La radicalización obtura las chances de hacer crecer un proyecto más diverso y, por supuesto, refuerza uno de los bordes de la grieta.


Ricardo Kirschbaum
Paradójicamente, una decisión anterior de Cristina Kirchner sirvió como un ejemplo válido para frenar la expropiación a Vicentin. Gabriel Delgado, el interventor estatal degradado a veedor el viernes por decisión judicial, recurrió al modelo que se siguió en el ingenio La Esperanza, en Jujuy, en los últimos años de la gestión de Cristina, que encajaba con la idea que llevaba el gobernador Perotti a Olivos. Cuando se supo que al menos se postergaba la expropiación, una franja del gobierno respiró aliviada: percibían que la batalla por venir puede marcar a fuego la gestión recién iniciada.

Con Santa Fe y Córdoba alzados contra el proyecto, sin el lavagnismo y con la oposición en bloque enfrentando la expropiación, el oficialismo debería mostrar gran destreza para no sufrir un revés similar a aquel voto no positivo de Julio Cobos, que casi precipitó la renuncia de Cristina Kirchner en 2008. Fernández fue testigo en primera fila y trabajó para evitarla. Lula, entonces presidente de Brasil, persuadió a los Kirchner para que no abandonaran Olivos. Aquel fantasma de la 125 sigue asustando al actual ocupante de la residencia.

El juez deberá resolver ahora si acepta la propuesta de Perotti, que devolvería las atribuciones al interventor pero incorporaría otros actores provinciales y cooperativos en la conducción de la compañía.

Ahora se admite en el poder que el anuncio de Fernández en esa súbita conferencia de prensa fue desprolijo e improvisado. Y que una de las consecuencias políticas más dañinas para el proyecto que todavía, dicen, encarna el Presidente fue la ruptura del equilibrio en la coalición gobernante. La radicalización obtura las chances de hacer crecer un proyecto más diverso y, por supuesto, refuerza uno de los bordes de la grieta política estimulando a que también se tense el otro borde.

Cada intento por retomar el equilibrio perdido insumirá más esfuerzo y costo. Por la pandemia, la crisis económica que todavía busca un piso y estos giros radicales, las expectativas se han empezado a marchitar.

Porque, además, el sistema que ungió a Fernández no le garantiza estabilidad interna. Estará sometido a este cruce de fuerzas permanente y, también, a la tentación de resignarse a una zona de confort, satisfecho con el lugar institucional alcanzado.

En este contexto desfavorable, el Presidente ha instruido a los negociadores de la deuda que traten de llegar a un acuerdo, algo que se considera factible. Cada prórroga es el preludio de otro reacomodamiento entre los jugadores, los que hacen de policías malos (Guzmán, los K más dogmáticos) y de los policías buenos (Fernández y Massa). Del otro lado, esos roles también se reparten. Se sospecha, además, que el endurecimiento de los acreedores ha sido una sugerencia del Tesoro de EE.UU.

El default para Fernández sería una derrota, imposible de disimular con la épica. Hasta el FMI está ayudando para que no suceda. Es curioso: el FMI pasó de ser el origen de todos los males a un socio imprescindible para alcanzar un manejo sustentable de la deuda.

Mutaciones del peronismo en el poder.
CLARIN


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