo de un rato se sentaron en un sillón, mientras el periodismo observaba, y conversaron. Tras un cuarto de hora, el presidente argentino se retiró mustio y Perón, desde lejos, saludó al periodismo levantando los dos brazos. “Perón estaba jodón” se atrevió a contar Puente.

Copia del menú de la cena ofrecida a Cámpora en el Palacio de Oriente
Copia del menú de la cena ofrecida a Cámpora en el Palacio de Oriente

Por la noche el presidente Héctor Cámpora, de frac, investido con la banda presidencial -que por lo general no se usa en los viajes al exterior-, lucía el collar de la Orden de Isabel la Católica y, a la altura del bolsillo del pañuelo del saco, colgaba la medalla de la Lealtad peronista por “Leal Colaborador”, e intentó explicarle que sería trascendental su presencia a la recepción…y se refirió a las relaciones con España. Ahí, nuevamente, en presencia de unas pocas personas, Perón, irritado, le dijo que no se atreviera a hablarle a él de relaciones internacionales y volvió a repetir las mismas palabras que le había dicho a Armando Puente, utilizando “homosexuales” y cambiando “aventureros” por “marxistas”. El edecán militar, teniente coronel Carlos Corral, sentado entre Perón y Cámpora, hizo el ademán de levantarse y el dueño de casa le tocó la rodilla, diciéndole “no m’ hijo, usted quédese”. Luego, Perón lanzó una frase terrible: “Ustedes son una mierda, el país en llamas y ustedes haciendo turismo.” Angustiado, el Presidente intentó darle su bastón y banda presidencial y Perón comentó que “no necesito el bastón para tener poder”. Como estaba previsto, Perón no fue al Palacio de Oriente y Cámpora, como consecuencia de su visita a Puerta de Hierro, llegó tarde a la recepción.

El domingo 17 de junio de 1973, el Protocolo español preveía “día de descanso” y los Llambí aprovecharon para quedarse un rato más en la habitación del Ritz. Esa mañana sonó el teléfono y atendió Beatriz Haedo de Llambí y, después de identificarse, Perón la saludo. Después le paso el tubo a Benito y Perón los invitó a acompañarlos a la misa y luego se quedarían a almorzar en la quinta. Benito le dijo que dada la distancia no llegarían a tiempo para ir a misa, pero que con todo gusto irían a Puerta de Hierro. En ese encuentro telefónico, Benito Llambí escuchó que Perón le dijo: “Yo, ya con Cámpora no voy a hablar nada” y a continuación le pidió que él trate con el Presidente y que cualquier cosa se lo debía contar. No figura en sus Memorias pero así sucedió como bien me relató Beatriz. Con la discreción y cautela con que Llambí trazaba su camino, solo comentó el almuerzo en la residencia “17 de Octubre” al que asistieron los dueños de casa, los Cámpora, los Llambí y José López Rega, diciendo que fue “muy especial, porque era ostensible la manera en que el general ignoraba a Cámpora. En numerosas oportunidades éste hizo intentos para introducirse en la conversación, sin que Perón se diera por enterado. Isabelita se dedicó extensamente a hablar de su reciente viaje a China. Después del café, me levanté por dos o tres veces para saludar y retirarnos, ya que mi intención era dejarlos a solas, y en todos los casos Perón nos retuvo. Finalmente, dirigiéndose a Cámpora le agradeció la visita y lo invitó a acompañarlo a la puerta. Allí lo despedimos…La realidad era que la suerte de Cámpora estaba echada”, acotó Llambí, “a Perón le bastaron veintitrés días – los que mediaron entre el 20 de junio, día de su regreso, hasta el 13 de julio, en que renuncia Cámpora –para terminar con la “experiencia juvenil” (como escribió Llambí) de administración.” Perón y Cámpora se volverían a encontrar recién en el Palacio de La Moncloa el miércoles 20 de junio.

Beatriz Haedo de Llambí observa con preocupación la cara de irritación de Perón en la puerta de La Moncloa, junto a Franco.
Beatriz Haedo de Llambí observa con preocupación la cara de irritación de Perón en la puerta de La Moncloa, junto a Franco.

El miércoles 20 de junio de 1973, el Rolls Royce azul para jefes de Estado con el embajador Carlos Robles Piquer, por entonces subsecretario de Asuntos Iberoamericanos del ministerio de Asuntos Exteriores de España, llegó a Navalmanzano 6 a buscar al matrimonio Perón para conducirlo al Palacio de la Moncloa, donde se iba a firmar la “Declaración de Madrid”, y luego partir al aeropuerto de Barajas. Entró en la Quinta y tuvo una corta conversación con Perón -a quien acababa de conocer- e Isabel. Luego salieron. Subió al coche Isabel. El ex presidente Perón se detuvo un tiempo -quizás dos o tres minutos- que al embajador parecieron interminables, “mirando los árboles que él había plantado” y musitó, “nunca más volveré”. Perón se veía levemente emocionado. Luego en el coche, Isabel, viendo al General, sollozó. Cuando llegaron a La Moncloa los esperaban los miembros de la delegación argentina, e instantes más tarde arribó Franco. Se realizó la ceremonia de la firma de la declaración conjunta, titulada “Declaración de Madrid” que ponía término a la visita oficial de Cámpora. Era un documento cargado de buenas intenciones que el Caudillo quiso que se firmara con la presencia de Perón. Al finalizar el acto, Franco, Perón y Cámpora atravesaron dos salas y se encerraron a solas. Nadie supo de qué hablaron. El único periodista que permaneció del otro lado de la puerta fue el argentino-español Armando Puente. Cumplidos los saludos protocolares de despedida, alrededor de las 7 de la mañana, el vuelo charter de Aerolíneas Argentinas que transportaba definitivamente a Perón a la Argentina decoló de Barajas. El último en subir la escalerilla del avión fue Cámpora por su rango de Jefe de Estado.

Héctor Cámpora dentro del avión que traía a Perón definitivamente a la Argentina, sonríe y se siente en el mejor de los mundos. A su lado Norma López Rega.
Héctor Cámpora dentro del avión que traía a Perón definitivamente a la Argentina, sonríe y se siente en el mejor de los mundos. A su lado Norma López Rega.

Entre los papeles que tenía Juan Perón en su portafolio estaba el borrador con los principales párrafos del discurso que leería al día siguiente por cadena nacional. Es la primera vez que se muestra. Fue un mensaje importante con un principal destinatario: Montoneros y sus organizaciones de superficie. Fue un aliento de orden y esperanza para la mayor parte de la sociedad.

Mientras se desarrollaban los hechos en Ezeiza, donde Perón siempre sospechó que lo habían querido asesinar, al ex presidente e Isabel los subieron a un helicóptero UH-1H para trasladarlos a la residencia presidencial de Olivos. “La residencia presidencial de Olivos no estaba preparada para recibir a Perón”, recordó el entonces teniente de Caballería Jorge Echezarreta muchos años más tarde. “En horas de la tarde recibí un llamado del coronel Flores, desde la Casa de Gobierno, donde me informaban: ‘el general Perón se dirige a Olivos’. Con el jefe del Escuadrón Ayacucho, capitán Grazzini, nos pusimos a reforzar la guardia. Desplegamos todos los elementos de seguridad. No se sabía muy bien, en ese momento, lo que estaba sucediendo en Ezeiza. El capitán se paró en el helipuerto y mirando hacia la avenida Maipú y las calles colindantes ordenó cerrar todas las ventanas. La residencia de Olivos en aquella época no tenía un paredón que la resguardara. Sólo tenía una simple ligustrina. Yo estaba en la puerta de entrada con los soldados del regimiento y cuando llegó Perón nos ayudó su guardia personal, con Juan Esquer a la cabeza, compuesta mayormente con suboficiales retirados. Era todo un gran desorden porque era difícil compatibilizar el protocolo con la seguridad. Todos querían entrar con cualquier tipo de credenciales”.

A Perón se lo vio cansado y preocupado. “No quiero recibir a nadie”… ésa fue la orden. Al día siguiente, muy temprano por la mañana, acompañé al general Perón a caminar por los jardines de la residencia. Durante la breve caminata, Perón, luego de escuchar un relato de la situación de parte de un oficial superior, solo observó: “Hay que esperar que las burbujas lleguen a la superficie”.

 
Borrador del discurso que trajo Perón en su portafolio y que pronunciaría al día siguiente.
Borrador del discurso que trajo Perón en su portafolio y que pronunciaría al día siguiente.

El jueves 21 de junio de 1973, a primera hora de la mañana, Juan Domingo Perón y su séquito abandonaron Olivos por la Puerta 5 en dirección de su residencia en Gaspar Campos 1065. Desde Gaspar Campos, José López Rega comenzó a citar a algunos ministros del doctor Héctor Cámpora. No fueron de la partida Esteban Righi y el canciller Juan Carlos Puig.

En su libro “El último Perón”, el entonces Ministro de Educación, Jorge A. Taiana, observó a Perón, ostensiblemente nervioso y de mal humor, arremeter: “El Estado no puede permitir que los edificios y bienes privados sean ocupados o depredados por turbas anónimas, pero menos aún puede tolerar la ocupación de sus propias instalaciones. Para eso está la policía y si no es suficiente debe echarse mano de las Fuerzas Armadas y tomar a los intrusos: a la comisaría o a la cárcel. Para salvar a la Nación hay que estar dispuesto a sacrificar y quemar a sus propios hijos”. Según Taiana “un verdadero exabrupto”. También confirmó que Perón realizó una muy ácida alusión a la inoperancia gubernamental, incluida la de los hijos y amigos del presidente Cámpora, mientras, de pie, contra la pared, el edecán militar Carlos Corral escuchaba atentamente. Frente a este panorama, Taiana escribió que “me retiré preocupado, el Jefe y sus allegados vivían un clima tenebroso de muy malos augurios”. El ministro Taiana no calibró en su real dimensión la situación que se vivía: El clima tenebroso estaba en la calle no adentro de la casa de Gaspar Campos 1065.

Otros párrafos del discurso del 21 de junio que Perón trajo de Madrid

Esa noche del 21, Perón habló por televisión, flanqueado por el presidente Cámpora y el vice Vicente Solano Lima. Atrás, parados, José López Rega y Raúl Lastiri, completaban la escena. En la ocasión, envió un claro y enérgico mensaje a todas las “organizaciones armadas”, en particular a Montoneros:

-“Nosotros somos justicialistas, no hay rótulos que califiquen a nuestra doctrina y a nuestra ideología”.

-“Los que pretextan lo inconfesable, aunque lo cubran con gritos engañosos o se empeñen en peleas descabelladas, no pueden engañar a nadie. Los que ingenuamente piensen que así pueden copar nuestro Movimiento o tomar el Poder que el pueblo ha conquistado se equivocan”.

-“Ninguna simulación o encubrimiento por ingeniosos que sean podrán engañar. Por eso deseo advertir a los que tratan de infiltrarse que, por ese camino, van mal…a los enemigos embozados, encubiertos o disimulados les aconsejo que cesen en sus intentos, porque cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento.”

En esas horas, la historia comenzaba a trazarse en otro lado, durante el encuentro que mantuvo Perón con el líder del radicalismo, Ricardo Balbín, el 24 de junio en el ámbito del Congreso de la Nación, dejando de lado al presidente Cámpora y el ministro del Interior. Durante el diálogo Tróccoli oyó decir a Perón, que miraba a Balbín: “Los dos hagamos de co-presidentes, los dos apuntalando a un gobierno que ponga orden en el país.” Ricardo Balbín, desde unos días antes, estaba al tanto de algunos pensamientos de Perón a través de Jorge Osinde, pero nunca imaginó la profundidad y la vecindad de la crisis. Perón le adelantó que se habrían de producir cambios en el gobierno. “Claro, respondió Balbín, es de suponer que cuando se sancionen las modificaciones a la ley de ministerios, todos ofrecerán sus renuncias y entonces se producirán los cambios”. La respuesta de Perón no se hizo esperar: “No, no podemos esperar tanto; tendrán que producirse ya mismo”. El 13 de julio de 1973 el presidente Cámpora presentó su renuncia y la historia comenzó a escribirse de otra manera.

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